El gobierno de Caín
Por Marisol García Delgado
CEDICE
Toda acción humana que se erige sobre la destrucción de su semejante nos remite a la historia de Caín y Abel, porque aquél por celos, o por gran amor según la más reciente interpretación, mató a su hermano porque Dios prefirió sus dones. Por ese asesinato, Dios condenó a Caín a vagar eternamente por la Tierra, o le concedió la inmortalidad, de acuerdo con los que sostienen que su ejecutoria fue un acto de amor.
Desde Caín hasta hoy los modos, objetos y sujetos de destrucción han evolucionado muchísimo. En la misma medida se han elaborado interpretaciones y leyendas para explicar o justificar su acción, y para dar cuenta de los caminos que transita por la Tierra. Lo cierto es que Caín, como representación de la maldad, o en nombre del amor infinito, nos consta que sigue vagando por el mundo, a nuestro entender, acaso por la propia leyenda, revestido de poder político y conocido comúnmente como la Autoridad.
A nadie extraña que la Autoridad, nuestro propio hermano en ejercicio del poder, invoque los más nobles motivos para invadir a Irak o apropiarse de recursos ajenos, negar preferencias arancelarias a productos de alguna pequeña y pobre nación, del mismo modo que excluye de los beneficios estatales a grupos minoritarios del propio país. A nadie extraña que la Autoridad persiga, castigue, someta, despoje o aniquile física, económica o moralmente a sus congéneres, en nombre del fraterno amor que inspira su actuación.
Eso sí, quienes detentan el poder político, o en palabras cortas, la Autoridad, cualquiera sea su ubicación o la dimensión de su poder, no se priva de nada. La Autoridad se rodea de comodidades, prebendas, lujos y privilegios financiados con recursos del Fisco; es decir, con impuestos de todo tipo o, lo que es lo mismo, con el sudor de nuestra frente.
La Autoridad es, dentro del contexto de cualquier nación, la que más recursos económicos detenta y disfruta. Las revoluciones conocidas hasta ahora se caracterizan por un aumento del poder del Estado y, en consecuencia, por una creciente y cada vez más permanente presencia de la Autoridad, quien en nombre de los más puros, nobles y fraternos propósitos, despoja a sus conciudadanos de todo o parte sustancial de sus bienes, para administrarlos en beneficio del colectivo.
Jamás autoridad o revolución alguna obró en nombre de los celos, la envidia o la confesión de su incapacidad para proveerse de beneficios y fortuna por propio esfuerzo. Esas revoluciones consideran a la propiedad privada como una manifestación del egoísmo humano, mientras que la propiedad pública o colectiva, es decir, la que esa autoridad administra, concede graciosamente a algunos y niega a otros, esa propiedad, sea dinero, bienes, empresas, apartamentos, fincas u otros, de la cual se despoja al ciudadano para que la Autoridad parta y reparta, constituye un acto de infinita bondad y amor por el prójimo.
¿Cómo así? ¿Acaso es esa misma autoridad que al constatar que su trabajo no produce ninguna utilidad, se asigna, por vía del presupuesto público, aguinaldos o bonos de fin de año, que ya parecen de ¡fin de mundo!, equivalentes a doce meses de su ya abultado sueldo? ¿Es esa autoridad que sin cotizar un céntimo al seguro social tiene la expectativa de una jugosa pensión de jubilación, a veces 30 o más veces superior al salario mínimo que corresponde a los pensionados del país, quienes, por lo demás, pagan su jubilación con deducciones obligatorias a su modesto ingreso?
¿Es esa autoridad, que no precisa levantarse de madrugada, apretujarse en los medios de transporte colectivo, temerle a la delincuencia, ni cargar con su comida fría en viandas, pues los bienes colectivos que administra en nombre y por amor al pueblo, la provee de varios vehículos, guardaespaldas y hasta servicio de comida, incluso de chef y mesoneros?.
El Socialismo del siglo XXI, si en algo aspira a diferenciarse de las autoridades y revoluciones conocidas, nítidas expresiones de ese hermano Caín que vaga eternamente por la Tierra, debería empezar por despojarse a sí misma, costear sus comodidades con el sudor de su frente, producir utilidad, pagar su pensión de vejez.
Debería abstenerse de destruir el trabajo, la propiedad y la empresa ajenos; empeñarse en distribuir los bienes justa y efectivamente, sin triquiñuelas jurídicas, para que cada quien disfrute de su propiedad privada. Debería hacer que Venezuela sea verdaderamente de todos y que el hermano Caín se vaya a gobernar a otra parte.
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