En Francia, habla nuestra época
Por Guy Sorman
La Nación
PARIS – Esta campaña presidencial no se parece a ninguna de las que hemos vivido y muy poco a las que vemos en otras democracias. No es, en absoluto, lo que esperábamos. Algunas de estas singularidades son tranquilizadoras; otras, más bien inquietantes. Pero, sin duda, todas anuncian nuevas formas de política democrática en nuestro mundo dominado por el individualismo y la comunicación instantánea.
El estallido de las viejas normas y el paso de la era de las masas a la del individuo en busca de gratificaciones inmediatas resultan ser fatales para las grandes ideologías de ayer. Los más afectados son los socialistas, que, por primera vez, no invocan realmente al marxismo. Su candidata, Ségolène Royal, se refiere poco a él, ya que su campaña se basa por entero en escuchar a los ciudadanos y fomentar su participación. La izquierda francesa ha pasado, sin transición, de la lucha de clases y la promesa del Grand Soir a la psicoterapia grupal.
Royal es una candidata taumaturga que evoluciona entre la Madre Teresa y los mitos más antiguos de la monarquía francesa. La hemos visto por televisión tocando a un paralítico, un gesto anticuado, intermedio entre la compasión moderna y la taumaturgia de los reyes medievales.
Los partidarios de esta nueva izquierda, sin otra ideología que la compasión, infieren que su candidata actúa conforme a su época, a imagen y semejanza de Internet, donde cada uno va a picotear el menú político de su elección.
Internet desempeña un papel importante en la comunicación de Royal. Como presidenta, tomaría decisiones basándose en la escucha de la opinión pública. Cuando le preguntaron cuál era su posición respecto al ingreso de Turquía en la Unión Europea, respondió que adoptaría la que le dictaran sus compatriotas. Sería, pues, una presidenta de izquierda poco izquierdista: en vez de conducir a la nación, sería conducida por ésta.
También es posmoderna en su vida privada. No está casada, pero tiene cuatro hijos de su pareja. No practica ninguna religión, pero bautizó a todos sus hijos hacia los doce años, “cuando estuvieron en edad de comprender”.
Como habría escrito el filósofo Jacques Derrida, con Royal “es la época la que habla”.
Los sobrevivientes de la clásica izquierda marxista se han refugiado en una miríada de pequeñas candidaturas trotskistas, ecologistas, comunistas y “otromundistas”. Cada uno de estos personajes pintorescos absorbe una clientela nostálgica estimada entre el 1 y 2 por ciento del electorado. Todos pertenecen a la arqueología y el folklore: son los últimos testigos de una época en la que aún creíamos que la política podía cambiar nuestra vida.
Nótese, además, que esta ultraizquierda ya no se define por la revolución que acaudillaría ni por la sociedad sin clases que instauraría. Su punto de referencia ya no es tanto el marxismo, sino más bien el antiliberalismo. Ha dejado las propuestas por un rechazo del mundo real. Se opone a la globalización y la economía libre cuando, de hecho, los socialistas las han aceptado. Interrogado acerca de su programa, uno de estos candidatos ultraizquierdistas –José Bové, ese que gusta de vestir y peinarse a la antigua– replicó que estaba “en la resistencia”.
Frente a estas dos izquierdas, la posmoderna y la premoderna, las derechas siguen siendo más clásicas. Por cierto, sus candidatos han abandonado los proyectos colosales y las grandes ambiciones, igual que los de la izquierda. También ellos intentan responder a las preocupaciones inmediatas y personales de los votantes tratando cada caso en particular. En un nuevo tipo de programa televisivo, podemos ver a Nicolas Sarkozy prometiendo una vivienda, una beca, un empleo, etcétera, a cada ciudadano presente en el estudio que lo solicite. Menos táctil que Royal, él no toca a los discapacitados, pero su catálogo de propuestas carece de una visión global y coherente de la sociedad tanto como el de la izquierda. Hoy resulta imposible responder al interrogante de si un Sarkozy (o un Bayrou) es o no liberal. Sus actitudes varían constantemente en función de sus interlocutores y (lo adivinamos) de los sondeos de opinión.
Sin embargo, el principio unificador de estos candidatos derechistas –Bayrou nunca ha sido otra cosa, en su larga carrera política– sigue siendo un nacionalismo declarado. Tienden más que los izquierdistas a proclamar su orgullo de ser franceses. Pero no siempre queda claro qué significa ser francés. Para Bayrou o Sarkozy, tal concepto incorpora a los inmigrantes. Villiers y Le Pen prescinden de ellos.
Entre la izquierda arcaica, el socialismo posmoderno y la derecha nacionalista hay un gran consenso, absolutamente sorprendente, para no recordar los problemas reales de Francia, las responsabilidades concretas que el futuro presidente deberá asumir de manera efectiva.
Por empezar, la economía estancada, abrumada por el déficit público y una reglamentación medieval. Antes de la campaña electoral, ningún editorialista dudaba de que los debates girarían en torno de la reducción del gasto público y la liberalización del mercado laboral. Esperaban que los candidatos expusieran, a pie firme, propuestas concretas. ¡Y bien, se escabulleron! Royal nos habló del bautismo de sus hijos y Sarkozy disertó sobre el papel de lo innato y lo adquirido en la determinación de conductas afines a la pederastia. Esperábamos que hablaran de alta política y hasta un poco de economía; obtuvimos una baja psicología sazonada con filosofía barata.
Aparte de la economía, durante la campaña se eludió otra responsabilidad verdaderamente presidencial: la política exterior y militar de Francia. ¿Qué hará el presidente en Europa y en el resto del mundo? ¿Qué actitud tomará respecto de Estados Unidos, Rusia y la cuestión de los derechos humanos en China? ¿En qué circunstancias intervendría nuestro ejército, ya presente en Africa, la ex Yugoslavia y Afganistán? ¿En qué situación de peligro podría servir la fuerza nuclear? ¿Y el terrorismo que nos asedia? ¿Y el caso de Irán?
Nada sabemos. Esto es tanto más inquietante por cuanto, según nuestra Constitución, tal como la concibió el general De Gaulle en 1958, el jefe de Estado es, ante todo, el garante de la seguridad nacional. En principio, la economía incumbe al Gobierno y el Parlamento que elegiremos más tarde, en junio.
Es la época la que habla. Sin duda, los candidatos no son totalmente responsables de su propia deriva psicológica. No hacen más que responder a las expectativas de individuos que se dejan llevar por sus deseos, más que por el civismo. Al razonar en términos de felicidad personal y retribución inmediata, dichos individuos ven al futuro presidente como un padre tutelar, una madre cariñosa y un psicoterapeuta de barrio. A esta altura, no quieren oír declaraciones trágicas de resonancia histórica. Para comprender esta campaña electoral, es inútil remitirse a la historia de Francia o a los manuales de economía. Más bien, leamos la prensa popular y acordémonos de Lady Di.
(Traducción Zoraida J. Valcárcel)
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