La voz de los abedules
Por Andres Reynaldo
El Nuevo Herald
Amis nietos podré contar que yo vi a Boris Yeltsin, con un tanque de guerra por tribuna, destruir el golpe de estado reaccionario contra Mijail Gorbachev, la mañana del 18 de agosto de 1991.
”El presidente legalmente electo de la nación ha sido sacado del poder”, dijo Yeltsin, frente a una multitud rodeada por tropas convocadas por los golpistas, dirigidos por el entonces jefe de la KGB, Vladimir Kryuchkov. “Nosotros proclamamos que todas las decisiones y decretos de este comité son ilegales”.
Bastó decir esto para que parte de las tropas comenzarán a desertar y confraternizar con los manifestantes. Quien haya vivido el comunismo sabe también que este gesto hubiera podido costarle la vida y desencadenar una guerra civil.
Tres días después, los complotados estaban en prisión o prófugos. Rescatado de su casa de verano en Crimea, Gorbachev bajó del avión con diez años de más; sus escoltas pertrechados con fusiles y lanzacohetes. El 24 de agosto renunciaría a su cargo de secretario general del Partido Comunista. En semanas, la Unión Soviética se desmoronaría, mostrando un esqueleto carcomido por la corrupción, la ineficiencia y el terror. La humanidad se libraba de la peor de las dos grandes amenazas totalitarias del siglo XX.
La vida de Yeltsin fue una excepcional metáfora. El comunismo soviético (y sus versiones nacionales, entre ellas la cubana) era un sistema prácticamente invulnerable, a partir del dominio absoluto de todas las esferas sociales. No hay una sola sociedad comunista que haya podido ser derrotada o sustancialmente transformada sin un decidido factor de cambio interno. Las crisis que echan abajo los gobiernos de las sociedades abiertas fortalecen de hecho el poder de la cúpula dominante de estos modelos totalitarios. En determinadas circunstancias, las hambrunas, la escasez, los embargos externos y la consiguiente depauperación del ciudadano contribuyen a la unidad de unos dirigentes comprometidos en el privilegio y al reforzamiento de la represión bajo una manipulada coartada de guerra. A la sombra de las reformas de Gorbachev y aprovechando los errores de sus adversarios, Yeltsin pudo asestar un par de golpes fulminantes.
Siendo presidente de la Federación Rusa, en 1993, cuando los remanentes de la nomenclatura en el parlamento se atrincheraron en la Casa Blanca de Moscú con la intención de deponerlo, no dudó en salvar la democracia a fuerza de cañonazos. El líder de la revuelta contrarrevolucionaria, el coronel y Héroe de la Unión Soviética Alexander Vladimirovich Rutskoy, sacó bandera blanca apenas el fuego de los tanques T-72 comenzó a arrasar los pisos superiores de la sede parlamentaria. La prensa no dejó de notar que se había orinado y defecado en los pantalones.
Cualquiera que sea el precio a pagar por la libertad, Rusia le debe a Yeltsin la destrucción de las estructuras económicas y represivas de la era soviética. Al final de su gobierno, las acusaciones de favoritismo y corrupción minaron su prestigio nacional e internacional. Pero esta vez los rusos pudieron alzar su crítica sin temor a represalias y la prensa publicaba en primera plana las caricaturas de un Yeltsin incongruente y embriagado. El 31 de diciembre de 1999 le hizo a sus compatriotas un noble y necesario regalo: su renuncia.
Yeltsin, el primer gobernante ruso elegido democráticamente en mil años, fue el primero en recibir unas exequias oficiadas por la Iglesia Ortodoxa desde el sepelio del zar Alejandro III, en 1894. Su cuerpo permaneció en capilla ardiente en la Catedral del Cristo Salvador, en Moscú. Mandada a construir por el zar Alejandro I, tras la derrota de las tropas napoleónicas en 1812, era la mayor iglesia ortodoxa del mundo hasta que Stalin ordenó su destrucción el 5 de diciembre de 1931. En febrero de ese año había nacido Yeltsin, quien ordenaría reconstruirla en 1990. Si uno quiere leer la historia como se lee un texto que ya está escrito por Dios, no puede pasar por alto la lección de esta trágica trama. Y es que la voz de la tierra siempre tiene la última palabra. La nación acaba por dictarle al Estado, el temperamento a la ideología, la raíz a la hoja. Yeltsin habló con la recia, herida y profunda voz de Rusia. Ese fue su genio. Esa fue su cruz.
- 6 de junio, 2011
- 18 de mayo, 2012
- 23 de junio, 2013
- 8 de abril, 2013
Artículo de blog relacionados
Clarín Luego de presentar la última línea de sus poderosas placas de video,...
19 de octubre, 2022Editorial – El País, Madrid Los oscuros modos políticos de los Kirchner agravan...
20 de junio, 2008El Diario Exterior Venezuela vive desde hace meses una crisis de desabastecimiento de...
8 de febrero, 2008La reunión de los dictadores de Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua en Caracas,...
26 de mayo, 2024














