Los republicanos analizan estrategias
Por Emilio J. Cárdenas
La Prensa, Buenos Aires
La gestión del presidente George W. Bush culminará el año próximo cuando los norteamericanos concurran a las urnas para elegir a quien será su reemplazante. Su popularidad está ahora obviamente en su punto más bajo. Su desprestigio es ciertamente grande, dentro y fuera de su país. Está jaqueado por la guerra civil en Irak, que tiene a las fuerzas armadas norteamericanas de ocupación visiblemente empantanadas en una contienda patológica, de duración y final imprevisibles.
A lo que hay que agregar un cuadro económico en el que la recesión luce como una posibilidad cada vez más cercana, el dólar se devalúa aceleradamente, los déficits comerciales y fiscales no se reducen sustancialmente, y la actividad económica, en general, parece estar contrayéndose. En ese cuadro de preocupación, las perspectivas electorales para los candidatos del Partido Republicano son más bien complicadas. No obstante, hay por lo menos tres hombres en pugna, que apuntan a sentarse en el 2008 en la Oficina Oval de la Casa Blanca. Aunque sea aún temprano, veremos cómo aparecen hoy sus respectivas posibilidades.
El candidato del “establishment” del partido, John McCain
Hasta no hace sino meses, el senador John McCain parecía ser el “número puesto” para acceder a la candidatura presidencial de su partido. Ya no, sin embargo. Quizás porque apoya abiertamente a George W. Bush en su “visión” de cómo debe resolverse la poco popular “cuestión iraquí”, esto es, con más tropas y más acción, lo que muchos dudan sea una alternativa válida, a esta altura de las circunstancias. McCain siempre ha cuestionado -vigorosamente- las propuestas de sus colegas republicanos cuando se siente incómodo frente a ellas. Así sucedió cuando, como debía, se “plantó” corajudamente frente al debate sobre el posible uso de la tortura para interrogar a los detenidos acusados de ser terroristas, que entendió (con razón) era una cuestión “no negociable”, sosteniendo que la tortura es un crimen de guerra, siempre inaceptable. O como cuando cuestionó algunas discutibles designaciones judiciales. O como cuando se puso “duro” en la necesidad de reglamentar con absoluta precisión la delicada cuestión del financiamiento de las campañas electorales federales. Por todo esto, el senador de Arizona es considerado por muchos como un hombre realmente independiente. Pese a ello, McCain hoy cuenta con un nutrido grupo de asesores que vinieron desde las filas del presidente y con algunos donantes que siempre han apoyado a George W. Bush. Es, entonces, en los hechos, el candidato del “establishment” del Partido Republicano. A los 70 años de edad, su experiencia política está fuera de discusión. Por lo demás, su admirable conducta como prisionero de guerra lo ha elevado a una altura moral que otros no tienen. Pese a que el 60 por ciento de los republicanos manifiesta admirarlo, lo cierto es que hoy está, cuando de preferencias electorales se trata, muy significativamente detrás de Giuliani, que (para sorpresa de muchos) lo dobla en intención de voto en las preferencias electorales. McCain es -fundamentalmente- un hombre con presencia, serio y capaz, de muy buena imagen, pero sin ningún carisma político y, como si esto fuera poco, muy poco atraído por las discusiones que tienen que ver con las cuestiones sociales. De allí, quizá, sus actuales dificultades. Pero será un contendor duro de vencer.
“Rudy” Giuliani, a la cabeza de los sondeos de opinión
Para sorpresa de muchos, el ex alcalde de Nueva York, “Rudy” Giuliani, un liberal, esto es, un hombre del ala izquierda del Partido Republicano, está hoy a la cabeza de las encuestas de opinión, como el amplio preferido de la mayoría de aquellos que, pese a todo, están dispuestos a seguir votando a los republicanos. Giuliani es también un político de raza. Pero a diferencia de McCain tiene un carisma muy especial, una aureola propia, adquirida desde que asumiera el liderazgo de la ciudad de Nueva York, luego de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Habilísimo, es sin embargo un hombre duro cuando de liderar y hacer se trata. Un buen candidato para “piloto de tormentas”. Giuliani es inusual y a veces hasta imprevisible. Tesonero, no rehúye la controversia si cree que debe actuar de alguna manera en particular. Su gestión municipal está llena de ejemplos de esto. Como cuando no dejó a Yasser Arafat usar el Lincoln Center, generando un incidente internacional; o cuando se negó a pagar con fondos municipales una muestra de “arte” en Brooklyn que consideró “ofensiva” a la moral; o cuando, en 1994, no vaciló en endosar al candidato del Partido Demócrata, Mario Cuomo, para gobernador del estado de Nueva York, en lugar de hacerlo con el de su propio partido, el republicano que a la postre se impusiera, George Pataki.
Su gran activo es haber ordenado a Nueva York, “limpiándola” de delincuentes y criminales. Una tarea exitosa que aún hoy es visible. En una ciudad predominantemente demócrata, se dio el lujo de reducir el déficit fiscal crónico que la urbe había arrastrado por décadas, mejorar notoriamente los servicios públicos, modernizar la educación y, por todo ello, cambiar el “clima” de la ciudad haciéndola nuevamente atractiva para quienes viven en ella o trabajan dentro de su jurisdicción.
Para lograr hacerlo fue excepcionalmente duro y no tuvo contemplaciones. Concentró todo el poder municipal en sus cercanías y nadie podía hacerle “sombra”. Cuando el excelente jefe de policía de la ciudad, William Bratton, adquirió su propia notoriedad, Giuliani, incómodo, lo dejó de lado. Sólo la Legislatura local podía torcerle o imponerle criterios. De lo contrario, la “visión” de “Rudy” era la única, la siempre prevaleciente. Desde la tribuna pública llegó a ser arrogante e implacable y, a veces, hasta presuntuoso y provocativo. Por todo ello, uno de sus predecesores, Ed Koch, escribió un libro sobre Giuliani titulado “El Hombre Desagradable”. Pero, luchador incansable, cumple con sus promesas y avanza sin descanso. Por ello alcanza sus objetivos, cumpliendo con sus promesas electorales. No es poco. Hasta las difíciles calles de Harlem y de Bedford-Styvesant se pacificaron, y el crimen que reinaba en ellas debió alejarse, vencido. Nunca siguió las encuestas, ni menos aún las aparentes preferencias de la gente, sino sus propias ideas y convicciones. Con una ciudad limpia y ya sin crimen en sus calles, la economía y el empleo crecieron sin parar, así como la enorme popularidad de Giuliani, que ahora apunta mucho más alto, aprovechando la coyuntura que, cree, le es favorable. Su vida privada ha sido, sin embargo, un verdadero caos. Todo se sacrifica en ella en función de las prioridades de la “cosa pública”. Hasta anunció públicamente que se divorciaba de su mujer, Donna Hanover, antes de hacérselo saber a ella. Por esto, su hijo, Andrew, visiblemente resentido por el maltrato a su madre, no lo acompañará en su campaña en procura de establecerse en la Casa Blanca. En algunas cuestiones, sus posiciones personales no son las que suscribe la mayoría republicana. Por ejemplo cuando de aborto u homosexualidad se trata, temas en los que la postura de Giuliani es abiertamente liberal. Su confianza en sí mismo, su reconocida eficiencia en el actuar, su honestidad, y su enorme corazón frente a la desgracia y las emergencias, son a la vez sus mayores activos y sus principales debilidades.
El “tercero en discordia”, Mitt Romney
Hay ahora un tercero en discordia: Mitt Romney, el ex gobernador del estado de Massachusetts. Un mormón. El primero que podría llegar a la Casa Blanca. Como, salvando las distancias, lo hiciera en su momento John F. Kennedy, el primer católico que llegó a la presidencia de los Estados Unidos en 1960. El padre de Romney fue en su época gobernador del estado de Michigan y en 1968 también trató, en su caso infructuosamente, de llegar a la presidencia de su país. El carácter de mormón hace que Romney tenga acceso a recursos financieros de primer nivel, a la manera de Hillary Clinton. Pero también un gran rechazo, desde que hay muchos que, con o sin razón, desconfían de una religión particularmente cerrada y activa. Los mormones (unos cinco millones setecientos mil de ellos viven en los Estados Unidos, principalmente en derredor del estado de Utah, en Idaho, Wyoming, Nevada y Arizona) están siempre presentes en las cuestiones que hacen a sus deberes cívicos, a los que asignan gran prioridad. Son sumamente eficientes, siempre solidarios, generalmente honestos, e incansables cuando de trabajar y movilizarse públicamente se trata. Por su experiencia política, habilidad personal, fama de político correcto y por el apoyo que ya tiene, Romney será previsiblemente un rival de cuidado, pese a que todavía no mueve el amperímetro de las encuestas como sus dos rivales ya referidos.
Breve conclusión
Pese a que, respecto de la “carrera hacia la presidencia”, las cosas lucen favorables para los demócratas, que hoy dominan ambas cámaras del Congreso de los Estados Unidos, la historia sugiere que, desde 1920, el partido que ha dominado así el Poder Legislativo no llega a la presidencia. Los norteamericanos creen efectivamente en la dispersión del poder y por ende vacilan mucho antes de contribuir a concentrarlo. En 1987, las cosas lucían como hoy realmente “negras” para los republicanos. Pero Bush (padre) fue finalmente elegido presidente.
Para ganar, los demócratas deberán dividir a los republicanos y aparecer como la fuerza política unificadora y superar los temores que la posibilidad de que los Estados Unidos tengan su primer presidente mujer o de color generen, que no son pocos. Y ciertamente evitar cometer errores de grueso calibre, como el de John Edwards, quien -según las revelaciones periodísticas- acaba de gastar 800 dólares en un par de “cortes de pelo” para salir “lindo” ante las cámaras de televisión, lo que ha generado un vendaval de furia en la opinión pública de su país. Particularmente, cuando se trata del presuntamente más “izquierdista” de los principales candidatos demócratas. Esto es lo que Edwards pagó a un “estilista” de Beverly Hills, en febrero pasado, en plena campaña. El “peluquero”, Joseph Torrenueva, cobra 175 dólares por corte, tarifa que aumenta considerablemente cuando el servicio, como en el caso de Edwards, se presta a domicilio. Increíble, pero cierto. Bill Clinton, cuando era presidente, hizo estacionar el avión presidencial en la pista del aeropuerto de Los Angeles para que otro barbero local fuera a bordo, a hacerle “la Carmela”. Hay antecedentes, entonces. La carrera será dura para todos. Pero particularmente para los republicanos. Cuando aún falta mucho para su largada, los principales participantes, del lado del partido, son los tres aludidos. Todos sueñan con ganar, cada uno con sus razones.
El autor ex embajador argentino ante la ONU
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