Una vida nada ordinaria
Por Jaime Bayly
El Nuevo Herald
Estoy en Lima por el cumpleaños de mi madre. Mamá ha organizado lo que los limeños llamamos ”un lonchecito”. Es su primer cumpleaños desde que murió mi padre. No puedo dejar de asistir. Mi hermana me ha escrito que hace poco llegó a casa de mamá y la encontró en la cama que solía ser de mi padre, llorando. Dormían en cuartos separados desde que yo era un niño, pero ahora lo extraña y se mete en su cama.
Llego tarde a casa de mamá. Me saluda con un abrazo intenso y delicado. Cumple sesenta y siete años. No lo parece, gracias a Dios, al polen y a la uña de gato que toma religiosamente cada mañana (porque todo lo que ella hace posee una cierta cualidad o fervor religioso). Es muy delgada, tiene el pelo pintado de negro (como el presidente de la república, que es su amigo telefónico) y está siempre despierta, sonriente, llena de vitalidad y buen humor.
Es, sin duda, una mujer admirable, que ha sorteado los escollos más tremendos sin perder la inocencia en la mirada y que se ha entregado sin reservas, apasionadamente, a amar, educar y sostener a su familia: a su esposo, a quien supo acompañar hasta el final, a pesar de todo; a sus padres que ya murieron, a quienes cuidó con una devoción y un cariño conmovedores; y a sus diez hijos, dos mujeres, ocho hombres, que han sido y siguen siendo la razón de su vida, o la sinrazón en mi caso, el tercero de sus hijos y el mayor de los varones.
Sentados alrededor de una mesa llena de dulces pecaminosos (la única forma de pecado que se celebra en casa de mi madre), algunos de mis hermanos me hacen reír con sus ocurrencias y picardías. Está mi hermana, que ha organizado el lonchecito y tiene una memoria privilegiada para recordar las historias más divertidas de nuestra infancia.
Está el ingeniero, un hombre bueno, discreto, generoso, con un gran sentido del humor. Está el empresario, que es el animador de las reuniones, rápido y afilado para la ironía, la broma atrevida y el comentario juguetón, gran contador de anécdotas, un hermano leal y entrañable, que nunca me pidió ni criticó nada.
Está James Bond, impecable, un dandy, fumando un habano en la terraza, tomando vino, disfrutando de sus éxitos inesperados, porque cuando era niño solía ser un dolor de cabeza para mamá, que lo llevaba a siquiatras, llenaba de pastillas, cambiaba de colegios y mandaba a Canadá con la esperanza de reformarlo, y ahora es tal vez el hijo que más la cuida y engríe.
Está el viajero incansable, a punto de ser padre, que no se fatiga de subirse a aviones y recorrer el mundo, sobre todo el Lejano Oriente, en busca de mercancías, y que cada madrugada, dondequiera que se halle, sale a correr con el vigor y la obstinación de un profesional curtido en las más exigentes maratones, y que ha sabido salir ileso de una trampa insidiosa del destino, la de que su cara y la mía sean bastante parecidas, según lo que opinan quienes a menudo lo abruman preguntándole si es mi hermano porque con esa cara no podría no serlo.
Está el arquitecto, hombre bueno si los hay, sereno observador de la vida, amante de los placeres refinados, gran conversador (y mejor si es frente al mar), escritor paciente y precoz (que ya tiene una novela de inminente publicación), padrino de mi hija mayor, sabio consejero y confidente. Y está el abogado, quizá el más inteligente de todos, la promesa política de la familia, con una novia adorable, una brillante carrera académica y un futuro prometedor, todo lo que yo quise ser y no pude, porque había un mandato genético que cumplir. (No están, por desgracia, la mayor, la maga, poeta, ex monja, criatura alada y feliz habitante del mar, y el empresario deportivo, que aprendió a jugar fútbol conmigo y no tardó en superarme con creces.)
Mientras comemos, bebemos y nos reímos alrededor de la mesa familiar, en ese mismo salón o comedor donde hace pocos meses se veló el cuerpo exánime de mi padre, no puedo dejar de sentir su presencia y advertir algo que recién ahora, ya tarde, me resulta evidente: que la vida de un hombre que, a pesar de ciertas aflicciones que padeció desde niño, dejó a una esposa que todavía lo llora en su cama y a diez hijos que lo recuerdan con amor, fue todo menos ordinaria.
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