Zapatero y los progres
Por José Brechner
El Nuevo Herald
Una noche en un bar conozco a una chica de unos 35 años, sensual, exageradamente maquillada, vestida con pantalones ajustados y un top que permiten ver el piercing y el tatuaje en el ombligo. Mientras coquetea, fuma un pucho y bebe un whisky, hace comentarios de defensa a los fundamentalistas musulmanes. Como la estupidez humana actúa sobre mi persona de forma inversamente proporcional a mi habilidad de seductor, después de escucharla por más tiempo del necesario –lo que debe haber sido unos 20 interminables minutos– preferí dejar el lugar.
La nena no es más que el estereotipo de millones de insensatas que, gozando de las libertades de Occidente, abogan por quienes les niegan la igualdad de derechos a las mujeres. Las leyes islámicas aprueban la violencia familiar. Condenan a muerte a la mujer considerada adúltera. La obligan a cubrir todo el cuerpo con una carpa, para que no resalte ninguna de sus cualidades femeninas. La pérdida de la virginidad fuera del matrimonio es penada con la muerte. Las niñas son sometidas a la infibulación –castración femenina para que no puedan sentir placer sexual– practicada en 28 países del Africa islámica, que según la Organización Mundial de la Salud (OMS) causa el fallecimiento por hemorragias o infecciones a dos millones de criaturas al año. La mujer es considerada ciudadano de segunda categoría en los países árabes y no se le permite aprender a leer ni escribir. Tiene prohibido reír. Tampoco puede manejar vehículos. Su única función es callar, servir y obedecer a su marido, que es dueño absoluto de su vida y está autorizado a abusar de ella a su merced. ¿Será que la muchacha del bar sabe algo de eso o simplemente está de moda hacerse la progre y los terroristas islámicos son los íconos de los imbéciles?
Para una parte del mundo –particularmente en Latinoamérica– la guerra y el terrorismo no son más que un show mediático, un programa de TV, una película de ficción. Ni remotamente consideran la peligrosa magnitud de la amenaza islámica.
Los ataques terroristas sucedidos hasta ahora son sólo el preámbulo de otros más grandes que están por venir –como advierte Al Qaida–, pero hay quienes continuarán apoyando a los árabes y criticarán la política exterior norteamericana, que sigue siendo más racional, sensata, humana e inteligente que la de la mayoría de las naciones.
Los países anglosajones protestantes son los únicos que ven en su real perspectiva los peligros de la yihad. En Inglaterra, Australia y Estados Unidos sus gobernantes fueron reelegidos –más allá de su color político– por ser determinantes en la lucha antiterrorista. Si hoy los estadounidenses critican a Bush por no dejar Irak –que sería capitulación– en una guerra extremadamente compleja, difícil de entender y de solucionar –como son todas las guerras–, el terrorismo no ha dejado de ser el mayor peligro para la humanidad. No existe nada peor que la sinrazón de la guerra santa, es fanatismo químicamente puro.
Es inaceptable que en altas esferas existan individuos que creen que pueden encontrar un nivel de entendimiento con los fanáticos. ¿Qué tema quieren abordar, la conversión voluntaria del planeta al islam? Yihad es: o te sometes a nuestras maneras o te matamos. No hay posiciones intermedias, ni nada negociable. Las quejas, demandas y argumentos de los extremistas son sólo ardides para continuar su expansión político-religiosa y tratar de dominar el mundo.
Sin duda el más despistado de los líderes occidentales es el presidente del gobierno español, que velozmente se arrodilló ante los terroristas. El nefasto resultado de la condescendencia con los moros comienza a hacerse visible en la península ibérica, con el crecimiento islámico, más de un millón, esperando volver a tomar el control de Al Andalus. Rodríguez Zapatero es como la chica del bar: protege a su peor enemigo.
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