La demanda política determina la oferta
Poir Estuardo Zapeta
Siglo XXI
Comprender los principios de la política, en cuanto práctica, podría ser un buen paso.
Culpar a la oferta por “manipuladora” es la contradicción más sonora que he escuchado.
Si usted es de las personas que se quejan de la pobre “oferta” política, pues le tengo noticias poco alentadoras, pero realistas.
En política, la oferta es sólo una respuesta a la demanda, y sus quejas no son más que un reflejo de una participación pobre, mediocre diría yo, que no exige a la oferta —muy variopinta, por cierto— una mejor propuesta. Tenemos la oferta política que merecemos por guangos, por permitirle a cualquiera que, sin estándares puestos por nosotros, entre a competir a “ver si saca algo;” mejor dicho, a ver “si NOS saca algo” desde el puesto político.
Y comprender los principios de la política, en cuanto práctica, podría ser un primer buen paso por parte de la demanda, de nosotros, para entender los especímenes que compiten ya oficialmente desde el miércoles recién pasado.
Primero: en política no existen lealtades, sólo intereses. Por eso, la demanda no puede ver la política como mera práctica “espiritual-religiosa”. No, los políticos siempre antepondrán intereses a cualquier lealtad, aún si ésta fuese con el mismo Dios. Entonces, comprender que el político tiene intereses claros para ella/él nos haría un poco más sensatos para exigir que esos intereses estuviesen “en línea” con los nuestros. No hay problema con tener intereses, el problema es no conocerlos, o peor, pretender que no existen, y ese es un costoso error de la demanda aprovechado por la oferta.
Segundo: en política todo cambia constantemente. No se asuste de los tránsfugas que hoy están con un partido, mañana con otros, y la siguiente semana con uno diferente. Esa “poligamia en serie política” tiene su espacio en la poca o nula exigencia que la demanda le hace a la oferta para poner claros sus principios, sus valores y su ideología.
Tercero: las peleas políticas no son definitivas, y por eso “los enemigos hoy podrían ser aliados mañana, y los aliados hoy podrían ser enemigos mañana.” Por eso nuestro esfuerzo como demanda deberá encaminarse hacia, como dice Marta Yolanda Díaz-Durán, “aclarar las ideas” y las posiciones. La hipocresía de la demanda radica en que hoy se asusta de ver a dos o más archienemigos juntos y abrazados jurándose lealtad eterna. ¿Por qué nos asusta que habiendo sido enemigos sean hoy aliados, si ese es el juego político real: el de los acuerdos de intereses, no de juramentos de lealtades? Demanda ingenua: despierta.
Cuarto: en política todos se “utilizan” para lograr sus intereses. Y quien no acepte esta premisa que se dedique a la vida religiosa, a la filosofía o a la meditación trascendental. La demanda insensata todavía se cree aquella mentira “del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo.” Eso ni Cenicienta ni el Lobo Feroz, ni Caperucita Roja creerían, pero la demanda política guatemalteca sí se lo cree. ¡Abominable!
Quinto: la demanda será “manipulada” hasta cuando “se deje”. En la manipulación es el sujeto manipulable el que tiene la última palabra, no el manipulador; la oferta en este caso. Salir culpando a la oferta por “manipuladora” es la contradicción más sonora que he escuchado de la demanda política. Manipulemos nosotros a la oferta, y no al revés.
En fin, hablo de la política como es, aunque eso suena muy duro.
- 18 de mayo, 2012
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