La vida, variada; la muerte, uniforme
Por Armando de la Torre
Siglo XXI
En ello pienso cada vez que oigo mencionar la justicia “social”, esto es, ese loco intento de distribuir por igual los frutos del esfuerzo entre grupos, no entre individuos.
Porque “grupos” llamamos a los agregados de individuos que se asemejan entre sí por algún rasgo que les es común, y que hemos abstraído, es decir, que separamos mentalmente de los demás rasgos que no les son comunes.
En otras palabras, el pensamiento que agrupa es una ficción –“sui generis”, la calificó Dürkheim— de la que nos valemos para ahorrarnos enumerar uno por uno los nombres y apellidos de sus integrantes, cada vez que queremos referirnos a ellos en conjunto. Más allá de lo individual de carne y hueso, nada resta con una objetividad independiente de nuestras mentes.
Abstracciones enderezadas a humanos las tenemos por montones: los gentilicios, por ejemplo, derivados de las “tribus” a que se pertenece, o del territorio en que se nació; los gremios, por otra parte, según profesiones y oficios; las “clases” abstraídas de acuerdo a índices del ingreso, el prestigio o el poder; las castas separadas por la sangre, o las razas según el color de la piel; “colectivos”, en fin, que construímos a partir de atributos físicos y morales deliberadamente escogidos.
No niego la existencia de bases reales al exterior de nuestras mentes para tales abstracciones. No defiendo aquí el nominalismo. Pero cada una de tales categorizaciones resulta, en sí misma, paupérrima si se la compara con la riqueza del resto de lo concreto que excluímos. Pues siempre es mucho más rico lo que nuestras abstracciones excluyen que lo que incluyen.
Los biólogos nos dicen que la asombrosa diversidad de la vida en este planeta —en teoría, infinita— arrancó de hace unos mil millones de años atrás, cuando la reproducción sexual reemplazó a la asexual (como sucede entre las algas).
Esto nos lo aclara el sistema binario con el que ahora estamos familiarizados a través de la cultura digital: con tan sólo dos unidades, el cero y el uno, combinadas ad infinitum, podemos referirnos a cualquier realidad o extramental o imaginada.
Así ha devenido la vida en lo concreto polícroma, multiforme, imprevisible, evolutiva, inabarcable. Cuando nos creemos, empero, capaces de reducirla a nuestras muy finitas abstracciones individuales —aunque sólo sea porque es corto el tiempo de que disponemos— empobrecemos la realidad hasta evaporarla por completo.
La justicia “social” la pienso como uno de entre esos muchos intentos de robar a la vida su opulencia. Porque no se trata de implementar la igualdad de todos ante la ley, sino precisamente de lo contrario, de introducir a la fuerza desigualdades “abstractas” en la concreta naturaleza humana, con el propósito de recrearlos con otras diferencias imaginadas por el hombre.
Permítanme un ejemplo tomado de los deportes olímpicos: en los de campo y pista los participantes son tenidos por iguales ante la ley olímpica, es decir, todos han de empezar a correr al mismo tiempo, todos habrán de recorrer la misma distancia, cada uno habrá de mantenerse en su carril y evitar importunar a sus vecinos inmediatos; pero, al final, alguien llega primero y se le otorga la medalla de oro; otro, segundo, y se le galardona con la de plata, y un tercero recibirá la de bronce. ¿Y los demás? Se van a casa con las manos vacías.
Esto podría parecer injusto a algún justiciero “social”. Impongamos, propondría, esta igualdad moralmente superior:
Cuando el primero esté a punto de alcanzar la meta, se le detiene —si es necesario por la fuerza—, a un
metro de la misma; cuando arribe el segundo, otro tanto; y así sucesivamente, hasta que llegue el último.
Cuando “todos” se hallen alineados a la misma distancia se les permitirá dar el paso simultáneo que les falta para llegar a la meta, y de esa manera todos serán merecedores por igual de medallas de oro.
Justicia social.
(Continuará)
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