¿Aterrizaje suave para el frenesí financiero?
Por David Wessel
The Wall Street Journal
Los magos de Wall Street acaban de descubrir que el mundo es más arriesgado y complicado de lo que ellos o sus avanzados modelos computacionales anticipaban. El Congreso de Estados Unidos evalúa enmendar el código tributario para exprimir mejor a los reyes de las adquisiciones. El déficit comercial de EE.UU. se está ampliando y el dólar va en picada. El nerviosismo inflacionario se respira en el aire.
Es octubre de 1987, poco antes del crash bursátil.
Esto no es una predicción de que nos encontremos ante un desplome inminente en 2007 (puede ser, pero simplemente no creo que nadie pueda predecir esos eventos). Pero es una razón para preguntarse si los sucesos en Washington, Wall Street y los mercados financieros globales son temblores que indican que las placas tectónicas que subyacen a la economía se están desplazando.
En los últimos años, los mercados globales han sido amables con la economía, que ha gozado de un auge en todo el mundo. Las tasas de interés y la inflación han estado bajas. Es fácil acceder a créditos, al punto que prácticamente cualquiera ha sido capaz de obtener dinero barato. Wall Street ha inventado formas cada vez más complejas para hacer sus apuestas, apalancarlas y protegerlas, de manera que el riesgo se ha esparcido más ampliamente que nunca. Y ha lucrado en grande con ello.
Hoy existen señales de que la era de los mercados plácidos y el dinero barato para todos podrían estar llegando a su fin. A medida que la economía global se esfuerza por abastecer la creciente demanda de India y China, han surgido presiones inflacionarias. Ya nadie dice que China exporta deflación. Los bancos centrales están subiendo las tasas de interés de corto plazo y los mercados de bonos están aumentando las tasas de largo plazo. La caída de los precios inmobiliarios en EE.UU. está acabando con el frenesí de prestar dinero a la gente con un perfil crediticio de mayor riesgo.
En términos más generales, parece que los prestamistas ya no serán tan generosos con las condiciones que ofrecen para los préstamos de mayor riesgo, sea a individuos que quieren comprar una vivienda o compañías.
Ahora, Bear Stearns ha descubierto que la innovación financiera se ha movido con mayor rapidez que la capacidad de sus empleados altamente remunerados para entender lo que está pasando. El casi colapso de dos de sus fondos de cobertura, que habían hecho apuestas arriesgadas en el mercado de créditos hipotecarios subprime (préstamos a gente con un perfil de crédito de alto riesgo), y la inyección de US$3.200 millones para rescatar a uno de éstos es una prueba de ello. El resultado es que alguien va a perder mucho dinero.
Existe una aura de “inevitabilidad” en torno a esto. Hace 20 años, fueron las técnicas de protección de los portafolios (una estrategia para proteger una cartera de valores financieros de descensos futuros) y el arbitraje con índices (por ejemplo, comprar acciones que temporalmente se encuentran más baratas que sus futuros para ganar con la diferencia). Hace nueve años fue el colapso de Long-Term Capital Management, un enorme y apalancado fondo de inversión que pensaba que era más inteligente que todos los demás. Hoy, los instrumentos financieros son tan complicados que prácticamente nadie sabe con certeza cuán riesgosos son.
“No es difícil argumentar que nuestro entendimiento actual de los procesos económicos tal vez sea menor que en el pasado”, dice el Banco Internacional de Pagos, con sede en Basilea, Suiza, en un ensayo reciente. “Parece haber una tendencia natural en los mercados de que los éxitos pasados llevan a tomar más riesgos, más apalancamiento, más financiamiento, más colaterales y, nuevamente, a tomar más riesgos”.
“Si la liquidez se seca y las correlaciones entre los precios de los activos aumentan (traducción: demasiados inversionistas que tratan de vender todo tipo de cosas al mismo tiempo) el temor sería que los precios se pasarían al lado inconveniente (esto, en el idioma de los banqueros, es un crash). Estos ciclos se han visto muchas veces en el pasado (la jerga para decir: ‘Se los advertimos’)”.
Tal vez sólo sean temblores. ¿Pero qué pasaría si estos presagian un terremoto? Obviamente sería un duro golpe para aquellos que perderán mucho dinero. ¿Pero qué pasa con el resto de nosotros? Una parte de la respuesta está en la fortaleza del sistema financiero para absorber los shocks, y ésta ha mejorado considerablemente desde 1987, la crisis asiática de 1997 e incluso desde el 11 de septiembre de 2001.
La historia reciente es alentadora. Aunque asustó a muchos, el desplome bursátil de 1987 no hundió a la economía de EE.UU. Tampoco lo logró el 11 de septiembre. La economía tropezó y después se recuperó. Esto no es garantía de que la próxima crisis o desplome, que seguramente ocurrirá, tenga efectos pasajeros similares sobre una economía estadounidense que ha demostrado una resistencia impresionante. Pero es alentador.
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