Guatemala: La primera vuelta electoral
Por Armando de la Torre
Siglo XXI
El sistema de dos vueltas pretende garantizarnos la representación proporcional.
La afiliación partidista se reduce, por tanto, a giros mercenarios en torno a caudillos.
Una peculiaridad de los votantes por estos lares es que no parecen haber aprendido todavía a sacarle todo el provecho a la riqueza de oportunidades que encierra el sistema francés vigente (ballotage) de dos vueltas electorales.
Tal proceso fue pensado para que los ciudadanos en un régimen semipresidencialista manifestaran sus preferencias prioritarias para el Ejecutivo y el Legislativo en la primera vuelta, y aquellas que les fueren secundarias en una segunda.
Habría, además, de ser entendido como un complemento para garantizar una representación, lo más proporcional posible —en beneficio de los electores—, tanto en el Parlamento como en los cargos ejecutivos. Asimismo, para que fungiera como método de desempate en circunscripciones uninominales (distritos electorales).
Pero la mayoría de los guatemaltecos (igual que muchos iberoamericanos) no parecen haberlo captado así.
Con frecuencia les oigo referirse a alguna agrupación política y a sus candidatos en estos términos: “Son para mí la mejor opción, pero como según las encuestas de opinión sus probabilidades de figurar en la segunda vuelta son exiguas, he decidido dar mi voto a otros a quienes creo que los demás les darán los suyos, y así no pierdo el mío”.
Error mayúsculo, que anula por completo lo que el sistema de dos vueltas pretende garantizarnos: la representación proporcional de todos los electores en esas esferas del Estado donde se toman las decisiones que encierran más consecuencias para nuestras vidas.
Pues en vez de hacer públicos, vía el voto, preferencias y valores personales prioritarios los ocultamos, con base en cálculos subjetivos fantasiosos —y muy falibles— sobre lo que los demás quizás decidan. El camino seguido por el tontín Vicente: “adonde va la gente”.
¿Para qué, entonces, tomarnos tanto trabajo en informarnos sobre candidatos y programas si ya renunciamos, de antemano, a que el voto propio pueda hacer alguna diferencia?
Otra consecuencia inevitable de esta miopía es esa propensión a votar resignadamente en la segunda vuelta más bien contra que a favor de uno de los dos candidatos que hayan sobrevivido a la primera.
Pero este error no es atribuible sólo al elector poco pensante.
Las prácticas antidemocráticas al interior de los partidos, cada uno con su respectivo “dueño” incuestionable y sus listados a subasta, no facilitan al votante un uso acertado de su derecho ciudadano. Peor aún, la superficialidad ideológica de tales “partidos”, y la improvisación constante en la designación a cargos públicos de entre sus “clientelas”, tampoco inspiran una lealtad duradera entre sus simpatizantes. La afiliación partidista se reduce, por tanto, a giros mercenarios en torno a “caudillos” que se alternan, y no por principios e intereses legítimos tenidos en común con quienes habrían de ser nuestros intermediarios.
Por eso también son raros entre nosotros los portadores de credenciales partidistas que se sientan obligados a cotizar a las agrupaciones de su elección, lo que a su turno empuja a los candidatos a recurrir para sus campañas a unos cuantos donantes poderosos (¿narcotraficantes también aceptables ahora…?) que no dejarán, por supuesto, de anticiparse un precio en especie (esto es, privilegios) a cambio de sus aportes monetarios.
Es un sistema que se retroalimenta –y petrifica- con cada elección general, aunque manchemos con aire festivo el dedo índice con el fin de tener las autoridades que en ese día, y sólo en ese día, creemos que serán para los cuatro años subsiguientes “las menos malas”.
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Y después nos quejamos del juego político.
La factura, por favor, pasémosla entonces a cada uno de esos que no votan por convicciones sino según los decibeles del ruido de la propaganda escrita, radial, televisada que los hayan aturdido —enderezada siempre, no se olvide, a un público de nueve años de edad mental—, y que se proponen así “no perder su voto…”.
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