Los conjuros que trae la niebla
Por Jaime Bayly
El Nuevo Herald
Una semana de finales de junio en Lima puede parecer un año. Las noches son heladas y culposas; en las mañanas una niebla espesa lo difumina todo, incluso la certeza de que me iré pronto; las horas pasan con una lentitud sañuda, exasperante, como si uno estuviese privado de su libertad, confinado en una cárcel de la que siempre quiso escapar y a la que acaba volviendo resignadamente.
Debo pasar una semana en Lima porque mi hija menor cumple doce años un miércoles (y nada, ni siquiera mi condición de reo o presidiario en esta gran mazmorra polvorienta a orillas del Pacífico, justifica ausentarme de su fiesta) y porque tengo que grabar unos programas para irme con mis hijas un mes de vacaciones al país donde ellas nacieron, donde escribí casi todas mis novelas y donde somos vulgarmente felices cuando nos bañamos en la piscina, bajo las sombras que nos conceden las palmeras.
Las celebraciones de mi hija se dividen sabiamente, porque así lo ha dispuesto ella, en una fiesta adolescente con sus amigas y amigos del colegio, en un inevitable té familiar (que ella espera con cierta resignación) y en un desayuno con su hermana y sus padres, en que abrirá bostezando sus regalos (todos los cuales ella ha comprado por internet) fingiendo sorpresa y alegría.
Su fiesta es un éxito ruidoso y eso me provoca alarma y pavor. Un número inesperadamente alto de muchachos inesperadamente altos desborda la pista de baile: muchos de ellos no han sido invitados y se han metido a la casa haciendo trampa, mintiendo, burlando al hombre de seguridad, diciendo nombres que no son los suyos pero que están en la lista de invitados. Uno de los intrusos hace escarnio de la fealdad de una chica (le grita ”Betty, Betty”, por Betty la fea) y ella le da una bofetada. Todas las canciones, si podemos llamarlas así, pertenecen a ese género esperpéntico y atroz llamado reggaeton, que mi hija adora y baila con frenesí, pero que a mí me parece una agresión acústica insoportable. Me siento en una esquina, los pies al lado de la estufa, y veo a lo lejos a mi bellísima hija bailando esos ritmos grotescos con una gracia y una aparente felicidad que le dan sentido a todo.
El té familiar resulta inesperadamente divertido. Mi ex suegra me saluda con sorprendente cariño. Luce bella, delgada y encantadora. Atribuye su eterna juventud a ciertas raíces, aceites, brebajes, semillas y hojas de la Amazonía que ella se aplica religiosamente. Mi ex mujer luce bella, delgada y encantadora. Se ha liberado de un conjuro malvado que alguien tramó contra ella. Sospecha de una mujer que la envidia. Ha visitado a un chamán o curandero, un hombre de corta estatura, aliento alcohólico y mirada extraviada, y le ha pedido que rompa el conjuro, que neutralice la emboscada insidiosa. El curandero le ha pedido que se desnude. Mi ex mujer ha preguntado: ¿Del todo? El chamán ha respondido: Del todo, mamita. Si no te calateas, no puedo pasarte el cuy. Mi ex mujer se ha tendido desnuda en una camilla maloliente. El curandero ha frotado por su espalda un cuy vivo, pequeño roedor andino de pelambre marrón. De pronto, ha gritado: ¡Carajo, se ha muerto el cuy! Luego ha explicado que el roedor ha expirado por absorber la energía negativa depositada dentro del cuerpo de mi ex mujer, como consecuencia del torvo conjuro. Mi ex mujer ha sospechado (y yo la he acompañado en esa sospecha) que el curandero ha estrangulado al cuy, sólo para impresionarla. Luego, el hombre, tras deshacerse del animal, ha echado agua con pétalos de rosas sobre el cuerpo de mi ex mujer. Ella ha creído ver que algo, no precisamente un cuy, se abultaba y movía entre las piernas del chamán. Después le ha pagado y se ha sentido radiante, liberada del hechizo maléfico, purificada y optimista, como debió de sentirse cuando se divorció de mí con un buen gusto irreprochable.
Al día siguiente, muy temprano, mis hijas y mi ex mujer han salido al aeropuerto, rumbo a Miami. Nos veremos allá en pocos días. Me he quedado en Lima con el espíritu avinagrado, soportando de mala gana la niebla, la garúa, la conmovedora idiotez de los patriotas y los moralistas, los ladridos de los perros de mis hijas, que esperan que les tire más salchichas. Desolado, he abierto la agenda de mi ex mujer, he llamado al curandero y le he pedido que me pase el cuy.
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