Vivan las tarjetas de compra, crédito y débito
Por Juan Carlos de Pablo
Revista Fortuna
En qué se parecen el dinero y los mayordomos? En que prestan más servicios cuanto menos se los nota. Cuando los objetos o mecanismos que se utilizan como unidad de cuenta, medio de pago de aceptación general y reserva de valor, como cuando el encargado del funcionamiento de una gran casa de familia o establecimiento educativo, aparecen en la tapa de los diarios, estamos en problemas. En el primer caso, porque la noticia es el corralito, la inflación o la devaluación; en el segundo, porque la noticia es algún asesinato o la revelación de algún secreto de alcoba.
Cada tanto leo que “el dinero va a desaparecer”. Tonterías. Los que probablemente alguna vez van a desaparecer son los billetes y las monedas, inventos geniales en su momento (más cómodos de utilizar y transportar que las monedas metálicas, la sal y el coñac… la moneda más “líquida” que existió), que con el tiempo serán reemplazados por otros instrumentos más cómodos para cumplir las mismas funciones. Nuevo ejemplo de destrucción creativa, como diría Joseph Schumpeter.
A mediados del siglo XX, obviamente que de manera independiente, se inventaron un par de genialidades: el contenedor y la tarjeta de compra. Y fueron inventos geniales porque revolucionaron el transporte y el sistema de pagos respectivamente. Como ocurre con todos los inventos geniales, mirados de manera retrospectiva lucen simples y generan preguntas tontas, del tipo: ¿cómo fue que no se inventaron antes; cómo fue que pudimos vivir hasta ahora sin ellos?
La tarjeta de compra fue inventada por una persona que se cansó de tener que llevar encima efectivo para cenar en los restaurantes. Obviamente que no inventó el crédito, o el “fiado” como se decía en la Mercería Don Paco, que mi familia materna tenía en Liniers precisamente hace medio siglo. La novedad de la tarjeta de compra es que eliminó la necesidad del conocimiento “personalizado” que el cliente tenía que tener delante del restaurante que le fiaba. Portar una tarjeta implicaba para el dueño de la casa de comidas, que el desconocido tenedor del “plástico” era de fiar, o que el emisor de la tarjeta honraría la deuda si el comensal no pagaba.
Con el tiempo aparecieron las tarjetas de crédito y débito, que son otra cosa. La tarjeta de crédito implica que no hay que abonar todas las compras cada vez que cierra una liquidación mensual, en tanto que la tarjeta de débito implica la transferencia instantánea de fondos, de la cuenta del comprador a la del vendedor.
A lo largo de la historia hubo variedades de dinero que nacieron de manera espontánea, por selección natural (ningún gobierno dispuso que las monedas debían ser confeccionadas con oro o plata, y no con hielo o algodón), y otras como acto deliberado de los Estados, como los billetes y las monedas emitidos por los bancos centrales.
Más importante todavía, en una misma comunidad y durante muchísimo tiempo coexisten distintas variedades de dinero. Claro que es más cómodo pagar con una tarjeta que con efectivo, y sin embargo no todo el mundo utiliza tarjeta, algunos porque no quieren, muchos porque (todavía) no pueden.
El problema se plantea cuando, por razones ajenas a la propia lógica del sistema de cobros y pagos, se quiere forzar el uso de determinada forma de dinero, o se la quiere limitar.
Utilizar el sistema financiero para cobrar y pagar es mucho más eficiente que andar con efectivo de aquí para allá (con perdón de los chorros y las empresas que trasportan caudales). Pero la referida utilización tiene que surgir de los “usos y costumbres”, y no estar restringida por el impuesto a los créditos y débitos bancarios, o forzada por el corralito.
En el caso de las tarjetas de compra y crédito, no está mal que haya gente que no las utilice, pero resulta lamentable que ello ocurra por razones impositivas y previsionales, o como subproducto de la política de control directo de los precios.
Con las actuales alícuotas impositivas y previsionales, la tentación a evadir impuestos es alta, y para algunos resulta irresistible. Pero con el actual nivel tecnológico, es imposible evadir impositivamente transacciones que se realizaron utilizando tarjetas (el descuento que se ofrece por pago “al contado y en efectivo” no sólo refleja el costo financiero y la comisión del uso de la tarjeta, sino también el costo impositivo y previsional). Ergo, efectivo.
El caso de la política de control directo de precios se ilustró recientemente con el amago de las estaciones de servicio, de dejar de aceptar tarjetas en la venta de combustibles. Decisión basada en el hecho de que muy probablemente el “liderazgo” de una de las petroleras probablemente hubiera sido imitado por el resto, en vez de utilizado como elemento competitivo para ganar mercado (a estos precios de las naftas, y a estos márgenes de comercialización; ¿quién se quiere quedar con el mercado interno de los combustibles?). ¿Qué haríamos los automovilistas si no se pudiera comprar combustible, excepto pagando en efectivo? Pagaríamos en efectivo.
Junto a lo cual está la eterna tensión entre los emisores de las tarjetas, los bancos que las financian, los tenedores de plásticos y los establecimientos que venden utilizando tal mecanismo. Pelea que pertenece al ámbito de los negocios, donde el Estado lo único que debería vigilar es el grado de competencia que existe entre los diferentes emisores de tarjetas.
Última: me da mucha bronca cuando encima de embromarme, me cargan. De manera que a través de este medio les pido encarecidamente a los comercios que desde hace muchos meses no aceptan más tarjetas, que retiren las identificaciones de las puertas y sobre todo que dejen de decir que “la utilización de tarjetas está momentáneamente suspendida”.
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