Un enemigo de la libertad
Por M. Martín Ferrand
ABC
En un brillante alarde de optimismo, mi dilecto Germán Yanke escribió ayer en estas páginas que “las opciones que tiene el PP para las próximas elecciones son Rajoy o Rajoy”. Así sería, sin duda, si los partidos políticos, como algunas sustancias, no fueran capaces de sublimarse, de pasar en un instante del estado sólido al gaseoso. Lo vimos con la UCD, pobrecita, que, después de haberse dejado el pellejo en la generosa construcción de una España para todos, se quedó sin espacio ni posibilidades. Se sublimó. El PP, de tanto lamerse sus propias heridas, sigue sin reaccionar tras su hundimiento en el 14-M y no deja de resultar inquietante que conozcamos mejor las muchas razones que maneja Mariano Rajoy para el desprecio de José Luis Rodríguez Zapatero que las que supuestamente tiene en la cabeza para gobernar si sale victorioso en las próximas legislativas.
En la crítica a Zapatero hay más laconismo y precisión, mucha más enjundia, en algunos de los observadores que, al margen de militancias, atienden con rigor el análisis de lo que nos pasa. Así, por ejemplo, mi también querido vecino en estas páginas, Carlos Rodríguez Braun, dijo en Navacerrada, en una de las cachupinadas veraniegas que organiza FAES para demostrar la existencia de José María Aznar, que Zapatero es un “enemigo de la libertad”. Esa es la cuestión. No porque la libertad cotice mucho entre nosotros, sino porque no hay nada más eficaz para detener a un tren que corre por una vía en sentido descendente que otro de igual o mayor tonelaje despendolado por la misma vía en sentido ascendente”.
Zapatero, evidentemente, es un enemigo de la libertad. No sólo por socialista, que el socialismo y la libertad tienden a ser, en profundidad, conceptos antagónicos; sino, sobre todo, por condescendiente y pactista. Como carece de ideas más allá de su propia perpetuación en La Moncloa, el líder del PSOE no defiende valores ni principios, busca votos y aliados. Algo incompatible con la libertad, que es un bien moral antes que una prerrogativa política. Para que Yanke tenga razón es imprescindible que Rajoy, con la bandera de la libertad ondeando al viento, se suba al tren ascendente que deberá estrellarse contra el descendente de Zapatero cuando, a su hora o con adelanto, se abran las urnas.
Desde que, en sus dos legislaturas de poder, el PP incumpliera su promesa de una regeneración democrática, algo imprescindible y urgente, Rajoy evita cualquier compromiso sobre el particular. No parece desear que alguien pueda afearle su pasividad cuando, a la sombra de Aznar y en muchas y distintas funciones de Gobierno, contribuyó al despilfarro de una oportunidad histórica para la exhibición democrática y liberal del centro derecha español. Sólo con la bandera de la libertad desplegada, sin temor al choque frontal, estará en condiciones de conseguir que cesen los molestos pitidos del tren igualitario, confederal, inconsistente y liberticida del maquinista -¿maquinador?- Zapatero.
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