Dolarización, un país blindado
Por Guillermo Arosemena Arosemena
El Expreso de Guayaquil
Este es el título de la obra de Joyce Higgins de Ginatta, es muy oportuna en momentos en que absurdamente se habla de tener una nueva moneda. Su libro se refiere a los errores cometidos en materia económica por nuestros mandatarios desde el ex presidente Bucaram y la estrategia seguida por la autora para convencer a las autoridades públicas y privadas de que la dolarización era el único camino que Ecuador tenía para terminar con la inestabilidad económica e incrementar el nivel de vida de los ecuatorianos.
Joyce narra su cruzada para lograr que se decrete la dolarización; comenta el largo camino que tuvo que recorrer, tocando puertas, llamando por teléfono, escribiendo, convocando a foros y mesas redondas, elaborando propuestas y proyectos, en fin, encontrando la forma de llegar a la mayor cantidad de ecuatorianos con capacidad de influenciar la implementación de la dolarización. Su infatigable labor estuvo llena de obstáculos y falta de apoyo.
Ella explica que inició su campaña para ayudar a la economía a crecer, actuar en beneficio de las mayorías y no de los grupos sectarios. Había que acabar con la corrupción eliminando la discrecionalidad. Para ello se tenía que eliminar el sucre, asesinado por los políticos. Escribió el libro para que Ecuador sea un país del primer mundo y pueda soñar con llegar mucho más alto y no sea un país de algunos sino de todos. Ecuador vivía la economía-casino, donde la especulación se daba por doquier.
La pérdida de la capacidad de compra de los sueldos y salarios era permanente, equivalía a que el Estado metiera la mano en los bolsillos de los ecuatorianos, para sacarle las pocas monedas que tenía. A pesar de las protestas de que se perdería la soberanía nacional, en palabras de ella, la “estrategia estaba en marcha y nadie iba a detenerme”. Lo que proponía Joyce tenía sentido. Si un Estado es incapaz de manejar correctamente su moneda, hay que buscar la más fuerte. Debe recordarse que el sucre nació en 1884, para terminar con el peso ecuatoriano en vigencia desde 1830, que no tenía valor alguno.
Lamentablemente, el sucre corrió la misma suerte. En Estados Unidos colonial, sus dirigentes escogieron la moneda más fuerte, no era la libra esterlina. En la obra, Dinero y cambio en Europa y América entre 1600 y 1775, el escritor John McCuster escribe: “La principal moneda del mundo atlántico en los siglos XVII y XVIII fue el peso español que en el siglo XVII pasó a llamarse dólar y que posteriormente se convirtió en la unidad básica del sistema monetario de Estados Unidos…estuvo destinada a servir como moneda universal”.
Panamá hizo algo similar, cuando se independizó de Colombia, adoptando el dólar como moneda. Joyce defiende ardorosamente la dolarización y abunda con evidencias para reafirmar que la dolarización ha beneficiado a Ecuador, dando los siguientes argumentos: recuperación de los sueldos, anclaje de la paridad cambiaria, retorno de la confianza, frenar el factor especulativo, reducción del riesgo país, disminución paulatina del costo del crédito, introducción parcial de la disciplina fiscal, eliminación del poder discrecional del Banco Central, estabilidad monetaria, garantía para el ahorro y manera de proyectar las finanzas personales y empresariales.
Para ella, la más grande evidencia de que la dolarización es un aval para todos es que a pesar de la terrible inestabilidad política desde el 2000, la economía no ha dejado de crecer. Joyce se pregunta: ¿Puede alguien imaginar a cuántos sucres estuviera el dólar ahora con las tres crisis que hemos tenido como país? y agrega que la dolarización es una garantía que evitó la quiebra de muchas empresas y el dejar en el desempleo a miles de trabajadores.
Ella sostiene que lejos de incrementar las desigualdades, las ha reducido, poniendo como ejemplo la gente que trabaja en áreas de servicio técnico y vocacional. Menciona el caso del plomero que antes de la dolarización ganaba cuatro dólares y actualmente su trabajo es valorado en veinte dólares. Los electricistas, carpinteros, artesanos, etc. son los más beneficiados. Finalmente Joyce afirma que se ha democratizado el consumo y que la gente se ha involucrado más en exigir rendición de cuentas. La autora termina el libro esperanzada de que su obra “…mueva a los jóvenes -a los de edad y espíritu- a luchar por su futuro y el de su familia…”.
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