¿Para qué sirven las estadísticas?
Por Juan Carlos de Pablo
Revista Fortuna
Para qué sirve que una vez por mes sepamos cuánto se modificaron los precios, que una vez por trimestre conozcamos qué le pasó al empleo y al desempleo, y que una vez cada 10 años sepamos cuántos habitantes somos?
Después de todo, la humanidad vivió buena parte de su existencia sin estadísticas y aún hoy probablemente la inmensa mayoría de la población mundial viva sin consultarlas.
Las estadísticas sirven para 2 cosas: determinan directamente ciertas decisiones y ayudan a realizar diagnósticos.
Las estadísticas determinan directamente decisiones cuando el número de los diputados que integran la respectiva Cámara en el Congreso Nacional es proporcional al número de habitantes de cada provincia, y este dato surge de los censos; y también determinan directamente decisiones cuando la estimación oficial de la variación de los precios se utiliza para indexar (en castellano, indizar) el valor de los títulos públicos, alquileres u otro tipo de contratos. En el plano internacional, las estadísticas sobre déficit fiscal y PBI de los diferentes países europeos servían para determinar qué países cumplían, y cuáles no, el Tratado de Maastricht.
Sin desmerecer el anterior, el uso de las estadísticas que destaco en estas líneas es el otro, el de herramienta para realizar diagnósticos. En este sentido las estadísticas sirven para complementar la visión que surge de la experiencia individual y la que se desprende de la interacción directa.
No necesito consultar las estadísticas para saber si estoy ocupado o desocupado, si me cuesta más o menos que antes peluquearme o comer tostadas, o si estoy pronunciando más o menos conferencias que el año pasado. Pero necesito estadísticas para saber si lo que a mí me pasa sólo me ocurre a mí o también le pasa a los demás.
Desde el punto de vista del diagnóstico causal no es lo mismo que yo deje de dictar conferencias mientras mis colegas lo siguen haciendo, a que yo deje de dictar conferencias y a mis colegas les ocurra exactamente lo mismo. Si yo dicto menos conferencias pero mis colegas más, algo está ocurriendo conmigo, porque se está produciendo una sustitución; mientras que si yo dicto menos conferencias y a mis colegas les ocurre lo mismo, algo está ocurriendo con “el país”, o al menos con la demanda de conferencias en general.
Por eso se puede vivir sin estadísticas, como también se puede vivir sin e-mail, sin cerveza o sin poder ver a la Pantera Rosa. Pero se vive más y mejor pudiendo acceder a cada uno de los bienes mencionados.
La estimación sistemática de estadísticas, por parte de los Estados, destinada a verificar modificaciones de corto plazo en variables económicas como precios, PBI, comercio exterior, finanzas públicas, stock de dinero y depósitos, etc., es propia de la segunda mitad del siglo XX. Con anterioridad hubo esfuerzos aislados e individuales (en PBI desde el siglo XVII, en precios desde la segunda mitad del siglo XIX, en comercio exterior y finanzas públicas hay registros bien viejos, pero no por razones estadísticas sino de control por parte de las autoridades).
Como ocurre con frecuencia, inventado un instrumento se lo aplica de manera retrospectiva. Existen actualmente estimaciones –que hay que utilizar con suma cautela– de cuentas nacionales y de precios de por lo menos 10 siglos.
Estimar estadísticas genera beneficios, pero también genera costos y plantea problemas tanto conceptuales como de estimación. Si el PBI se utiliza como indicador de bienestar, en función del tamaño de la “torta”; ¿debería incluirse en su cálculo el valor agregado generado por la producción de armas, drogas, tabaco, bebidas alcohólicas, etc.? Si una caída de la productividad del empleado público obliga a tomar más gente; ¿en qué sentido el resultante aumento del PBI es un indicador de mejora? Estos son claros ejemplos de problemas conceptuales.
Los problemas de estimación derivan del hecho de que como es muy costoso conseguir todos los datos (los referidos al “universo”) sólo se toman algunos datos (los de la “muestra”). Pero toda muestra tiene implícito un margen de error, mayor cuanto menor es el tamaño de la muestra, cuanto mayor es la heterogeneidad del universo y cuanto mayor es el sesgo de la muestra.
Todo esto es conocido, sobre todo esto se han escrito manuales de procedimiento, sobre todo esto hay convenciones. La razonabilidad pasa por ignorar 2 posiciones extremas: la que no le presta atención a las estadísticas, en el nombre de sus deficiencias, basando los diagnósticos exclusivamente en las vivencias directas; y la que endiosa las estadísticas, sin prestarle atención a sus deficiencias, y puede armar un flor de lío por… decimales. Ni una cosa ni la otra.
Nada de todo esto tiene que ver con la barrabasada que a comienzos de 2007 el Poder Ejecutivo hizo en el INDEC, cuando rompió el termómetro al dibujar el aumento de los precios al consumidor, y que recientemente continuó al pretender estimar lo que ocurrió con las líneas de pobreza e indigencia utilizando precisamente la estimación dibujada del IPC.
Las estadísticas son como las fotos. Frente a ellas y con posterioridad puede aparecer la correspondiente lectura o interpretación, es decir, la elaboración “teórica” compatible con los datos. Algunos toman los datos para explicarlos causalmente (por qué el PBI varió como lo hizo, durante determinado período), otros para proyectar (cuánto variará el PBI durante el año próximo). La estadística, la explicación teórica y el pronóstico utilizan el mismo tipo de datos pero se trata de planos bien diferentes. Se analizan los hechos con informaciones alternativas o complementarias, se analizan las explicaciones y las proyecciones con teorías y técnicas alternativas o complementarias.
Algún día al INDEC le permitirán recuperar su autonomía y profesionalidad. Cuando eso ocurra no habrá que imaginar qué hay más allá de nuestra experiencia individual, para ubicarnos en el entorno en el cual operamos, sino que lo podremos hacer de manera directa. Mientras tanto…
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