Chávez, Clinton, Kirchner
Por Eucario Bermúdez
Diario Las Americas
Aspirar a regir los destinos de su país, es algo que no se puede negar a ningún ciudadano que honestamente desee alcanzar semejante honor. No puede caber en ninguna mente que tenga principios democráticos y patrióticos. No es justo que a la juventud que se prepara en las universidades y en cuyas aspiraciones figure el servicio público y el anhelo de llegar a las altas posiciones del Estado, se le vaya a negar esa posibilidad. Lo contrario es pretender instaurar el poder absoluto y abrir los cauces del despotismo.
Tal es, ni más ni menos, la pretensión del presidente venezolano Hugo Chávez, que no contento con implementar arbitrarios mecanismos que le permitan permanecer en el poder, ahora quiere perpetuarse en él mediante una propuesta de continuidad repugnante que merece el más vigoroso rechazo. A medida que copa todos los espacios, que fortifica sus trincheras, que dilapida los dineros del pueblo en acciones que comprometen la soberanía y la economía de la nación, que coharta la libertad de expresión, sus ansias de poder superan el marco normal de un gobierno cada vez más autoritario, más próximo a las amarguras de una dictadura. Resume así con todo rigor, el pensamiento de Marx sobre el poder político: capacidad de una clase de imponer su interés sobre el conjunto de la sociedad.
Contradiciendo sus permanentes afirmaciones en el sentido de que la actual Constitución es la más perfecta que haya podido tener Venezuela, ahora quiere modificarla para satisfacer sus ansias de poder. Una verdadera insolencia que ofende no sólo los principios democráticos sino la cultura y la formación intelectual de los jóvenes venezolanos que no tendrían el estímulo de contemplar la opción de aspirar en algún momento de su vida a la conducción de los destinos del país que Chávez quiere preservarse para él y solamente para él. La esperanza que se contempla es que su propuesta sirva de féretro para enterrar su cacareada revolución bolivariana. El bravo pueblo seguramente no tolerará semejante entuerto.
El poder “amaña” según un término de uso popular en algunas regiones latinoamericanas. Es decir no provoca dejarlo. Incita al monopolio, a no dejárselo arrebatar. Un expresidente colombiano, el Dr. Echandia pronunció una frase célebre en alguna ocasión: “el poder para qué”, que admite toda clase de interpretaciones.
Ninguna mejor ratificación de lo anterior, que la actitud de Chávez y la que en otro terreno diferente están asumiendo los Clinton en Estados Unidos y los Kichner en Argentina, los dos últimos dentro de los auténticos cauces de la democracia, pero que suscitan grandes choques de opinión por algunos abatares negativos durante la administración que presidieron, especialmente aquellos que tienen relación con la infidelidad y el exceso sexual en el caso de Bill y Hillary. Son hechos difíciles de olvidar.
El común dice que nunca segundas partes fueron buenas y ello es más que comprobado sobre todo cuando se trata de gobernantes. Es por ello que su deseo de alternarse en el poder, de dar ella el paso al frente mientras que el “ex” queda al lado como segundo (¿) suscita dudas y muchos interrogantes.
Otro tanto tratan de hacer los Kichner en Argentina. El actual controversial Presidente no desea irse de la Casa Rosada y para lograrlo pretende la sucesión de su esposa a quien ha candidatizado convirtiéndose en su más apasionado jefe de campaña. Un Presidente en ejercicio y otro con el prestigio y fuerza política de haberlo sido, que anhelan seguir atados al poder a través de sus esposas, ambas senadoras. Como se dice en el espectro político de naciones que algunos pretenden monopolizar, son siempre los mismos con las mismas. O como dice una melodía popular: “quítate tu pa ponerme yo”.
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