Antiamericanismo
Por Porfirio Cristaldo Ayala
ABC Digital
Hoy, como en los años sesenta, los políticos populistas y dirigentes sociales latinoamericanos que se precien deben demostrar un rabioso antiamericanismo. El pasado 4 de julio fue una excelente oportunidad para reafirmar cada uno su desprecio a los EE.UU., país que –según proclaman– tiene mayor consideración por el ganado vacuno que por los seres humanos, debido a los subsidios que recibe el primero. Lo acusan de concentrar la ciencia y tecnología. En el fondo lo que les mueve no es tanto el rencor como el afán de denigrar al capitalismo, al que culpan de todas sus miserias. No podrían estar más equivocados.
Los populistas denuncian que EE.UU. mantiene tasas usurarias para los pueblos pobres. Por eso, “los países pobres son cada día más pobres y los países ricos cada día más ricos”. Para estigmatizar al capitalismo desentierran el viejo y errado dogma marxista de la explotación, aunque originalmente este se aplicaba a los individuos y no a los países. Pero después de 100 años de gigantescos adelantos traídos por el capitalismo, que mejoró inmensamente la condición de los trabajadores, se hizo evidente que con la libertad económica y la democracia, tanto ricos como pobres se hacían cada vez más ricos.
El marxismo ajustó entonces su virulenta fórmula aceptando que si bien los trabajadores de países ricos mejoraron su nivel de vida, esta mejoría se consiguió a expensas de los países pobres. La explotación se trasladó de los trabajadores a los países. Los países pobres eran cada vez más pobres debido a que los países ricos eran cada vez más ricos. Al principio, el anticapitalismo o el odio a los “países ricos” incluía a las naciones europeas, EE.UU., Japón y otros. Sin embargo, desde los años setenta tanto la izquierda radical como la extrema derecha concentraron su rencor en los EE.UU., su capitalismo y política “imperialista”.
El paradigma contrario, el americanismo, nació en el siglo XVII, cuando desembarcaron los Padres Peregrinos en Plymouth Rock. La nueva colonia era comunista, toda su producción se almacenaba en un depósito común para que la autoridad política la distribuyera a cada uno de acuerdo a sus necesidades, según el principio marxista “de cada uno de acuerdo a su habilidad, para cada uno de acuerdo a su necesidad”. Pronto los colonos sufrieron hambre y comenzaron a morir. Por fortuna, unos años después abandonaron el sistema comunista y cada colono tenía derecho sobre los frutos de su propio trabajo.
Desde que se instaló la propiedad privada, los colonos de Plymouth Rock prosperaron y nunca más padecieron hambre. La nueva nación adoptó muy pronto los derechos de la propiedad, la economía creció y se robustecieron los deseos de libertad que más tarde confluyeron en la Revolución americana. La esencia del americanismo se definió en la Declaración de Independencia (1776), que afirmó el principio revolucionario de que todos los hombres nacen con iguales derechos entre los que se encuentran “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” y que los gobiernos son creados solo para defender estos derechos.
Jean Francois Revel explica que, a diferencia de los nacionalistas y xenófobos fanáticos, los derechistas autoritarios, los antiglobalistas y los ecologistas radicales, el “antiamericanismo irracional” es el que se observa en la mayoría de latinoamericanos que a pesar de temer y rechazar el autoritarismo colectivista, desconfían de la democracia y la libertad económica.
El antiamericanismo dio un salto con las guerras de Vietnam e Irak. Se le censura a EE.UU. su soberbia por hacer de “policía global”, pero se le critica cuando no interviene en las encarnizadas “limpiezas étnicas” para asegurar la paz.
En setiembre de 2001 surge otra forma de antiamericanismo particularmente perversa, por parte de intelectuales que cegados por su odio pretendían justificar la masacre de miles de inocentes.
Desechando prejuicios delirantes, lo que realmente importa es revivir el americanismo, la defensa de los valores universales de la libertad, la vida y la propiedad que traen prosperidad y esperanzas a los pueblos y atacan en su misma raíz la miseria y la opresión.
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