Perdidos en el espacio de vahos etílicos
Por Marcelo A. Moreno
Clarín
En los hoy tan mitificados años 60 y con más extendido ardor ya en los 70, desbancó sin lástima el lugar ocupado por el bombero, el aviador, el centroforward y el capitán de ultramar en los sueños de los chicos, que admiraban con candor sus sonrisas plastificadas en un aparato al que aún se le tenía cierto respeto: el televisor. La imagen del astronauta, fogoneada a conciencia y con millones en propaganda por las potencias de entonces -EE.UU. y la URSS-, pasó a ser ser el arquetipo del hombre del futuro, el valiente y aventurado conquistador del espacio, capaz de zapatear el suelo de la Luna y comerse crudo a cualquier género de marciano.
Si algo caracterizaba al flamante héroe era la relación inquebrantable que lo unía con la Ciencia, así con mayúsculas. Eso le otorgaba dos dimensiones desconocidas para bucaneros, cowboys y corredores de autos: la sabiduría y la ética al servicio de ese conocimiento prodigioso, paradójicamente más cercano a la magia que a la razón.
Pero respiramos en la góndola de los productos más perecederos y todo tiende a romperse y evaporarse: hace unos días la NASA debió reconocer en un documento que al menos en dos misiones sendos astronautas habían tripulado sus naves en completo estado de ebriedad. Lo que se dice mamados. Y que esos eran los casos comprobados pero temían que se tratara de la punta de un iceberg: en la rigurosa cuarentena a la que se los somete antes de partir en sus riesgosas travesías a nadie se le ocurrió en 45 años del organismo incluir la veda alcohólica. Tampoco, revisiones periódicas del estado mental de los intrépidos.
Que las cosas no andaban bien con aquellos que le han visto la cara al infinito y a la Tierra desde arriba, se sabía. La NASA se ocupó prolijamente de ocultar muchas vidas después de la experiencia espacial, que terminaron en extrañas místicas, no pocas veces acompañadas por el uso de sustancias legales y de las otras. Para los rusos fue más fácil aún: igual, todo estaba prohibido.
Pero en febrero de este año el mito sufrió un golpe letal. Fue cuando la astronauta Lisa Nowak (43 años, casada, tres hijos), que hacía unos meses había saludado sonriente desde la plataforma de lanzamiento del Discovery, viajó en auto sin parar 1.600 kilómetros, munida de una pistola y un cuchillo, para terminar rociando con gas pimienta a una colega, la capitán Shimpman, (30 años). ¿El motivo? Compartían al cosmonauta William Oefelein (41 años, casado, dos hijos) de cuerpo y alma.
Demasiado humanos para quienes eran exhibidos como sobrehumanos, vaya y pase.
Pero, ahora, ¡encima, curdas! Los mitos no son de acero.
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