La muerte del cóndor
Por Rómulo López Sabando
El Expreso de Guayaquil
Lo leí en la biblioteca municipal, cuando tenía 15 años. Ha poco, Tomas Rivas, editor de “Colecciones Ariel”, me regaló “La muerte del cóndor” (1924) de José María Vargas-Vila (colombiano). El ágil y convulsivo libro, que canta al héroe liberal Eloy Alfaro (1842-1912), electrizó mi espíritu. Fue masacrado por una turba asalariada dirigida por Cevallos, jefe de la cochera presidencial, en acto horrendo que Alfredo Pareja denominó “La Hoguera bárbara”. Lo arrastran por las calles de Quito y queman su cadáver en el Ejido. Acusa de autores intelectuales a los ex presidentes Leonidas Plaza, Lizardo García, Emilio Estrada, los encargados Carlos Freire Zaldumbide, Carlos R. Tobar, al clero católico, al arzobispo Federico González Suárez, los dominicos de Quito, al ministro de Gobierno Octavio Díaz, al ministro de Guerra, general Juan Francisco Navarro, al cuñado de Plaza, Juan Manuel Lazo, y a otros que traicionaron a Alfaro.
“La marea zarrapastrosa, se dirige contra el Panóptico. Los soldados simulan resistir. Los pretorianos se fingen vencidos. Ya lo estaban, por el oro clerical y la orden de sus amos. El Gran Anciano, surge erecto en toda su talla. Los brazos, cruzados sobre el pecho, mira los asesinos con aquella mirada terrible, que los hizo temblar tantas veces y los apostrofa ¿Qué queréis?, les dice. Mataros viejo Eloy, le responde un soldado del Marañón y apunta su rifle. Cobardes, dice el héroe. El traidor dispara y el Libertador cae”. Abolió la pena de muerte. Estableció la igualdad ante la Ley, la libertad de cultos y de pensamiento, la enseñanza laica, el matrimonio civil y el divorcio como derechos propios. Creó el Registro Civil y de nacimientos. Separó la Iglesia del Estado. Expulsó a misioneros jesuitas. Terminó el poder político de “los curas”.
Sus bienes fueron transferidos a la beneficencia pública, para casas de menores, hospitales y asilos de ancianos. Confiscó los “Bienes de Manos Muertas” (herencias, legados y capellanías, obras pías testamentarias, donaciones de capital o tierras, que moribundos millonarios hacían para celebrar misas por el descanso del alma). Para evitar el infierno, los confesores ofrecían el cielo a los donantes. La Iglesia, terrateniente y dueña de financieras, heredaba dinero por misas (indulgencias) por la salvación del alma y asegurar el bienestar en el “más allá”, y el de su familia y amigos en el “más acá”. Redujo las rentas eclesiásticas. Suprimió impuestos que sustituyeron al diezmo. Los cementerios, antes en poder de la Iglesia, pasan al Estado pues no se podía sepultar a los de otra religión o a los extranjeros en “suelo sagrado”. Empresario exitoso. Exportó sombreros de paja toquilla (Panamá Hat). Su fortuna personal y familiar financió la revolución liberal.
Criticó a empresarios mercantilistas. “Los hombres indiferentes a la desventura de la nación, aunque sean privadamente laboriosos, son los auxiliares inconscientes de las desgracias y corrupción de los pueblos”, dijo. Padre ejemplar, magnánimo en su accionar y generoso con los desvalidos. Autodidacta, estudioso, contador, militar, visionario, valeroso, indomable y rebelde. Negó la renegociación de la deuda externa. Modernizó al Ejército. Mejoró la recaudación fiscal. Eliminó impuestos contra los indígenas. Incorporó a la mujer a la vida pública. Derrotado mil veces, rompió con el pasado e impuso el liberalismo. Cambió el país.
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