Razones de la paradoja
Por Bernardo Ezequiel Koremblit
La Prensa, Buenos Aires
No es una expresión humorística decir que el transcurso del tiempo es lo que evita que las cosas sucedan al mismo tiempo. Sucederían y se atropellarían unas encima de otras si el apresurado y activo Cronos permaneciera pasivo como un faraón acostado entre los siglos.
Las cosas -me permito acudir a una locución popular- quedarían como si tal cosa si el tiempo no las dejara pelearse y pugnar por conseguir el primer lugar en la carrera, en la competición por la meta que cada una quiere para sí. A tal extremo, que el hombre, que también es una cosa, dicho en sentido ontológico, no sabe lo que quiere y, aun ignorándolo, está dispuesto a atravesar las lenguas de fuego del infierno por conseguirlo.
Hay diez mil ochenta minutos en una semana, o ciento sesenta y ocho horas (si no se quiere pormenorizar tanto): ésa es la riqueza del hombre en tiempo: cómo lo gastemos ya es asunto nuestro. Y no importa en qué lo usemos: nunca tendremos más de 10.080 minutos o 168 horas por semana para gastarlo bien o malgastarlo. Cada día con su afán y cada afán para las instancias de la existencia.
Un muy prolijo y minucioso historiador inglés, llamado Clive Hastings, en la actualidad desconocido pero en su época respetado por la objetividad de sus juicios y la anotación imparcial que hacía de la actividad humana ocurrida en tiempos pasados, esto es la Historia, no atravesaba los claustros del College, donde tenía su prestigiosa cátedra, sin encontrarse con su cofrade el profesor David Sensor y disentir con las opiniones de su empecinado contradictor.
El riguroso Hastings sostenía que los enemistados sajones y normandos se habían unido no tanto para conseguir del poder real la Carta Magna de 1512 como para que normandos y sajones cesaran con las antiquísimas disputas que los tenían enfrentados y afrentados, aunque de ese armisticio derivara un beneficio para Gran Bretaña…
Si me hubiera sido dado ser también yo teacher en el mismo colegio que lo eran Sensor y Hastings, los habría invitado a tomar un cup of tea with scones a las cinco de la tarde, y les hubiese dicho con palabras que guardaran el mayor británico decoro: los normandos tenían por signo distintivo el de ser invasores, al punto que con una de sus violentas incursiones armadas conquistaron Inglaterra, conducidos por Guillermo el Conquistador (no podía tener otro apelativo); en tanto que los sajones eran individuos de un pueblo germánico que en el siglo V se estableció en las Islas Británicas, y a quienes los caracterizaba una sola diferencia respecto de los normandos: que eran de su misma idiosincrasia (es posible y probable que de esta antinomia que consistía en una inexistente contradicción haya nacido la encantadora Paradoja, que, en la misma Inglaterra, ha llevado a la prodigiosa perfección el lúcido Chesterton y que en la Argentina haya sido aprovechada por uno que aquí escribió Coherencia de la paradoja).
Esto les habría dicho a los sempiternos discutidores Clive Hastings y David Sensor, y, puesto que, según es mi costumbre repetirlo, muy pronto se cree lo que mucho se desea, creo que ambos al unísono habrían reconocido, aceptándola, mi teoría basada en un hecho casi científico: que en esta tierra y en esta vida no hay seguridades para nada a cambio de lo cual hay oportunidades para todo. Ahora se ve por qué en el comienzo dije que las cosas y las ideas se atropellan unas tras otras y pujan encimándose para ocupar el primer lugar en la carrera cuya meta es imponer el propio criterio.
Nadie es de su tiempo si habla el desconcertante lenguaje de la paradoja, y entonces quizás yo no lo sea del mío.
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