El refugiado

Por Cecilia Fernandez Taladriz y Daniel Birrell R
I
A riesgo de forzar el gesto necesitaba corroborar lo que hacía semanas maliciaba. Seguro y desfachatado entró a la cocina mientras Clara preparaba uno de sus aperitivos a puerta cerrada, para que no se pasaran los olores. Se saludaron con esa alegría que precede la buena comida y conversación que solo se perfeccionan a fuerza de repetirlas. Abrió el refrigerador y a sus espaldas ella repitió su letanía sin levantar la vista. “Toma lo que quieras”. Lo afirmó como la primera vez, cuando él se la quedó mirando antes de abrir esa heladera que prometía aliviar su forzosa austeridad. Sostuvo la puerta entreabierta más tiempo del necesario para asegurar su atención. Paseó su mano derecha sobre las cervezas y la detuvo para dejarla caer indolente, mientras constataba sin dirigirse a nadie en particular: no hay Coronas con este calor, lástima.
A los pocos días Clara lo invitó a un asado a mediodía. No queriendo arriesgar el aperitivo e ignorante de los usos locales fue el primero en llegar. “No hay almuerzo gratis” se dijo, mientras asumía el ineludible deber de acompañar a Luis en la parrilla. Aunque le resultaba obvio que estaba traicionando a la albiceleste se evidenció que Luis nunca cedería el puesto, donde hacía gala de la falta de sutileza y de ritmo propios de este lado de la cordillera. “Maltratan al pobre animal”, se dijo.
A cambio de probar recortes y chorizos y la tradicional provoleta que le sugirió a Clara, debía satisfacer la insaciable curiosidad de Luis. ¿Cómo es esto de ser argentino y emprendedor acá? ¿Cómo te tratan las mujeres? Con esos dos temas y sus infinitas derivaciones nunca faltó conversación, “como si un divorciado y emprendedor, pero compatriota, hiciera toda la diferencia,”, pensó.
Sobre una mesa de apoyo cerca del aperitivo, Clara había instalado un gran cubo de metal repleto de botellas y latas que flotaban en el hielo. Sumergió la mano mientras buscaba con la mirada el abridor para su Corona. ¿Podré obtener algo que no sea de consumo en esta casa? Se propuso comentar el desastroso estado del radiador de su Toyota; “véndelo, gringo, acá los autos son más baratos” imaginó que le volverían a decir. Esperaría a que Marcelo se les uniera, con él resultaba espontáneo hablar de mecánica. Porque para el resto, se sonrió al recordarlo, no existían autos con más de cinco años de uso.
II
Sobre la plataforma donde más tarde tocaría la banda, al ritmo contagioso de We can Dance que sonaba a todo volumen ingresaron el Rey Inti y Aclla, la sacerdotisa del sol. Así los anunció Marcelo, que haciéndose del micrófono oficiaba de maestro de ceremonia y de corifeo de todos los amigos que bailaban y gritaban al pie del escenario. Inti, el dios sol revestido de una magnífica máscara ceremonial, reiniciaba el ciclo de la vida encarnado en el Rey Sol. Luis, el Inca todopoderoso, de pronto había comprendido que era Rey, que para esto había nacido, y que su oficio era grande, noble y delicioso porque se sentía capaz de ejecutarlo a la perfección. Comenzaba así un nuevo año con el rostro oculto y exhibiendo su inconfundible barriga que meneaba al son de sus desacompasados movimientos.
A cara lavada Aclla vaporosa danzaba en perfecto ritmo ochentero alrededor del Sol. Tomando un cuchillo de obsidiana de la mesa que ahora oficiaba de altar, gritó pidiendo una víctima a su pueblo. Por supuesto fue Marcelo quien la interpretó porque no se oía nada, mientras en su frenesí enloquecido Inti arrancaba un imaginario corazón. Los ojos azules de la sacerdotisa pesquisaban al Gringo entre los amigos, quien ―con un mal pálpito― se había ocultado detrás del tulipero.
Gustav había arribado esa mañana. De un tirón se sacó la camisa de lino y dando un salto subió al escenario dispuesto a oficiar de víctima. Inti desapareció con la máscara que quedó tirada en el suelo, dejando paso a Luis que ahora saludaba incómodo a su antiguo compañero del internado, el único que lo invitó a pasar un fin de semana largo en la casa de sus padres en el lago de Como. Su viejo amigo había desenmascarado a Inti, que no pasaba de ser un dios tribal sudamericano, y rememoró que no siempre fue Rey. Que por años su padre lo mantuvo a una distancia amable, mientras su madre oficiaba para abrir esporádicamente los cielos y dejar pasar los rayos del sol.
Más tarde comenzó a tocar la banda y ya repuesto de sus escalofríos ceremoniales el Gringo sacó a bailar a Kika. Con fría ira inmóvil a un costado de la pista, cuando sus miradas se cruzaron cayó en la cuenta que había malogrado el guion cuidadosamente ejecutado por Clara. Imaginó que cancelarían la visa que le permitía libre entrada a esta casa, su refugio en la sucesión de estrecheces y de formas de trabajar que no terminaba de asimilar. Entonces ya no tendría sentido seguir luchando en este país que se le antojaba hipócritamente amable y de habla taimada y sigilosa. “En todo lo otro puedo equivocarme, pero con ella no”, pensó, mientras maquinaba la justificación de su repentina ausencia.
III
“No es verdad, se llevaba muy mal con su suegra”, corrigió Roberta. “Sin embargo, lo de Clara y el papá de Luis fue amor a primera vista. Compartían el gusto por el buen cine y la conversación chispeante, y como es buena anfitriona él se convirtió en una presencia habitual en todas las celebraciones. Desde que enfermó se han reconciliado, pero cuando se casaron su suegra sintió que le arrebataron el amor del hijo. Creo que Luis se emancipó porque ya no la necesitaba, a ver si me explico, para lo que a él de verdad lo obsesionaba que era esa distancia afectiva con su papá.”
“Ah, mira, ya quisiera yo la relación de Clara con su suegra”, respondió riéndose.
―Es porque ya se nos olvidó el extremo al que llegaron. Creo que Clara pensó seriamente volver a su antiguo trabajo en Buenos Aires y dejar a Luis plantado con su querida mamá toda para él en este país sin horizonte, como le gusta decir. Muchos no apostábamos por su matrimonio, pero ya sabes cómo es esto, una se calla porque es como opinar de la serie cuando te has saltado algunos capítulos. Clara pasó de anfitriona a enfermera del suegrísimo y a poco andar las aguas se calmaron, lo que se hizo evidente cuando Luis le regaló la esclava maravillosa. Por fin pudieron respirar en esa relación imposible y bueno, desde entonces él se volvió el centro de la fiesta. ¿Sabías que lo llaman “el gran Gatsby”? Nadie hace fiestas como Clara, con grupo electrógeno para la banda. Podría poner una agencia de espectáculos, le iría increíble, concluyó mientras apagaba la colilla.
“Es que en su agencia hay un solo cliente que roba toda su atención. ¡Luis es agotador!” dijo riendo.
IV
Pronto aprendió que debía guardar el pudor. Una cosa es hablar de los problemas que todos los emprendedores enfrentan, sobre todo en un lugar ajeno, y otra muy distinta mostrar el desamparo del náufrago rescatado de las aguas. Lo que siempre evadía es lo que llamaba las preguntas que duelen, y que no sabía responder. ¿Por qué se vio obligado a huir, ya sin lazos afectivos y sin una red de protección? No era una cuestión económica porque no se encontraba solo en ese aspecto. Tantos compatriotas se acostumbraron a solidarizar y compartir con poco y sin necesidad de disimular sus cuitas, su ruina e impotencia frente a la AFIP y la maraña de regulaciones que asfixiaron toda iniciativa que fuera más o menos legal. ¿Por qué una mañana despertó y se encontró con la cama vacía? Ella desapareció con su hija, y eso no era tan infrecuente en su medio cuando las cuentas se acumulaban impagas y en la heladera quedaba medio limón reseco. Pero él no las buscó, no tuvo fuerzas para hacerlo.
La única vez que cayó en la trampa fue con el abogado ese, el partner de Luis. Lo interrogó como sabe hacerlo un litigante. Cuan reportero en un campamento de refugiados, sintió que quería capturar la instantánea de quien encarna el cansancio sin salida, pero sin bajarse del Audi con aire acondicionado que sigue su curso para luego descender allá lejos, al otro lado de la alambrada, donde exhibiría satisfecho la imagen obtenida para impresionar la sensibilidad de sus mujeres. Lo odió, se indignó por caer en su trampa. “Llevás la vida blanda y resuelta de quien siente algo eléctrico en la observación de la miseria y desesperación que no te toca”, le dijo. El ruido de la fiesta y el dolor de espaldas que lo postraba lo obligaron a desaparecer. Despertó de madrugada e imaginó el chisme mal intencionado que se deslizaría más tarde en el Green del hoyo 3, el de la laguna, donde se sellaría su suerte.
Por un tiempo esperó que Clara le mostrara su comprensión y empatía. Pero nadie dijo nada y de vez en cuando volvió a cruzarse con el litigante, siempre cordialmente interesado en su emprendimiento. Esa falta de ondas en el agua lo convenció que su reproche fue una piedra que arrojó muy lejos del blanco, o que dio en el entrecejo, le resultó imposible saberlo. Como fuera, sintió la impotencia de no saber interpretar los códigos de este país tan cercano y distinto. “Mejor no le doy más vueltas para no terminar de esfumarme en este silencio de indiferencia.”
V
“La mayoría entiende el paisajismo como disponer algunos árboles y plantas en un orden armónico en el perímetro de un rectángulo cubierto de pasto y con pileta”, afirmó con convicción.
―Está bien, Gringo, pero esa insistencia tuya en crear lomas te limita el mercado. Esto no es San Martín, tienes que adaptarte.
―Y no sé, siendo más de lo mismo no me distingo. Ya verás cómo se les pasa la manía, bastaría con que algunos amigos tuyos se entusiasmaran. Este jardín le ha quedado increíble a Clara con esas lomas que hizo a pulso.
“Mejor no hablemos de eso”, respondió molesto. “Pero dime, lo de las lomas, ¿no será el hartazgo de la provincia, con sus planicies infinitas y perfectas? Porque acá no nos alcanza ni para una cancha de polo sin necesidad de nivelar. Con tanto cerro los turistas se nos pierden, creen que el Manquehue es la cordillera y terminan en cualquier lado”, dijo recordando algún episodio.
―Mirá, en las lomas hay más guita, no es solo instalar el riego, Luis.
―¡Qué porfiado eres! Hazme caso, conozco a mi gente y puedo ayudarte a ganar plata, a hacerte un nombre, especialmente ahora que están haciendo tantas casas en la costa. Olvídate de tus lomas.
―Si pudiera contar con toda la maquinaria sería imbatible. No hacen más porque mover tierra es muy caro. Estoy seguro que con la inversión que me falta esto despegaría.
Clara, que había permanecido silente en el umbral, observó la incomodidad de Luis y no lo dejó terminar. “Ya llegaron, es tiempo de pasar a la terraza. Kika está de vuelta Gringuito, a ver si atinas”, le espetó guiñando un ojo.
VI
Era insólito verla sentada en la terraza mientras Kika y Marcelo traían bandejas y servían el pisco sour. Observó la rigidez de su postura y los almohadones a su espalda, y preocupado se sentó a su lado. “¿Qué te pasó Clara? Tienes cara de haber estado todo el día al sol y te noto algo rígida, por favor no me digas que te dio con adueñarte de la loma. Mandé a Fausto y la cuadrilla para que te alivianaran el trabajo. Decime que no has estado paleando.”
Sonriendo con cara de niña que han atrapado en alguna travesura, le explicó que Fausto y su gente eran muy serviciales pero no sabían interpretarla. “Mejor hago yo sola algunas cosas, Gringuito, ya sabes cómo es cuando quieres que algo quede perfecto.”
―A Luis no le va a gustar, por favor dile que te mandé a mi gente.
“No imaginas cómo es cuando se aísla y no me habla. Si no tiene gente alrededor puede ser insoportable. Quiere saber todo lo que hago, me llama tres veces al día. A veces echo de menos mi vida en Buenos Aires, donde vivía con lo justo pero nadie me controlaba. ¿Sabías que desde que vienes seguido está más relajado? Siempre se desvivió por darle en el gusto a su papá y cuando volvió de Europa se unió a la empresa como un empleado más, sin pedir privilegios. El dice que detesta trabajar para conseguir la aprobación del resto porque se siente usado, pero si no tiene a quien dar cuenta toma el papel de su padre y se vuelve un controlador insufrible.” Acomodándose como pudo, se dispuso a compartir sus temores con quien sabía era el único que la escucharía sin interrupciones que relativizaran su dolor.
Se concentró en retener los detalles del relato de quien era dueña de su tiempo. No podía dejar que se agotara el agua de este pozo, de modo que en cuanto se insinuaba una pausa hacía breves comentarios o preguntas. Sabía que si permitía una laguna de silencio se vería obligado a confesarle de una buena vez que era incapaz de darle a Kika la estabilidad que su marido le robó. “Mejor me dedico a escucharla y a pelearle pavadas”, se dijo.
VII
Lo de Eguiguren surgió en la fiesta de cumpleaños. Se había hecho cierta fama como diseñador de canchas de golf en la costa oeste de EEUU, donde combinaba el recurso escaso de un handicap envidiable con la habilidad más frecuentada de paisajista. De visita en Chile, buscaba crear un equipo para participar en diversos proyectos que comenzaban a surgir. Tantas canchas diseñadas en los años 50 necesitaban modernizarse, ahora que el golf surgía como motor de desarrollo inmobiliario en tantos lugares. “Vente a San Diego conmigo, Gringo. Con tu experiencia en un mes te dejamos experto en la construcción de greens, porque para el resto no necesitas ayuda” le dijo, recordando el fastidio con que Luis le había comentado sobre la especialidad en lomajes de este amigo de Clara.
No había pasado un mes cuando Kika llamó a Clara desconsolada. Se había escapado por una semana a San Diego pensando alegrar al Gringo, y después de mostrarle la cancha que estaban interviniendo, la invitó al bar del clubhouse donde le dijo sin rodeos que se había enredado con una asistente de la oficina de paisajismo, una chica joven experta en sistemas de drenaje. “¿Por qué tuvo que largarle semejante crueldad?”, pensó Clara. “Bastaba con decir que estaba en otra etapa, inventarle un cuento, que no estaba preparado para darle lo que merecía. No era necesario humillarla.”
―Pero dime, Kika, ¿te dio señales antes de viajar que algo no andaba bien?
―Ya sabes cómo es, todo me pareció normal dentro de su modo lacónico.
―Te invito un café y llamo a Marcelo para que se nos una y nos comentes más. No puedes quedarte encerrada en tu casa.
VIII
―Con toda la confianza que teníamos mira cómo está Kika. Fue mi error presentar a dos personas tan vulnerables, y parecía una buena idea por eso mismo.
―Es lógico que te sientas traicionada porque el Gringo te habló de muchas cosas, Clarita, pero se guardó lo importante.
Aunque sabía que no daba en el clavo, haciendo una mueca le concedió el punto. “Se avecina un nuevo ciclo de control odioso, y no sé cuánto más resistiremos” pensó, pero prefirió seguirle la corriente.
―¿Crees que volverá a ser como antes?
“Ya no nos necesita, y tampoco creo que pueda explicarnos lo que hizo con tu amiga,” afirmó convencido. La ausencia de matices gravitó sobre su cabeza inclinada, su vista perdida en alguna baldosa, sus labios apretados.
La observó un instante para luego enderezarse con renovada energía sobre el borde del sillón, mientras buscaba en el bolsillo de su chaqueta. “Convertiré tus cenizas en diadema, dijo el profeta. Cierra los ojos.” Y depositó en su mano un anillo de brillantes que la deslumbraron esa tarde en que todo parecía acabarse.
“No más fiestas, Luis. En la costa el sol de la tarde brilla sin sofocar. Escapemos también de aquí, es tiempo que aprendamos a vivir juntos. Podrás jugar golf ahora que van a remodelar la cancha”, le dijo sonriendo con ironía. “Ver el ocaso del sol que se funde en el mar y observar el rayo verde. Despertar escuchando respirar el oleaje y la brisa que lo invade todo, devolviéndote la vida. Acostumbrémonos a los ritmos marinos, a la buena o mala mar y a las vedas. Hagamos un jardín que se alimente de la camanchaca, rico en aloes que nos alivien las quemaduras. Luis, ya no quiero más fiestas. Refugiémonos en el norte, lejos de este bullicio. Recibiremos amigos de dos en dos. Caminaremos por la playa interminable. Prometo inventar historias, como Sherezade, que te contaré en el crepúsculo, cuando se haya apagado el fuego y aticemos las brasas del rescoldo.”
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