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Lo que los Estados Unidos pueden aprender de Hong Kong, e incluso de Mauricio
Lawrence J. McQuillan, Lauren Tcheau

Los Estados Unidos ocupan ahora el puesto 11 en materia de libertad económica, según el nuevo Informe anual de Libertad Económica en el Mundo 2017 publicado por el Instituto Fraser de Canadá. La investigación proporciona lecciones importantes sobre el “nacionalismo económico”, el cual ha vuelto a surgir como una fuerza populista tanto en los Estados Unidos como en otras partes del planeta.

Hong Kong y Singapur son, una vez más los más libres económicamente hablando, seguidos por Nueva Zelandia, Suiza, Irlanda, el Reino Unido, Mauricio, Georgia, Australia y Estonia. Los Estados Unidos se encuentran empatados con Canadá.

Venezuela, el descalabro socialista de Sudamérica, ocupa el último puesto debido a años de desmanejo monetario y corrupción política.

El informe mide el nivel de libertad económica en 159 países mediante la recopilación de datos específicos de cada país sobre 42 variables en cinco grandes categorías: (1) el tamaño del gobierno, por ejemplo, impuestos y gastos; (2) estructura jurídica y seguridad de los derechos de propiedad; (3) acceso a una moneda sana; (4) libertad para comerciar internacionalmente; y (5) regulación del crédito, el trabajo y las empresas.

Una ubicación en el puesto 11 puede no sonar tan mal, pero los Estados Unidos alguna vez clasificaron segundos. ¿Qué pasó entonces?

Esta caída en la libertad económica ha perjudicado a la economía estadounidense mediante heridas auto infligidas, como regulaciones innecesariamente gravosas, un gasto gubernamental indisciplinado y una imprudente creación de dinero tras la Gran Recesión. Estas políticas fueron impuestas por el gobierno estadounidense, no por China o alguna potencia extranjera. Sin embargo, los nacionalistas económicos han venido culpando a otros países por la deslucida economía de los Estados Unidos.

El ex estratega en jefe de la Casa Blanca, Steve Bannon dijo al Hollywood Reporter, “Los globalistas destriparon a la clase tarbajadora estadounidense y crearon una clase media en Asia”. “La guerra económica con China es todo”, declaró a The American Prospect. “Si seguimos perdiéndola, estamos a cinco años de distancia, creo, diez años como máximo, de impactar contra un punto de inflexión desde el cual nunca podremos recuperarnos”.

El razonamiento de suma cero de Bannon no está respaldado por la evidencia.

Los países asiáticos que clasifican en lo más alto, aumentaron su nivel de vida aprendiendo del ejemplo de unos Estados Unidos más jóvenes, cuyo gobierno no irrumpía en cada aspectos de la vida comercial.

Hong Kong y Singapur, por ejemplo, antiguas colonias británicas industrializadas a través del intercambio comercial, eran abrumadoramente pobres hace apenas 50 a 70 años. Pero ambos eligieron impuestos bajos, mercados laborales fluidos, un gasto público restringido, bajo endeudamiento y un comercio mundial abierto. Y ambos se convirtieron rápidamente en líderes económicos.

En contraste, los Estados Unidos se han movido constantemente en la dirección opuesta. Así que con respecto a la libertad económica, los estudiantes se han convertido en los maestros, y las lecciones son claras.

Los Estados Unidos no pueden darse el lujo de retirarse al comercio “administrado por el gobierno” o, peor aún, al aislacionismo. En lugar de ello, deberían abrir sus mercados, poner fin a las políticas anticompetitivas y comprometer plenamente al mundo mediante un comercio mutuamente benéfico.

Hong Kong, Singapur, Nueva Zelandia y Suiza—los cuatro países con las economías más libres—superan o igualan a los Estados Unidos en un 83 por ciento de las categorías utilizadas para medir la libertad en el comercio, los mercados de capitales abiertos y el acceso al dinero sano. Sencillamente, los países más libres tienen mejores políticas económicas.

La lección: Los Estados Unidos deben tornarse más abiertos, no más cerrados, a efectos de competir internacionalmente y prosperar.

El análisis estadístico en el informe de la libertad también encontró que “el surgimiento del populismo nativista anti-inmigrante” no es el resultado de la inseguridad económica debido a la globalización. Más bien, el sentimiento anti-inmigrante se encuentra primariamente impulsado por altos niveles de gasto en materia de bienestar social e impuestos, los cuales reducen la libertad económica y enfrentan a los distintos grupos entre sí.

Las políticas estatistas alimentan los sentimientos anti-inmigrante y anti-globalismo y el hecho de evocar chivos expiatorios no resolverá los problemas subyacentes de la política que tornan menos competitivos a los Estados Unidos. De hecho, nuevas barreras al comercio sólo harán a los Estados Unidos más pobres de nuevo.

Si los Estados Unidos desean restablecer su liderazgo económico global, precisan eliminar las políticas e instituciones anticompetitivas, y contrarrestar los sentimientos nacionalistas mediante la remoción de las barreras al libre intercambio de bienes, servicios y personas.

Traducido por Gabriel Gasave




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