In English

¿Qué hacer con Corea del Norte? Cuando menos es más
14/4/2017
Ivan Eland

Los estilos diametralmente opuestos del presidente Donald Trump y el secretario de Estado Rex Tillerson nunca han quedado más expuestos como recientemente respecto de Corea del Norte, que últimamente ha estado probando mucho sus armas nucleares y misiles. El ampuloso Trump ha expelido su bravuconería habitual, aseverando sin rodeos, "si China no va a resolver el problema de Corea del Norte, nosotros lo haremos. Eso es todo lo que voy a decir”.

En cambio, el taciturno comentario de Tillerson sobre la más reciente prueba de misiles de Corea del Norte fue igual de sucinta y contundente, pero mucho menos machista, "Corea del Norte ha lanzado aún otro misil balístico de alcance medio. Estados Unidos ha hablado lo suficiente sobre Corea del Norte. No tenemos más comentarios". Aunque ninguno de ellos cuenta con mucha experiencia en la diplomacia internacional, especialmente en situaciones delicadas como la planteada por Corea del Norte, el enfoque tranquilo de Tillerson es probable que resulte el más fructífero.

Aunque Kim Jong-un, el líder norcoreano, parece ser aún más mercurial y gustoso de llamar la atención que su contraparte estadounidense, la mejor manera de lidiar con él puede ser como cuando un niño tiene una rabieta—el hecho de ignorarlo le niega la atención que desesperadamente busca. Al principio, Kim probablemente intentará ser aún más repulsivo a fin de intentar recuperar la mirada de la superpotencia estadounidense y el mundo, pero luego eventualmente atenuará el comportamiento agresivo que no logre ese objetivo.

Seamos realistas, Corea del Norte desea jugar en el escenario mundial, pero no tiene mucho que ofrecer. La anacrónica y disfuncional economía comunista de Corea del Norte da como resultado que su gente se muera de hambre. Careciendo de reservas monetarias, su influencia diplomática y cultural alrededor del mundo es casi nula. Incluso las fuerzas militares convencionales de Corea del Norte son bastas pero anticuadas. Por lo tanto, todo lo que este patético país puede hacer para llamar la atención es lanzar misiles y efectuar pruebas nucleares u ocasionalmente blandir su oxidado sable con una esporádica agresividad militar convencional, como bombardear a las islas surcoreanas con artillería.

Sin embargo, la posibilidad de que Corea del Norte pudiese eventualmente acoplar una poderosa bomba de hidrógeno con un misil con un alcance que pudiese impactar a los Estados Unidos es muy real. De hecho, algunos expertos—incluido el Almirante James A. Winnefield, Jr. (Re), ex vicepresidente de la Jefatura de Estado Mayor Conjunto, y Michael J. Morell, ex subdirector de la CIA—sostienen que la política estadounidense de tratar de frenar los esfuerzos nucleares y misilísticos de Corea del Norte han fracasado y deberían ser abandonados. Incluso algunos de los principales asesores del presidente Trump se han preguntado si el objetivo de los Estados Unidos durante las administraciones anteriores de desarmar a Corea del Norte es factible en la actualidad.

China tiene apenas un incentivo limitado para presionar a Corea del Norte con sanciones económicas severas por su programa nuclear y de misiles, en virtud de que teme un flujo masivo de refugiados a través de la frontera si el régimen colapsa. Quizás igual de importante, China teme una repetición de lo acontecido en Europa después de concluida la Guerra Fría: Alemania Oriental fue unificada con la República Federal Alemania y la hostil alianza de la OTAN, incluida una Alemania unida, se extendió hasta las fronteras de Rusia. China no desea una potencia coreana unificada, aliada con los Estados Unidos, justo en su frontera.

Si China tiene tan sólo un incentivo limitado para presionar a Corea del Norte, Kim Jong-un carece de todo incentivo para deshacerse de lo único que hace que el mundo se preocupe por Corea del Norte. Sin embargo, este régimen paranoico no desea armas nucleares y misiles sólo para una bravuconada inútil. Kim, sin armas nucleares o misiles utilizables, teme que le acaezca el mismo destino ignominioso que padecieron Saddam Hussein, Slobodan Milosevic, Manuel Noriega y Muammar Gaddafi (por nombrar solo algunos), por carecer todos de armas nucleares.

El gobierno estadounidense tomó acciones militares que en última instancia derrocaron a todos ellos, incluido Gadafi, quien había abandonado sus programas de armas de destrucción masiva y se encontraba jugueteando con los Estados Unidos. Kim simplemente ha aprendido la misma lección como el general indio al que se le preguntó qué aprendió de la estadounidense Operación Tormenta del Desierto en 1991; su respuesta: conseguir armas nucleares. Así, la pasada política exterior estadounidense ha ayudado a dar forma a los incentivos de Corea del Norte y su algo renuente aliada China—desafortunadamente, no en el buen sentido.

Pero ahora estamos donde estamos. Los expertos en Corea del Norte, bastamente imbuidos también con la falsa promesa del intervencionismo estadounidense, finalmente están logrando ver lo que ha sido evidente durante mucho tiempo: Corea del Norte no va a avenirse. Así, la retórica machista del inexperto Donald Trump puede haberlo arrinconado a sí mismo. En su lugar, precisa seguir el ejemplo de su secretario de Estado y cancelar toda reacción oficial frente a las travesuras norcoreanas.

Contrariamente a la retórica del presidente Trump, los Estados Unidos poseen el mejor arsenal nuclear del planeta y éste es ciertamente muy superior y mucho más idóneo que cualquiera que la indigente Corea del Norte podría llegar a reunir alguna vez. El primer objetivo de todo dictador es el de mantenerse vivo y en el poder—y no puede hacerlo si su país ha sido borrado del mapa por una fuerza nuclear superior. Así, la disuasión nuclear funcionó para los Estados Unidos durante la Guerra Fría contra la Unión Soviética y China comunista pertrechadas con armas nucleares mucho más potentes, y probablemente funcionará incluso contra un “loco como un zorro” como Kim Jong-un. En vez de negociaciones ineficaces, sobornos, sanciones, sabotajes y amenazas, que le otorgan a los norcoreanos toda la atención que pudiesen pedir, una tranquila disuasión debería haber sido la política de los Estados Unidos a lo largo del tiempo. Tillerson puede ser que llegue a entender el famoso dicho de Teddy Roosevelt, “habla suavemente, pero lleva un gran garrote”, pero no el furibundo Trump.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




  • MyGovCost.org
  • FDAReview.org
  • OnPower.org
  • elindependent.org