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Las políticas públicas del Señor Meathead
6/1/2000
William F. Shughart II

Las segundas oportunidades son raras en la política, pero los votantes de California tienen una en vista el 7 de marzo. La Proposición Electoral 28 revocaría a la Proposición 10 de 1998, denominada en un estilo orwelliano Iniciativa para los Niños y la Familia, que aumentó el impuesto estadual al consumo de cigarrillos en 50 centavos por paquete a fin de financiar una variedad de bien intencionados programas del cuidado de la salud y educativos destinados a los alumnos de preescolar. Esa medida, mejor conocida como la iniciativa “Meathead y Moises,”* por los dos partidarios de alto perfil de la misma, Rob Reiner y Charlton Heston, fue aprobada por cerca de 80.000 votos, un margen de menos del uno por ciento del total de los votos emitidos.

Los profesionales estaduales del cuidado de la salud, del área educativa y de las relaciones públicas están comprensiblemente atónitos: si la Proposición 28 es aprobada, pueden perder una mina de oro financiera estimada en los $680 millones por año la cual, afirman, es críticamente necesaria para prevenir costosos y trágicos problemas de salud, tales como los nacimientos prematuros relacionados con el hábito de fumar y el síndrome de muerte súbita infantil. Sin embargo, si la experiencia con la Proposición 99-la iniciativa del año 1987 que triplicó el impuesto estadual al consumo de 10 a 30 centavos por paquete-sirve de alguna guía, el botín será gastado en actividades mucho más dudosas, en su mayoría en las que beneficien a los propios profesionales.

Los argumentos propuestos por quienes se oponen a la Proposición 28 descansan sobre el mismo razonamiento defectuoso que produjo el acuerdo por $248 mil millones (billones en inglés) de las compañías tabacaleras con los estados hace poco más de un año atrás: la noción de que los fumadores imponen costos sobre los demás los que, en aras de la equidad, debería exigírseles que compensen. Haciendo a un lado por un momento el hecho de que lo mismo podría decirse de las personas que consumen “demasiada” grasa o “demasiado” azúcar, ¿no deberían los fumadores pagar por su actitud? Por su puesto que si—y lo hacen. En verdad, ya están más que pagando por su comportamiento.

Muchos asumen que los fumadores exigen más atención de la salud que los no-fumadores. Pero, paren las rotativas: todos nos enfermamos, tenemos gastos médicos, y eventualmente morimos, ya sea que fumemos o no. Por lo tanto, mientras que el fumar puede afectar el momento en que se producen los gastos por la atención médica, no se deduce que las cuentas en concepto de gastos médicos a lo largo de la vida de los fumadores sean mayores que aquellos de los no-fumadores. De hecho, lo opuesto es más probable que sea lo que ocurre. Si los no-fumadores viven más que los fumadores, entonces serán ellos quienes tendrán los mayores costos del cuidado de la salud a lo largo de su existencia y serán ellos quienes incurrirán en la mayoría de sus gastos médicos después de los 65 años de edad, cuando califiquen para los subsidios financiados por los contribuyentes a través del Medicare. El reconocimiento de este simple punto nos lleva a la conclusión de que los costos de la atención médica de la nación se incrementarían si todos dejasen de fumar.

Debido a que no viven tanto, los fumadores también reciben menos beneficios de la Seguridad Social que los no-fumadores. Eso representa un ahorro para el gobierno federal y es otro subsidio para los contribuyentes que no fuman. Mientras que puede parecer diabólico sostener que los contribuyentes se benefician con la circunstancia de que los fumadores mueren antes de calificar para el Medicare o antes de recibir la totalidad de sus beneficios de la Seguridad Social, los defensores de impuestos más altos sobre los fumadores a fin de sufragar los costos del tratamiento de las afecciones relacionadas con el tabaco, no pueden siempre tener razón. Si los críticos de la industria tabacalera desean basar su causa en la menor expectativa de vida de los fumadores, deben reconocer también los subsidios que las vidas más breves suponen.

La cruda verdad, según el semanario The Economist, es la de que los fumadores en su mayoría mueren en la proximidad del fin de los años productivos de sus vidas, después de haber efectuado sus contribuciones completas a los esquemas de atención de la salud y de pensiones financiados públicamente. Pero el tabaco los mata antes de que vivan lo suficiente como para colocar una carga demasiado gravosa sobre esos esquemas. El resultado: “fumar es bueno para sus gastos en salud.”

En lugar de ser un drenaje sobre los presupuestos federal y estadual, los fumadores son contribuyentes netos. Jane Gravelle del no partidista Congressional Research Service, estima que los fumadores adicionan casi $35 mil millones (billones en inglés) a los cofres del gobierno federal cada año bajo la forma de los impuestos sobre los cigarrillos que pagan actualmente, y de los reducidos reclamos que efectúan contra los programas de atención de la salud y de la Seguridad Social financiados por los contribuyentes. Basándose en las alícuotas impositivas previas a la Preposición 10, el economista de la Harvard Law School Kip Viscusi, calcula que los fumadores de California subsidian al estado en unos 18 centavos por cada paquete de cigarrillos que adquieren. Y, merece ser enfatizado, estas contribuciones son realizadas primariamente por individuos de ingresos bajos y medios: familias que ganan menos de $30.000 al año pagan un asombroso 43 por ciento de todos los impuestos al tabaco.

Los fumadores han ya visto elevarse al precio de un atado de cigarrillos en casi un $1 desde 1997, mayormente como resultado de incrementos en los impuestos estaduales al consumo y al denominado impuesto del acuerdo—el traslado de los costos del acuerdo entre las compañías tabacaleras y los procuradores generales de los estados. El impuesto federal al consumo sobre los cigarrillos se incrementó en 10 centavos este año y subirá otros cinco centavos de dólar en el año 2002.

Ya es suficiente. Los gobiernos federal y estadual recaudan cada año miles de millones (billones en inglés) en concepto de impuestos de parte de los fumadores y ahorran millones en pagos del Medicare y de la Seguridad Social. El hecho de fumar no le impone costo alguno a los contribuyentes de la nación que quede sin ser compensado. El argumento de que los 50 centavos de la Proposición 10 son necesarios para recuperar dichos costos se encuentra simplemente equivocado. “Meathead y Moisés” debería ser visto como lo que es: un arrebato de dinero oportunista a un grupo de contribuyentes políticamente vulnerable.

*Nota del Traductor:
Se refiere al personaje de Michael ''''''''Meathead'''''''' Stivic que el actor Rob Reiner interpretara entre 1971 y 1978 en la serie de televisión “All in the Family” y a la personificación de Moisés que realizara Charlton Heston en la película “Los Diez Mandamientos” de 1956.

Traducido Gabriel Gasave


William F. Shughart II es Director de Investigaciones e Investigador Asociado Senior en the Independent Institute, J. Fish Smith Professor in Public Choice en el Jon M. Huntsman School de Business en Utah State University, dirigió Taxing Choice: The Predatory Politics of Fiscal Discrimination (Transaction, 1997) y The Economics of Budget Deficits (Edward Elgar, 2002).




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