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Las armas y la economía
11/2/2003
Pierre Lemieux

En 1998, la nueva legislación canadiense sobre el control de armas comenzó a tener fuerza. El término “fuerza” no es figurativo. Desde enero de 2001, cientos de miles de canadienses se han convertido en criminales de papel debido a que no obtuvieron la renovable y revocable licencia de armas requerida para poseer escopetas de caza. Desde el 1 de enero de 2003, cientos de miles más, quizás millones, han sido tratados como criminales porque desatendieron, o rehusaron, cumplir los pasos para registrar todas sus armas. Unos pocos reluctantes han sido ya arrestados.

El Auditor General reveló recientemente que el registro de armas y de propietarios de armas ha costado hasta la fecha casi mil millones de dólares canadienses, y el conteo prosigue. Las ventas de licencias de caza están cayendo, las armerías y los polígonos de tiro están cerrando. Pero éstas no son las razones principales por las cuales los economistas están, o deberían estar, interesados en los controles de armas. La razón principal es que la economía es la ciencia (o, al menos, la disciplina) de la elección y de las consecuencias sociales.

Los armas son una característica esencial del estado. Desde el teórico político del Siglo 17 Thomas Hobbes hasta el economista contemporáneo Mancur Olson, la justificación económica estándar para el estado es la de que sus agentes armados pueden prevenir la violencia endémica, haciendo de esta manera posible a la prosperidad. Ya sea que a uno le guste el estado o no, una cosa es clara: un estado no sería un estado sin los agentes armados para intervenir en un cierto punto.

Pero la economía se encuentra interesada en las armas por razones relacionadas más directamente con la elección individual. Como cualquier otro bien económico, las armas son parte de las preferencias individuales. Algunos individuos desean armas y están dispuestos a pagar por ellas. Algo escaso que le brinda utilidad (la palabra técnica para la satisfacción o el placer) a, y que es elegido por, algunos individuos cae dentro del dominio de la economía. Los individuos pueden expresar una preferencia por el estado y sus agentes armados, pero estos individuos, u otros individuos, pueden también desear poseer armas privadas.

Desde un punto de vista económico (por oposición a uno moral), por qué un individuo desea armas no interesa. A él puede gustarle cazar, disparar, retintinear, coleccionar armas, estar pronto para defenderse, para meramente sentirse seguro, o lo que fuera. Las preferencias son subjetivas, varían entre los individuos, y no existen medios científicos para sopesar la utilidad de un individuo respecto de la de otro.

¿Qué ocurre con el criminal que desea un arma para robar o matar? ¿Sus preferencias también cuentan? La violencia es económicamente ineficiente porque la víctima pierde más de lo el agresor gana, según lo demostrado por David Friedman en su Price Theory (Teoría del Precio) (1). De esta manera, las preferencias de los criminales violentos no cuentan, y tenemos buenas razones económicas (además de morales) para desear mantener a las armas fuera de sus manos.

El problema es que no hay forma de mantener las armas fuera de las manos de los criminales sin impedir el acceso a las mismas de los individuos pacíficos. De hecho, el control de armas impone un costo más alto a los ciudadanos honestos que a los criminales, dado que los últimos ya poseen antecedentes penales y se están arriesgando a otras penas criminales de todos modos cuando utilizan las armas para cometer los crímenes. Obsérvese que el argumento económico completo tiene dos partes, cada una de las cuales es convenientemente omitida por los cruzados a favor y en contra de las armas: por un lado, el control de armas incrementa el costo de tener armas (incluyendo los precios del mercado negro) y, por lo tanto, evita que algunos criminales las obtengan; por otra parte, el control de armas eleva el costo para los ciudadanos honestos de protegerse con ellas. Si estos costos y estos beneficios pueden ser medidos y comparados de manera significativa seguirá siendo siempre una pregunta abierta, pero ambos lados del libro mayor tienen que ser reconocidos, que es en lo que el economista está interesado, y para lo cual se encuentra entrenado.

El trabajo More Guns, Less Crimes de John Lott ofrece mucha evidencia para la hipótesis de que el control de armas desalienta la autodefensa y que sus efectos disuasivos más que el mismo reduce la capacidad de los criminales de cometer crímenes. Los ataques (a menudo injustos) a los que Lott ha estado sujeto actualmente no cambian la importancia de su trabajo. Pero incluso si lo hicieran, sus críticos deben luchar con las muchas otras piezas de investigación que arriban a conclusiones similares.

Acerca de los críticos serios de Lott, como aquellos que publicaron trabajos en el Journal of Law and Economics, Don Kates, un académico de la Segunda Enmienda, dice: “Cuando efectuaron el estudio una vez más sin los mismos supuestos errores, o empleando diferentes, y supuestamente mejores técnicas estadísticas, alcanzaron las mismas conclusiones que Lott en cuanto al valor de liberalizar la portación encubierta.”

La evidencia anecdótica es fácil de obtener. Por ejemplo, tras casi un siglo de aferrar los controles de armas, y después de unos pocos años de prohibición total de las pistolas, el Reino Unido está ahora enfrentando incrementos dramáticos en los crímenes con armas (+35% solamente durante el pasado año) (2), y un creciente temor entre su población—incluyendo el miedo de denunciar a los criminales.

Ahora, incluso si la disponibilidad de armas para los criminales compensara los efectos disuasivos de sus víctimas potenciales, uno aún se preguntaría por qué el prohibirle a las víctimas defenderse a sí mismas debiera ser preferido al riesgo generalmente más alto de convertirse en una víctima. En cualquier escala, individuos diferentes pueden tener preferencias diferentes.

Existe otra razón por la cual los economistas deberían estar interesados en el derecho de conservar y de portar armas. Unos ciudadanos armados aumentan el riesgo y el costo para los potenciales tiranos y, manteniéndose igual las demás condiciones, disminuye la probabilidad de la tiranía. Esto explica porqué todos los regímenes totalitarios prohíben, o regulan estrictamente, la propiedad privada de las armas. (3) La teoría de la Elección Pública, si algo le ha enseñado a los economistas es a considerar al estado como es, no como el mismo debería ser en un mundo ideal: el estado como un potencial tirano, no como un Dios benevolente.

El autor de 1984, George Orwell, escribió hábilmente: “Ese rifle que cuelga en la pared del apartamento de la clase obrera o de la caseta del trabajador es el símbolo de la democracia. Es nuestra tarea prevenir que permanezca allí.”

1. Véase el Cap. 20 de la versión en Internet, en http://www.daviddfriedman.com/Academic/Price_Theory/PThy_ToC.html.

2.“Gun Crime Soars by 35%”, BBC News, en http://news.bbc.co.uk/1/hi/uk_politics/2640817.stm.

3. Véase a Daniel D. Polsby y Don B. Kates, “Of Holocausts and Gun Control,” Washington University Quarterly, Vol. 75, No. 3 (Otoño 1997); en http://law.wustl.edu/WULQ/75-3/753-4.html.

Traducido por Gabriel Gasave


Pierre Lemieux es co-director del Economics and Liberty Research Group en la University of Quebec en Outaouais y un Investigador Asociado en The Independent Institute en Oakland, California.




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