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El revolucionario reconocimiento del cristianismo de las mujeres como iguales
5/6/2015
David J. Theroux

El matrimonio ha sido universal a la civilización estando la mayor parte de las ceremonias matrimoniales relacionadas con la religión. Sin embargo, durante años, el matrimonio tradicional y la familia han sido objeto del ridículo secular, con la familia cada vez más politizada y socializada por las burocracias gubernamentales “progresistas”. El resultado ha sido una reducción sin precedentes de la familia en los Estados Unidos, produciendo crecientes tasas de nacimientos fuera del matrimonio, divorcios, delincuencia juvenil, abuso de sustancias y otras patologías. Esta tendencia, no obstante, puede ser revertida, dado que la narrativa progresista que la apuntala es infundada y fácilmente refutable.

El relato bíblico del matrimonio comienza con un hombre y una mujer: “Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios”. Y, “Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”. Jesús más adelante recordó a la humanidad estos antecedentes (Mateo 19:4-5, Marcos 10:6-8), y la historia cristiana es vista como culminando con la boda de Cristo con su contrayente, la Iglesia, de la cual derivan todas las discusiones cristianas del matrimonio.

En el cristianismo, el matrimonio es, por lo tanto, una unión sagrada del orden más elevado. Sin embargo, desde la Ilustración, el secularismo ha definido el matrimonio como una unión civil. Muchos académicos consideran el matrimonio tradicional como un patriarcado para dominar y oprimir a las mujeres, todo eso con el apoyo de los déspotas cristianos. Tal narrativa se basa en la teoría de que la humanidad primitiva era igualitaria, matrilineal y socialista, con relaciones sexuales comunitarias, a pesar de la base biológica y de parentesco del apareamiento heterosexual.

Sin embargo, durante miles de años en todo el mundo, una esposa era consideraba propiedad de un marido. En las antiguas comunidades judías, casi todos los adultos estaban casados. A los trece años, un hombre escogía una esposa con la que se comprometía y era considerado casado. El hombre dirigía la familia, con la esposa como su propiedad. En el mundo pagano greco-romano, el matrimonio estaba reservado a los ciudadanos, y una mujer compartía la posición de su esposo como madre de sus hijos, pero ella y la prole eran de él.

Mientras que el adulterio estaba prohibido para las mujeres, no existía obligación alguna de fidelidad para los hombres. Los hombres mayores podían obligar a contraer matrimonio a niñas pre-púberes y forzarlas a realizarse abortos, generalmente una muerte segura no sólo para el bebé sino también para la muchacha. Además, según el sociólogo e historiador Rodney Stark en su libro que resultara finalista al Premio Pulitzer The Rise of Christianity, el infanticidio era un lugar común, siendo las niñas bebe abandonadas de manera desproporcionada, lo que redundaba en “131 hombres por cada 100 mujeres en la ciudad de Roma, y 140 hombres por cada 100 mujeres en Italia, Asia Menor, y el norte de África”.

Sólo con la llegada del cristianismo cambió la condición de la mujer al ser impuestas obligaciones sobre los maridos. Como Stark ha demostrado, “los cristianos condenaron la promiscuidad en los hombres así como en las mujeres y acentuaron las obligaciones de los esposos para con las esposas, así como las de las esposas para con los maridos.... La simetría de la relación descripta por Pablo discrepaba totalmente no sólo con la cultura pagana sino también con la cultura judía”.

Stark demuestra que el cristianismo reconocía a las mujeres como iguales a los hombres, todos sagrados para Dios. Las esposas cristianas no se realizaban abortos (ni lo hacían las esposas judías), y los cristianos se opusieron el infanticidio, la poligamia, el incesto, el divorcio y el adulterio— todo en beneficio de las mujeres. Ya no más sirvientas de los hombres, las mujeres tenían dignidad, no eran compelidas a contraer matrimonio, y sirvieron como líderes en las comunidades cristianas de rápido crecimiento. Las mujeres cristianas se casaban a mayor edad que las paganas y en familias más seguras, tenían mejores matrimonios, no eran obligadas a volver a casarse si enviudaban, y se les brindaba asistencia cuando la precisaban. Stark señala la enseñanza de Pablo:

Pero en vista de tanta inmoralidad, cada hombre debe tener su propia esposa, y cada mujer su propio esposo.El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido. La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer.

Por lo tanto, la narrativa progresista sobre la cual descansan las políticas anti-familia contemporáneas, es falsa. Sólo a través del cristianismo las mujeres recibieron derechos matrimoniales plenos e igualdad de género en la fidelidad. La familia monógama privada ha servido a las necesidades humanas de amor y compañía, al bienestar económico y social y a la crianza de los hijos. El abandono de estas lecciones está en la raíz de la moderna decadencia de la familia, y el gobierno sólo puede socavar aún más los derechos y beneficios que han elevado las vidas de innumerables hombres, mujeres y niños a través del matrimonio de inspiración cristiana. Para restaurar la familia, los líderes cívicos y religiosos deben desafiar dicho disparate a fin de lograr la privatización y despolitización necesarias.

Traducido por Gabriel Gasave


David Theroux, Fundador, Presidente y Gerente General de Independent Institute.




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