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Ciencia estatal, verdad estatal
6/1/2000
Wendy McElroy

Cuando el Polar Lander de la NASA—programado para arribar en Marte el 3 de diciembre—desapareció, había un motivo para la esperanza. Tal vez la incompetencia de la ciencia financiada estatalmente finalmente se tornaría obvia.

Después de todo, el fracaso siguió a la pérdida de la NASA del Orbitador del Clima de Marte menos de tres meses antes. Para parafrasear el comentario hecho por uno de los personajes de Oscar Wilde a un hombre huérfano: “Perder a un progenitor es una desgracia. Perder a los dos es un golpe de descuido.” Esto es especialmente cierto cuando una de las sondas extraviadas se salió de curso debido a una falla humana al convertir algunas medidas en unidades métricas. Las dos sondas marcianas valían unos $327.5 millones acumulativos. En esto, eran baratas. La NASA no deseaba repetir la vergenza de perder otra nave de mil millones de dólares, como el Observador de Marte en 1993.

Increíblemente, la NASA terminó 1999 con lo que la CNN llamó “una calificación ascendente.” A saber, el equipo de siete miembros del trasbordador espacial Discovery regresó con seguridad a la tierra después de reparar el Telescopio Espacial Hubble. Incluso el Hubble en sí mismo representa un desperdicio. Lanzado en 1990, el espejo principal del Hubble había sido pulido con los parámetros incorrectos y requería de una costosa reparación para rendir fotografías significativamente más útiles que aquellas obtenidas desde la tierra.

La NASA es el colmo de la ciencia financiada gubernamentalmente. Los críticos condenaron su patético antecedente y su abultado gasto, pero raramente plantean un interrogante más fundamental: ¿el financiamiento gubernamental beneficia a la ciencia? Esta pregunta no es trivial para aquellos que creen que la interferencia gubernamental en otras áreas del esfuerzo humano obstaculiza el progreso.

¿Es la ciencia—a diferencia de la economía o de las artes—el único campo en el cual el gobierno es un benefactor? ¿O ha el gobierno dominado a la investigación por tanto tiempo (a través de su financiamiento desde la Segunda Guerra Mundial) que ya no tenemos un claro concepto de la ciencia que pueda funcionar de otra manera?

El control estatal (Ej.: financiando) devasta a la ciencia tan ciertamente como lo hace en cualquier otra exploración de la verdad. El dinero nunca es otorgado a la “ciencia” sino siempre a particulares doctrinas, teorías, o individuos. El Estado no puede solventar mantener a cada científico y a cada doctrina a expensas del contribuyente. ¿Quién decide entonces? ¿Los muchos (la gente) o los pocos (la élite)? No es una respuesta contestar: “Aquellos con suficiente conocimiento científico decidirán” porque esto meramente plantea otro interrogante. ¿Cuáles científicos serán seleccionados y quién aplicará qué estándar para hacerlo?—¿los muchos o los pocos?

La historia de la ciencia demuestra que una revolución intelectual es usualmente necesaria para que una radicalmente nueva doctrina rompa con la verdad “establecida” de una vieja. Los muchos—incluso cuando la ciencia era relativamente comprensible para el hombre común—raramente respaldan las revoluciones intelectuales. Los pocos de la élite poseen mucho más que una inversión para mantener el “status quo” del cual obtienen salarios y prestigio. El gobierno tiene un interés creado en la reducción de la ciencia al papel de un sirviente. De ahí, el Proyecto Manhattan durante la Segunda Guerra Mundial. De ahí, la NASA durante la carrera de la Guerra Fría contra los rusos en el espacio.

No obstante, cualquiera que cuestiona la subordinación de la ciencia a la política es descartado con estas palabras: “Sin el gobierno, la Internet no existiría.” Es cierto que el sistema actual emergió de la ARPANET financiada gubernamentalmente, y diseñada para permitir que ciertos científicos compartiesen información vía computadoras vinculadas. No es verdad que un fenómeno similar no hubiese acontecido espontáneamente en el mercado libre. Conectar a las computadoras para compartir información no era nada nuevo. Y el sector privado estaba ya trabajando en una visión detallada de una Internet.

Por ejemplo, el gurú de la computación Ted Nelson empleó el término “hipertexto” en 1965. Su libro de 1974 Dream Machines, pormenorizaba la mecánica del hipertexto, la cual se convirtió en el cimiento básico de la World Wide Web.

Lo que Nelson no podía prever era la explosiva popularidad de la Internet. Este fenómeno fue posibilitado por una invención más definitiva y puramente comercial: el microprocesador de Intel. El microprocesador redujo el proceso entero de control de una computadora a un solo chip integrado. Las computadoras se volvieron alcanzables para los individuos. Por supuesto, el gobierno ha tomado el crédito por un sistema que se habría originado de todas maneras y espontáneamente a través del sector privado.

De hecho, dado que el mercado no hubiese prohibido el contenido comercial, como lo hiciera el gobierno originalmente, el sistema se habría desarrollado probablemente más rápidamente y a un costo más bajo. En vez de “los muchos” o “de los pocos” decidiendo las particularidades de la Internet, “aquél” habría elegido.

Es decir, la Internet habría emanado de las opciones colectivas y no coordinadas de los individuos que utilizaban su propio tiempo y dinero para apoyar las opciones más útiles para ellos. La misma se habría desarrollado en base a visionarios, como Nelson, quienes fueron perjudicados al tener que competir con las entidades financiadas gubernamentalmente.

A pesar de su increíble incompetencia, la NASA posee una mística incluso entre aquellos que generalmente escarnecen a la verdad patrocinada estatalmente. En realidad, es el obstáculo más grande para la exploración espacial. Perjudica al competente sector privado recurriendo al “dinero gratis.” Por supuesto, el dinero no es gratis, sino robado a través de los impuestos. De esa manera, las compañías y los individuos se encuentran despojados de los fondos que podrían ser dirigidos hacia la ciencia en la que creían. Pero no les es permitido a los individuos perseguir opciones privadas en la ciencia en el mismo nivel que lo hacen con la literatura o con la música.

La NASA no es solamente un expresión gubernamental de rebeldía por lo individual, es mala ciencia.

Traducido por Gabriel Gasave


Wendy McElroy es Investigadora Asociada en the Independent Institute y directora de los libros del Instituto, Freedom, Feminism and the State y Liberty for Women: Freedom and Feminism in the Twenty-first Century.




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