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Factores económicos y morales en favor de una inmigración abierta
14/9/2000
Alexander T. Tabarrok

Alexander T. Tabarrok
Director de Investigaciones del The Independent Institute
Presentación ante la Conferencia sobre el Debate Estudiantil de la Santa Clara University, California

Factores Económicos

Virtualmente todos los economistas concuerdan en que la inmigración incrementa la riqueza de los Estados Unidos. Por ejemplo, a un grupo de economistas, todos los cuales han sido presidentes de la American Economic Association o miembros del Consejo de Asesores Económicos del Presidente, se les preguntó: "En balance, ¿qué efecto tiene la inmigración del siglo veinte sobre el crecimiento económico de la nación." El 81% de estos prominentes economistas respondió "muy favorable", el 19% dijo ligeramente favorable, y ni uno solo dijo un poco o muy desfavorable (véase el Apéndice C, del libro de Julian Simon “The Economic Consequences of Immigration,”1989, Basil Blackwell.)

Esta casi unanimidad de opinión entre los economistas sobre el efecto económico de la inmigración merece ser enfatizada. Incluso George Borjas, el más prominente economista que defiende las restricciones a la inmigración está de concuerda en que la inmigración incrementa la riqueza de los Estados Unidos. Borjas difiere de la corriente mayoritaria solamente en dos aspectos. Primero, considera que los actuales inmigrantes son menos deseables para los Estados Unidos que los que llegaron previamente–una ironía famosa afirma que Borjas cree que el último buque con buenos inmigrantes fue el que lo trajo a él–un poco cruel quizás, pero con una pizca de verdad. Borjas aún piensa que la actual generación de inmigrantes aumenta la riqueza de los Estados Unidos pero sostiene que el beneficio no es tan grande como solía serlo. Segundo, según Borjas existe una cuestión distributiva–los nativos pobres son perjudicados por la inmigración aún cuando la riqueza total sea incrementada. Los prominentes economistas consultados en primer término, sin embargo, no coninciden con las conclusiones de Borjas, cuando se les preguntó "¿Qué nivel de inmigración tendría el más favorable impacto sobre el estándar de vida de los EE.UU.?." El 56% dijo más, el 33% dijo el mismo número y ninguno dijo menos.

El lamento usual acerca de los inmigrantes es que los mismos les "quitan empleos" a los trabajadores nativos. La queja tiene sin embargo poco sustento en los hechos. Incluso a medida que los peregrinos descendían de los botes ya se estaban quejando de los que seguían llegando y cuestionándose acerca de cómo podrían ser sustentados en el nuevo país. Desde esa época, decenas de millones de personas han venido a los Estados Unidos y hay más empleos aquí que nunca. Entonces como ahora, el motivo básico por el cual los inmigrantes no reducen el número de empleos es que los inmigrantes producen a la vez que consumen. Los inmigrantes adquieren bienes al mismo tiempo que venden bienes, por lo que el número de empleos se expande a medida que el número de trabajadores se expande. Una simple prueba de esta teoría es presentada en la Tabla 1 de su cuadernillo. La misma compara primero las tasas de desempleo en los 10 estados con la más alta presencia de inmigrantes con los índices de desocupación en los 10 estados con la más baja presencia de inmigrantes y encuentra que el desempleo es más bajo en los 10 estados con la más alta presencia de inmigrantes. Como una segunda prueba, observa a los 10 estados con las tasas de desocupación más altas y a los 10 estados con los índices de desempleo más bajos y descubre que hay más inmigrantes en los estados que poseen la menor tasa de desocupación. De esta manera, no existe evidencia alguna para señalar que la inmigración se encuentra del todo correlacionada con los índices de desocupación.

Ni tampoco la evidencia indica que los inmigrantes hagan bajar mucho los salarios si es que lo hacen de alguna manera. Cuando los inmigrantes se agrupan en una ciudad o estado en particular, como es a menudo el caso, los salarios pueden caer localmente pero el efecto es usualmente temporal a medida que los salarios más bajos provocan que las firmas se expandan en la región y en total nuevas firmas son creadas. Además, la baja en el salario nominal no es una cosa enteramente mala, incluso para los trabajadores, dado que ello resulta en más producción y menores precios al consumidor. Finalmente, existen muchas formas en las que los inmigrantes pueden elevar los salarios trayendo nuevas ideas y nuevas oportunidades a los Estados Unidos. A medida que China abra sus fronteras al comercio, por ejemplo, serán los inmigrantes chino-estadounidenses quienes lideren la forma de vender en ese nuevo mercado. La extensa comunidad chino-estadounidense de los Estados Unidos es entonces un activo importante al que naciones competidoras como Alemania y Francia no poseen.

Los inmigrantes por lo general traen también sustancial capital a los Estados Unidos para iniciar nuevos negocios e invertir en firmas estadounidenses. Es sorprendente enterarse que una quinta parte de las nuevas compañías en Silicon Valley fueron iniciadas por inmigrantes. En la era moderna, los inmigrantes también traen a los Estados Unidos lo que los economistas llaman capital humano, un tercio de los científicos e ingenieros en Silicon Valley son inmigrantes. Estos inmigrantes altamente capacitados están creando empleos y elevando los salarios para el conjunto de los trabajadores nativos.

Los Inmigrantes y el Bienestar

¿Hacen los inmigrantes más uso del bienestar que los nativos? ¿Está incrementándose el uso del bienestar por parte de los inmigrantes? La mejor evidencia sobre estos dos interrogantes es que no. Para lo cual, les recomiendo el artículo de Vedder y Gallaway y Moore en The Independent Review. Cuando usted excluye a los refugiados–quienes son permitidos en los Estados Unidos por razones humanitarias y quienes a menudo vienen a los EE.UU. con absolutamente nada–entonces el uso del bienestar por parte de los inmigrantes es casi el mismo que el de los nativos y su uso del bienestar no ha estado incrementándose. Es cierto, algunos inmigrantes abusan del sistema estadounidense del bienestar– vienen aquí por un paseo gratis*–pero también algunos nativos abusan del sistema. De hecho, el número de nativos que abusan del bienestar es por lejos mayor que el número de inmigrantes que abusan del mismo. Las personas que denuncian el abuso del bienestar por parte de los inmigrantes rara vez denuncian el abuso del bienestar por parte de los nativos, aún cuando este último sea un problema mucho más serio que afecta al contribuyente.

El uso del bienestar por parte de los inmigrantes ha sido siempre una especie de truco retórico, incluso una forma de manchar la reputación, utilizado para convocar gente a efectos de patear afuera a los inmigrantes. Las reformas del bienestar de 1996, sin embargo, vuelven dudoso al debate. Las reformas de 1996 restringieron la utilización por parte de los inmigrantes del bienestar y también limitaron el uso del bienestar por parte de los nativos. El abuso de los inmigrantes del bienestar nunca fue un problema serio pero actualmente aún lo es menos.

¿Qué ocurre con los otros programas gubernamentales?

Los inmigrantes y la Seguridad Social

Como muchos de ustedes lo sabrán, diversos cambios demográficos están empujando al sistema de la Seguridad Social hacia la bancarrota. [Gráficos ilustrando la siguiente información se encuentran disponibles en Primer on the Social Security Crisis.] Primero, la generación de quienes nacieron tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial (conocidos en inglés como los “baby boomers”) es más numerosa que las generaciones previas o posteriores a ella. A medida que los “baby boomers” envejecen, el número de individuos que alcanzan los 65 años o más se incrementará de los 34 millones que son en la actualidad a 69 millones para 2030. Como un porcentaje de la población, los ancianos pasarán de ser el 13 por ciento de la población actual a ser el 20 por ciento de la población en 2030 cuando los “baby boomers” estén jubilándose.

Segundo, la expectativa de vida después de los 65 años de edad se ha venido incrementando de manera relativamente rápida. La generación que estará jubilada en 2030 tendrá un quince por ciento más de expectativa de vida a la edad de 65 años que la generación que se jubiló allá por 1940. La incrementada expectativa de vida es un beneficio maravilloso de la tecnología moderna, pero bajo el presente sistema de la seguridad social el hecho de financiarla implica que son los trabajadores jóvenes quienes deben ser gravados para solventar el retiro de estos longevos jubilados.

Tercero, después de que la generación de los “baby boomers” naciera, la tasa de natalidad comenzó a declinar. De ese modo, la enorme generación de la post guerra, el aumento de la longevidad, y la declinación en la tasa de natalidad todas juntas combinadas provocan que el número de trabajadores por beneficiario de la Seguridad Social caiga dramáticamente. En 1960 había 5,1 trabajadores por cada beneficiario de la Seguridad Social, actualmente hay solamente 3,4 trabajadores por cada jubilado y cuando los “baby boomers” se jubilen tan solo habrá 2 trabajadores por cada beneficiarios de la Seguridad Social.

Más jubilados, expectativas de vida más larga, mayores beneficios, y menos trabajadores–estas tendencias han significado aumentos sustanciales en los descuentos al salario. Desde que el programa de la Seguridad Social comenzó, los descuentos salariales se han incrementado en más del 500 por ciento. El ochenta por ciento de los trabajadores actualmente paga más de aportes salariales que en concepto de impuestos a las ganancias. Para mantener los beneficios, la contribución deberá ser incrementada hasta al menos el 18 por ciento de la remuneración en el futuro y tal vez hasta el 23 por ciento.

Una población anciana creciente, está también generando tensiones sobre el financiamiento del Medicare (programa gubernamental para el cuidado de la salud) el cual exigirá un incremento de 10 puntos porcentuales en la porción del Seguro Hospitalario del salario. La circunstancia de gravar tan alto al ingreso laboral tendrá un efecto muy negativo sobre la economía.

Las cargas salariales existen además del impuesto a las ganancias local, estadual y federal y de los impuestos indirectos como el impuesto a las ventas. Al tomar en consideración a todos estos tributos se evidencia que los futuros estadounidenses tendrán que pagar impuestos altos sin precedentes si el actual sistema no es reformado. Si la crisis de la Seguridad Social no es aliviada, los trabajadores jóvenes como ustedes mismos tendrán que pagarle más del 50% de los ingresos de su vida al gobierno.

Ahora, ¿qué tiene que ver todo esto con la inmigración? La respuesta es que al importar más trabajadores en sus años de mejores ingresos podemos aliviar la venidera crisis en la Seguridad Social. Todos, de hecho, deberían estar a favor de la inmigración sobre la base de estos argumentos. La lógica es muy fácil de ver, supongamos que ustedes están jubilados y que viven de un cheque de la Seguridad Social pagado con los impuestos a los trabajadores–¿ustedes prefieren menos o más trabajadores? Por supuesto que su cheque estará más asegurado cuantos más trabajadores haya–así los jubilados deberían estar ciertamente a favor de la inmigración. ¿Qué hay respecto de los trabajadores? Ellos también deberían estar a favor dado que cuantos más trabajadores haya menor será su participación en la carga de pagar por todas esas jubilaciones.

En neto, de esta manera, está muy claro que los inmigrantes no reducen el número de empleos, no hacen bajar los salarios a excepción de quizás temporalmente y en las áreas locales, traen capital, habilidades, e ideas a los Estados Unidos lo cual ayuda al país a competir en los mercados mundiales y lo cual eleva el estándar de vida de los EE.UU..

Factores Morales

El principal efecto de la inmigración sobre los nativos es entonces primariamente positivo.

Pero supongamos que el efecto fuese negativo. ¿Sería este un buen argumento para restringir la inmigración? Tal vez, pero no sería un argumento moral. En este punto, voy a aceptar por el bien del argumento que la inmigración perjudica a los nativos de alguna manera, digamos haciendo bajar los salarios de los trabajadores nativos. No creo que la inmigración perjudique a los trabajadores estadounidenses, pero si usted va a demoler el argumento del oponente, es siempre una buena idea demoler el mejor argumento de sus oponentes. Así, voy a sostener que aún si la inmigración perjudicase a los trabajadores de los EE.UU. sería erróneo evitar la misma.

Mostraré también, de manera muy sorprendente, que restringir la inmigración es inmoral desde el punto de vista de casi todas las teorías morales. No tenemos que debatir moralmente–dado que virtualmente toda teoría moral concuerda con la conclusión de que restringir a la inmigración es inmoral.

Comencemos con un ejemplo real. Durante la mayor parte del siglo 19 existían pocos controles sobre la inmigración. Pero comenzando en la última parte del siglo 19 y especialmente a principios del siglo veinte, la xenofobia y el racismo llevaron a la aprobación de un sistema de cupos que drásticamente restringió el número de individuos que podían inmigrar. Después de la ley de Inmigración de 1924, la inmigración cayó un 90 por ciento.

Los nuevos cupos inmigratorios eran especialmente rigurosos hacia los europeos judíos. Antes de que los cupos fuesen establecidos, cerca de 100.000 judíos estaban migrando a los Estados Unidos cada año, pero después de la entrada en vigor de los cupos el flujo se redujo a tan solo unos pocos miles al año, como mucho. La razón para las restricciones a la inmigración de los judíos no era difícil de comprender, el antisemitismo estaba desperdigado a través de la sociedad estadounidense. Una serie de encuestas realizadas entre 1938 y 1946 demostraban que más de la mitad del pueblo de los Estados Unidos consideraba a los judíos codiciosos y deshonestos, y que entre el 35% y el 40% hubiesen apoyado la discriminación legal contra los judíos tal como los baños separados, la restricción de votar, etcétera, medidas como aquellas aplicadas contra los negros.

Lo que ocurrió después es por supuesto bien conocido. Hitler llegó al poder en Alemania. Muchos judíos estaban desesperados por partir pero no tenían un lugar hacia donde ir. Unos mil refugiados en el buque "Saint Louis" abandonaron Hamburgo el 13 de mayo de l939, pero tuvieron negada su admisión a Cuba–entonces bajo el control de los Estados Unidos-y luego les fue negada la entrada a los Estados Unidos. Al final, tuvieron que regresar a Europa, donde muchos de ellos fueron deportados a los campos de concentración y asesinados por los Nazis en el holocausto.

El antisemitismo era tan fuerte en los pasillos del gobierno que aún después de que el holocausto comenzara, un funcionario del Departamento de Estado pudo decir que rescatar a los judíos no valía la pena porque eso terminaría "quitándole a Hitler una carga enorme."

Queda claro que si la política inmigratoria de los EE.UU. no hubiese sido restrictiva a mediados de los años 20, cientos de miles, quizás millones de judíos que murieron en las cámaras de gas de la Segunda Guerra Mundial hubiesen de otra manera sobrevivido en los Estados Unidos.

Queda claro en verdad, que la historia de las leyes de inmigración es la historia del racismo. La Ley de Exclusión de los Chinos de 1882 tenía el no sorprendente propósito de excluir a los chinos. Los japoneses fueron impedidos de inmigrar en 1907 y todos los asiáticos fueron imposibilitados de venir al país en 1917. Es realmente conmovedor aprender que antes de 1943 a los inmigrantes chinos no les estaba permitido volverse ciudadanos, adquirir tierras, y en algunos estados no podían contraer matrimonio con quienes no fuesen chinos.

Además del racismo, apareció la un poco más socialmente aceptable "hipótesis cultural" de que solamente individuos de ciertas culturas eran compatibles con los valores y los ideales estadounidenses. De los irlandeses se decían que eran borrachos y criminales, por ejemplo, y que profesaban una religión extranjera: el catolicismo. Un académico de la inmigración (Burgess, 1934) decía escribiendo en los años 30:

"Mientras esta inmigración estuvo confinada a personas prometedoras de las razas teutónicas ...todo iba bien. ...Pero ahora estamos recibiendo de una clase muy diferente–eslavos, checos, húngaros...Están inclinados a la anarquía y el crimen...Están en todo lo que va a trastocar el carácter localista, lo exactamente opuesto a los genuinos estadounidenses."

Las razones de aquellos que imposibilitan la inmigración fueron y a veces son hoy día desagradables y desgraciados. Está claro que si el motivo para restringir la inmigración es el racismo, entonces tales restricciones están erradas. Sin embargo, no todo el que se opone a la inmigración es un racista. Quiero ir más lejos, por consiguiente, y sostener que incluso las restricciones no racistas a la inmigración son inmorales, de hecho la motivación es irrelevante, no es correcto impedir que la gente se mueva de un país a otro–ya sea que se la detenga al salir o se la frene al entrar.

Para ver la inmoralidad es valioso destacar que las cuestiones inmigratorias son pensadas comúnmente como que son internacionales, pero de hecho las mismas cuestiones se presentan nacionalmente. Tras el fin de la Guerra Civil y nuevamente en la era post Segunda Guerra Mundial, los negros abandonaron el sur estadounidense hacia ciudades norteñas como Chicago y Detroit. Iban en busca de mejores empleos y mejores vidas. Muchos en el norte no los querían, los negros arruinarían la cultura, los negros no eran calificados, harían bajar los salarios, etc. Todos los argumentos en contra de la inmigración fueron utilizados contra los negros que migraban del sur hacia el norte, y por supuesto el racismo jugó su parte también. En años más recientes, a medida que se ha oxidado el llamado “cinturón de acero” (los estados industriales), y los empleos se han mudado de regreso al sur, la inmigración hacia el sur ha tenido lugar y ahora son los sureños quienes desacreditan a los forasteros del norte que están destruyendo una forma de vida con sus nuevos estilos.

La única diferencia importante entre la situación nacional y la internacional es que debido a la Constitución existen pocas leyes para evitar que las personas se muevan de un estado a otro. En China la ley les prohíbe a los ciudadanos chinos moverse de una parte a otra del país (Véase Jacob Sullum, “Moving Targets” en la Reason Magazine, 15 de marzo de 2000). Si un residente chino desea moverse desde el campo a Shangai donde la economía está prosperando, debe solicitar autorización del gobierno. Esto estremece a la mayoría de nosotros como algo desacertado, pero si es erróneo evitar que un residente de China se desplace del campo a la ciudad, si es erróneo impedir que un tejano se mude a New Hampshire, entonces también está mal impedir que un alemán se mude a Texas. La línea imaginaria que separa a Texas de New Hampshire no es en verdad diferente de la línea que separa a Texas de Alemania.

Se objetará que Texas y Alemania son países diferentes mientras que Texas y New Hampshire no lo son. ¿Pero qué clase de teoría moral con serias pretensiones a nuestra atención hace que algo tan importante como el derecho a mudarse de un lugar a otro descanse en algo tan arbitrario y accidental como el nombre del lugar en el cual usted nació? Que pena por los pobres residentes de Liechtenstein, quienes sobre la base de esta teoría difícilmente tengan algún derecho de mudarse del todo.

Supongamos en particular que los inmigrantes reducen los salarios de los nativos.

¿Pero por qué debería esto hacer una diferencia? Supongamos que Bill desea un empleo al cual sabe que Bob también estará postulándose. Seguramente sería desacertado de parte de Bill ir a la casa de Bob y clavarle las puertas y ventanas y plantar minas terrestres y colocar una alambrada alrededor del jardín de modo tal que Bob no pudiese salir. No obstante, esto es exactamente lo que hacemos para impedir que vengan los mejicanos a los Estados Unidos en busca de empleos.

Además, considérese el principio más grande detrás de la restricción de la inmigración para salvar empleos o salarios–el principio es el de que los nativos pueden y deberían tener empleos garantizados con salarios garantizados–este principio no puede ser tomado seriamente porque la inmigración internacional es tan sólo una forma por la cual los salarios varían. Si tuviésemos que tomar seriamente a este principio tendríamos también que impedir las migraciones internas. Cantidades de individuos están viniendo al Norte de California en busca de empleos en la industria de la computación, por ejemplo, y éstos al igual que la inmigración procedente de la India, bajan las remuneraciones en la industria de la computación.

No solamente debería ser impedida la inmigración internacional y la interna, también precisaríamos de controles poblacionales. En lo que respecta a los salarios, la única diferencia entre la inmigración y los nacimientos es que el nacimiento insume más tiempo. Cuando su vecino trae un hijo al mundo, el mismo equivale a un trabajador que ingresa al país dentro de 18 años en el futuro. El argumento salarial en contra de la inmigración sugiere, por lo tanto, que también deberíamos de haber evitado que los padres de los “baby boomers” hubiesen tenido hijos.

El argumento del salario garantizado implica también que debemos restringir la tecnología. No hay duda alguna que la tecnología ha sido la responsable por la desaparición de más, de muchos más empleos, que la inmigración. Edison destruyó más trabajos con su lámpara eléctrica que los que los que eliminaron los inmigrantes, y lo mismo se aplica para Henry Ford quien destruyó a la industria del caballo y del carruaje, actualmente la Internet está destruyendo el negocio de las agencias de viajes y a las pequeñas librerías. Es absurdo singularizar a una fuente de las pérdidas de empleos para un ataque especial. El cambio destruye empleos pero el cambio se origina en muchas fuentes, no sólo en la inmigración. Y, por supuesto, el cambio genera empleos. Los Estados Unidos poseen el estándar de vida más elevado de cualquier país importante en todo el mundo. Para mantener e incrementar ese estándar de vida, los Estados Unidos deberían continuar abrazando a aquellas cualidades que han hecho grande al país, la apertura y el dinamismo. La apertura a nuevas tecnologías, a nuevas ideas y a nuevos individuos es la fuente más grande de la fortaleza de los Estados Unidos.

Para retornar a las cuestiones morales cambiemos un poco la analogía y supongamos que John desea casarse con Jill y que Jill desea casarse con John. Estaría mal de parte de Sam intentar impedir el matrimonio por la fuerza. El hecho de impedir el matrimonio por la fuerza perjudicaría tanto a John como a Jill. Del mismo modo, cuando el gobierno le prohíbe a un programador de computadoras hindú ingresar a los Estados Unidos perjudica tanto al programador hindú como a su potencial empleador. De esta forma, las restricciones sobre la inmigración implican que algunos individuos en los Estados Unidos están perjudicando a los extranjeros y a otros individuos en los Estados Unidos.

He sostenido hasta ahora que es erróneo impedir la competencia mediante la fuerza ya sea que la competencia provenga de un compatriota nativo, de un inmigrante, o de la nueva tecnología. No existe derecho alguno a un empleo o aun salario pero existe un derecho a trasladarse de un país a otro en busca de una vida mejor. Este es el punto de vista de Thomas Jefferson, John Locke y de otros grandes defensores de la tradición de los derechos naturales en los Estados Unidos.

Veamos ahora la inmoralidad de las restricciones a la inmigración desde otras perspectivas morales. Consideraré cuatro fuentes de teoría moral–el utilitarismo que sostiene que lo que es moral es incrementar la felicidad total, el liberalismo contemporáneo el cual afirma que la redistribución de la riqueza del rico al pobre es moral para incrementar la igualdad, el liberalismo analítico de John Rawls que sostiene que algo es moral si fue acordado detrás de un velo de ignorancia y finalmente examinaré brevemente la perspectiva de la cristiandad sobre la inmigración. Cada una de estas teorías morales apoyan fuertemente a la inmigración abierta y se oponen a las restricciones sobre la inmigración.

Comencemos con el utilitarismo. Es fácil ver que los inmigrantes son más beneficiados por venir a los Estados Unidos que lo que los nativos son perjudicados. Un inmigrante de la Alemania Nazi o de la India, China, Etiopia o México contemporáneos está dejando una situación que puede abarcar cualquier punto desde la muerte y un campo de prisioneros, hasta la muerte por hambruna y desde el romperse la espalda trabajando hasta la miseria y la muerte a una edad temprana debido a la extrema pobreza. Aún los estadounidenses más pobres viven en condiciones mejores que el etiope o el chino típico. Sobre la base de consideraciones utilitarias, entonces, la inmigración debe ser aplaudida porque la misma incrementa la felicidad total del mundo.

El liberalismo contemporáneo o cualquier ideología que asevera la importancia de redistribuir la riqueza del rico al pobre favorecería ciertamente las fronteras abiertas. Los inmigrantes son, en general, mucho más pobres que los nativos. De esa manera, aún si los nativos fuesen perjudicados por la inmigración son perjudicados mucho menos que el beneficio que obtienen los inmigrantes. Expresándolo de una manera alternativa, si usted está a favor de alguna forma de estado de bienestar entonces usted también debería favorecer las fronteras abiertas. Si está bien cobrarle impuestos al rico para ayudar al pobre entonces es ciertamente desacertado limitar dicha redistribución a los miembros de una nación–eso es simplemente tribalismo. Es posible sostener el tribalismo, por supuesto, al sostener como lo hacía Hitler que hay algo especial acerca del pueblo alemán, o como lo hacen los racistas al afirmar que una nación blanca debe ser preservada, etc. Pero obviamente, estas clases de argumentos no triunfarían actualmente entre la mayoría de las personas, no importa lo exitosas que fueron en el pasado.

¿Qué hay respecto del contractualismo y del velo de la ignorancia de Rawls? El argumento contractualista básico es el de que algo es justo si todos estuviesen de acuerdo con él, en caso de carecer de la información respecto de su persona que pudiese sesgar sus decisiones–información digamos acerca de su riqueza, raza o sexo. Para ver la relevancia, imagínese que usted no supiese en qué país habría de nacer. ¿Estaría a favor de las fronteras abiertas o cerradas? Existe alguna posibilidad de que usted pudiese nacer estadounidense, en cuyo caso estamos asumiendo que será perjudicado por la inmigración y entonces estará en contra de las fronteras abiertas. Por otra parte, hay una probabilidad mucho mayor de que usted tendrá que vivir en un país pobre y quizás dictatorial, en cuyo caso favorecerá las fronteras abiertas. Además, no solamente es más alta la probabilidad de que usted será de la clase de personas que favorecen las fronteras abiertas, sino que el beneficio de las fronteras abiertas cuando usted se encuentra viviendo en un país desesperadamente pobre es mucho mayor que la pérdida que tendría en caso de encontrase viviendo en un país rico. Así, todos tras un velo de ignorancia elegirían las fronteras abiertas y las fronteras abiertas son por ende justas porque esto es lo que elegiríamos si nuestros prejuicios no interfiriesen con nuestra conciencia moral.

El pensamiento social católico es claro sobre la cuestión de la emigración y la inmigración. El Papa Juan Pablo II, por ejemplo, dice en la Encíclica Laborem Exercens, que:

"El hombre posee el derecho de abandonar su tierra natal...a fin de buscar mejores condiciones de vida en otro país."

Más generalmente, la ética de la amabilidad a los extranjeros se presenta a través del cristianismo especialmente en el Nuevo Testamento.

En Lucas, un abogado desafía a Jesús: ‘Sé que para heredar la vida eterna debo amar a mi prójimo como a mí mismo,’ dice pero “¿quién es mi prójimo?.” Jesús, entonces le replica con la parábola del Buen Samaritano, el extranjero que se detiene a socorrer al nativo herido aún cuando sus coterráneos siguen de largo. Los vecinos no son tan sólo la gente que vive en la puerta de al lado.

Tal vez más explícitamente, Mateo 25:35 nos dice que en el Gran Juicio “Cuando el Hijo del hombre vendrá en su gloria, y todos los ángeles con él” la gente del mundo será separada y a aquellos sobre la mano derecha del Señor les será dicho: “Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo; porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me dieron algo de beber, [y] yo era un extranjero y me dieron la bienvenida...”

En la actualidad el inmigrante es como el "extranjero" en quien Jesús pedía ser reconocido. Darle la bienvenida y mostrarle solidaridad es entonces un deber de hospitalidad y una fidelidad a la identidad Cristiana. (Parafraseando al Papa Juan Pablo II).

Permítaseme concluir con este pensamiento. Entiendo que el propósito de las charlas durante los próximos dos días será el de ayudarlos a prepararse para los debates. En esos debates, entiendo, que más allá de sus opiniones reales varios de ustedes asumirán la posición pro-inmigración y otros la posición anti-inmigración. Eso es bueno y apropiado. Cualquiera sea la posición que defiendan en el debate, sin embargo, desearía pedirles que al cabo del día se pregunten dónde yace la Verdad. Y por favor recuerden que este debate involucra las vidas de individuos reales, a menudo desesperadamente pobres, quienes buscan tan solo venir a este país para forjar para sí mismos y para su familia una vida mejor. Quisiera pedirles también que tomen seriamente a la moralidad, y se cuestionen ¿en función de qué derecho, de qué teoría moral es justificable colocar guardias fuertemente armados en las fronteras para capturar, encarcelar, y a veces matar a esas personas? Si lo hacen, creo que encontrarán que ninguna teoría moral puede justificar tal monstruosa política social.

*Nota de Traductor:
En inglés “free ride” en alusión a la figura del “free-rider,” es decir aquel que desea usufructuar los beneficios de algún bien o servicio público sin incurrir en los costos que su provisión trae aparejados.

Traducido por Gabriel Gasave


Alexander Tabarrok es Senior Fellow en The Independent Institute, Profesor Asociado de Economía en la George Mason University, director de los libros del Instituto, Entrepreneurial Economics, The Voluntary City (con D. Beito y P. Gordon), y Changing the Guard: Private Prisons and the Control of Crime.




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