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Como en Irak, retiremos por completo a las fuerzas estadounidenses de Afganistán
25/10/2013
Ivan Eland

Recientemente, el presidente afgano Hamid Karzai y el Secretario de Estado estadounidense John Kerry anunciaron que habían coincidido sobre las disposiciones clave de un acuerdo en materia de seguridad que podría permitir que algunas fuerzas estadounidenses en Afganistán permaneciesen después de que la misión de combate de la OTAN culmine a finales de 2014. Si bien no se han revelado detalles del acuerdo, la inmunidad residual de las tropas estadounidenses frente al sistema de justicia local—la cual también llevó al apresuramiento de una presencia residual significativa de las fuerzas de los EE.UU. en Irak—parece ser el escollo. Al comienzo, este problema parecía estar resuelto y las cuestiones pendientes eran las exigencias afganas de que los Estados Unidos prometan defender a Afganistán como si fuese un aliado de la OTAN y el deseo afgano de prohibir que las fuerzas de Operaciones Especiales de los Estados Unidos continúen con sus ataques contra aldeas afganas.

La exigencia de los Estados Unidos de juzgar cualquier comportamiento indebido por parte de efectivos estadounidenses en los EE.UU., en vez de por ante la justicia afgana resulta bastante imperial, pero al parecer no negociable con los estadounidenses—al menos si el resultado en Irak es de algún indicio. Aunque no está claro cómo se resolvieron las otras dos cuestiones (o si realmente están resueltas), la predisposición los Estados Unidos de defender a otro país—especialmente uno tan menesteroso e incapaz de suministrar alguna ayuda como Afganistán—sería un desage monetario continuo en épocas de una deuda estadounidense asombrosa. Aún más importante, ello podría involucrar eventualmente ataques más fuertes de los Estados Unidos contra Pakistán, un aliado nominal de los EE.UU. que está proporcionando apoyo a los EE.UU. y al enemigo afgano—los talibanes afganos. Finalmente, si las incursiones de las fuerzas de Operaciones Especiales estadounidenses contra los pocos objetivos sospechosos de pertenecer a al Qaeda que permanecen en Afganistán fuesen prohibidas, la única razón remotamente justificable para dejar a las tropas estadounidenses en el país habrá desaparecido. (La otra misión restante de entrenar a las fuerzas de seguridad afganas brinda pocos beneficios para la seguridad de los EE.UU.).

Hace mucho tiempo, los comandantes estadounidenses habían expresado que la guerra en Afganistán era imposible de ganar en el campo de batalla y que era necesario un acuerdo negociado. El problema es que, debido a la caída en picada del apoyo a la guerra en el país, el presidente Barack Obama se comprometió a retirar las fuerzas estadounidenses hacia finales de 2014. Como descubrieron los británicos en Yemen durante la década de 1960, cuando la potencia ocupante anuncia cuándo estará marchándose, los guerrilleros simplemente permanecen en el campo y esperan la salida de la parte más fuerte. En otras palabras, los talibanes no tienen ningún incentivo para negociar menores resultados cuando pueden obtener más de lo que desean tan sólo con esperar. Además, muchos afganos, a sabiendas de que los talibanes permanecerán mucho después de que las fuerzas estadounidenses se retiren, comenzarán a cooperar con los insurgentes aun cuando algunos puedan no desear hacerlo.

El dilema de Obama demuestra que la guerra de guerrillas son difíciles de ganar para las democracias, ya que suelen ser prolongadas y el centro de gravedad clave se encuentra en casa y no en el país ocupado (lo mismo ocurrió en la guerra de Vietnam). Una lección es que si estás en una guerra, no anuncies cuándo te estarás marchando aún cuando los sepas. La lección más importante es la de ante todo ser muy cuidadoso al ingresar en esas guerras menores, ya que es probable que sean pantanosas.

De acuerdo con la inteligencia estadounidense, al Qaeda en Afganistán/Pakistán ya no representa ni siquiera la mayor amenaza de al Qaeda para los Estados Unidos. Mantener tropas en Afganistán para combatir a unos 50 presuntos terroristas es innecesario. La verdadera razón por la cual los Estados Unidos desean mantener algunas fuerzas en Afganistán es para proteger la capital e impedir que los talibanes ocupen ese lugar simbólico. Muchos afganos temen que tras la retirada de los EE.UU., el gobierno de Kabul podría desintegrarse y que se reanude la guerra civil. De hecho, los pocos miles de soldados estadounidenses que permanecerán conforme algún acuerdo probablemente se encontrarán en medio de una guerra civil más intensa que la que ya ha ocurrido en los últimos 13 años. La necesidad de su misión para la seguridad de los EE.UU. es altamente cuestionable y su protección será problemática.

Por último, los defensores de mantener las fuerzas estadounidenses sostienen que si todos los efectivos de los EE.UU. son retirados de Afganistán, para el Congreso será mucho menos factible seguir proporcionando los 4 a 6 mil millones de dólares (billones en inglés) anuales necesarios para apuntalar a las desvencijadas fuerzas de seguridad afganas, las cuales ya han demostrado ser un desage para los 40 mil millones de dólares desperdiciados en concepto de ayuda estadounidense. (En la guerra de Vietnam, el Congreso cortó la ayuda de los EE.UU. al gobierno de Vietnam del Sur después de que fuerzas estadounidenses se retiraron). Sin embargo, ahorrarse este gasto inútil no sería un mal resultado.

Los comandantes estadounidenses han sostenido que las fuerzas afganas han controlado la situación frente a los talibanes, pese a que tuvieron muchas bajas. Pero en la guerra de guerrillas, si los insurgentes no están perdiendo están ganando con sólo mantener un ejército en el campo, y los rebeldes probablemente lo harán mucho mejor cuando los estadounidenses se marchen, incluso de acuerdo con funcionarios del gobierno de los Estados Unidos.

Así que los Estados Unidos deberían utilizar cualquier reclamo de soberanía afgana en la negociación por encima del mantenimiento de cualquier presencia militar de los EE.UU. para simplemente pegar la vuelta con sus tropas y dinero, reduciendo así las pérdidas y poniendo fin a una pesadilla que se perdió hace mucho tiempo.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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