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Más mentiras y sofismas
17/6/2002
Thomas J. DiLorenzo


    “Los aranceles estuvieron al servicio del libre comercio . . .” [???]
    —Thomas L. Krannawitter

Este absurdo Orwelliano—la declaración de que los aranceles proteccionistas son buenos para el libre comercio—define la trivialidad intelectual de la ultima arenga contra mi libro, The Real Lincoln, aparecida en el Instituto Claremont. En una supuesta “resena” en la edición de Primavera de 2002 del Claremont Review of Books, Thomas Krannawitter miente sobre el contenido de mi libro, ataca los argumentos de un hombre de paja y simplemente inventa cosas.

Sostiene, por ejemplo, que yo afirmo que Lincoln “no se preocupo ni un ápice acerca“ de la esclavitud. Esta es una mentira; estas palabras no aparecen en mi libro, ni ninguna declaración similar. En la página 13, destaco cómo Lincoln utilizó el lenguaje de los derechos naturales para condenar la esclavitud llamándola una “monstruosa injusticia”, entre otras cosas.

Krannawitter alega asombrosamente que no ofrezco “un fragmento de evidencia” sobre mi aserción de que “Lincoln y el Partido Republicano condujeron un proyecto de gobierno centralizado y de buqueda de imperio”. El obviamente no ha leído el libro; en él trazo cómo Lincoln y el Partido Republicano heredaron el manto político de los Whigs, quienes a su vez fueron los herederos políticos de los Hamiltonianos, el partido del poder gubernamental centralizado y de la búsqueda del imperio. Esta es otra mentira que Krannawitter presenta a sus lectores.

Una tercera mentira evidente en el melodrama de Krannawitter es su declaración de que en mi libro sostengo que Lincoln “solamente deseó hablar de [la decisión de Dred Scott] como una avenida para defender la nacionalización del dinero”. Lo que digo realmente en la página 68 es que: “Aun cuando comenta respecto a la decisión de Dred Scott el 26 de junio de 1857, Lincoln no pudo aparentemente resistirse una vez más a criticar el rechazo de Andrew Jackson treinta años antes a refundar el Banco de los Estados Unidos. . .”

Mi observacion es lo opuesto de lo que Krannawitter dice que es: Lincoln comentó extensamente la decisión, que no tenía nada que ver con la política bancaria, pero tampoco pudo resistirse a lanzar otra pulla contra Jackson por no refundar el banco. Tales cosas estuvieron al parecer siempre en su mente.

Krannawitter hace también una gran cuestión respecto a una cita equivocada que estaba en la primera impresión de mi libro, sobre la cual admití por escrito que había sido un error, dos meses antes de la aparición de su “revisión”. Es deshonesto de su parte insistir en este punto, en el conocimiento pleno del hecho de que he admitido el error y de que lo he corregido en la última edición.

La cita tenia que ver con la oposición de Lincoln a la igualdad racial, la cual él declaró en muchas ocasiones. Así, el hecho de que yo confundiera esa cita de ninguna manera afecta mi argumento. Lincoln no era tan devoto de la igualdad como los Claremontistas quisieron hacernos creer. Lincoln claramente señaló por ejemplo en su debate del 21 de agosto de 1858 con Stephen Douglas, en Ottawa, Illinois, que:

No tengo ningún propósito de introducir a la igualdad política y social entre las razas blancas y negras. Hay una diferencia física entre las dos, la que a mi juicio, prohibirá probablemente por siempre su vida juntos sobre el pie de la igualdad perfecta; y ya que se torna una necesidad el que deba haber una diferencia, yo, así como el juez Douglas, estoy a favor de que la raza a la cual pertenezco tenga la posición superior. Nunca he dicho nada en contrario.

En el mismo debate, Lincoln señaló también que cualquier noción de que él estaba en favor de ‘la perfecta igualdad social y política con el Negro no es más que un arreglo falso y fantástico de las palabras, por el cual un hombre puede probar que un caballo castaño es un caballo zaino”. Sobre el tema de la emancipación, en el mismo discurso, dijo: “¿Liberarlos y convertirlos en nuestros iguales política y socialmente? Mis propios sentimientos no admitirán esto. . . . No podemos, entonces, hacerlos iguales”.

En su tributo a Henry Clay del 6 de julio de 1852, Lincoln anunció que en su opinión la esclavitud no podría ser erradicada “sin producir aun un mal mayor a la causa de la libertad humana en sí misma” Y por su entera carrera política, él abogó por deportar a la gente negra fuera del país, a Haití, América central, o Africa. “Existe una justificacion moral en la idea de retornar a Africa a sus niños, dijo Lincoln en el Tributo de Clay. La deportación significaría supuestamente “la última redención de la raza Africana”, continuó, y en su Mensaje al Congreso del 1 de diciembre de 1862, Lincoln dijo: “No puede hacerlo saber más de lo que ya lo es que favorezco vigorosamente la colonización”.

Por muchos años fue un activo miembro de la Sociedad Americana de la Colonización y en 1857, urgió a la legislatura de Illinois a asignar dinero para ser utilizado en deportar a los negros libres fuera del estado (véase Eugene Berwanger, The Frontier Against Slavery, p. 4). Lincoln apoyó también los Códigos Negros de Illinois, que privaron a la gente negra de cualquier semejanza con la genuina ciudadanía.

Como Joe Sobran ha escrito, la posición de Lincoln era que la gente negra podría ser perfectamente igual, siempre que no lo fuese aquí en los EE.UU.. Vaya campeón de la igualdad racial y de los derechos naturales. Estas son algunas de las razones por las que el editor de la revista Ebony, Lerone Bennett, Jr. denunció tan antipáticamente el “Mito de Lincoln” en su libro, Forced into Glory.

Los Claremontistas y sus compañeros Straussianos se vuelven locos siempre que alguna persona trae estos hechos a la luz. Richard Ferrier, por ejemplo, me etiquetó recientemente como un “idiota iluso” en el website de FreeRepublic por señalar que Lincoln se opuso a la igualdad racial. Para Ferrier y los Claremontistas, la declaración de Lincoln de que “Yo no tengo ninguna intención de introducir la igualdad política y social entre las razas blancas y negras” significa “Yo SI tengo la intención de introducir la igualdad política y social entre las razas blancas y negras”.

Para Ferrier y Krannawitter, la declaración de Lincoln de que “no podemos, entonces, hacerlos iguales” significa, “PODEMOS, entonces, hacerlos iguales” Sea usted el juez de quién es, y quien no es, fantasioso en esto.

Cuando son arrinconados los Claremontistas repiten con frecuencia la falsa imputación de Harry Jaffa de que los “Concejos de Ciudadanos Blancos” de los años 1950 también mostraron las visiones de la supremacía blanca de Lincoln, significando que cualquiera que las mencione debe coincidir con los racistas blancos. Lo estúpido de este cargo mentalmente débil es, sin embargo, que el mismo Lincoln convino con los “Consejos de Ciudadanos Blancos” según lo demostrado. Introduzco estas declaraciones en mi libro como una ilustración de cómo se le ha mentido a generaciones de estadounidenses respecto del verdadero Lincoln por los gustos de Thomas Krannawitter.

Otra fantasia es la declaración de Krannawitter de que ignoro por completo el basamento del gobierno estadounidense en los derechos naturales—lo cual no hago. Sostengo que a la luz de la abierta oposición de Lincoln a la igualdad racial, su promesa, al ser elegido, de apoyar una enmienda constitucional para proteger a la esclavitud Sureña, su promesa en su Primer Discurso Inaugural de no interferir con la esclavitud Sureña, y su destripamiento de las libertades constitucionales en el Norte durante la guerra, la pretensión de que Lincoln fue un gran campeón de los derechos naturales es dudosa, sino absurda. Yo cito a uno de los teóricos preeminentes de los derechos naturales de aquellos días, el abolicionista Lysander Spooner de Massachusetts, junto con el gran historiador de la libertad Lord Acton, en apoyo de mi posición. La afirmación de que ignoro las discusiones de los derechos naturales es otra mentira.

Krannawitter difama a Edgar Lee Masters, autor de Lincoln the Man, refiriéndose al libro como una compilación de “difamaciones” contra Lincoln sin ofrecer un solo ejemplo. Juega entonces al juego de la culpabilidad-por-asociación observando que yo cite el libro “favorablemente”. La implicancia es que yo repito los supuestos “insultos” de Masters, un natural de Illinois quien fuera socio legal de Clarence Darrow y un dramaturgo famoso en primera mitad del siglo veinte. En realidad, menciono solamente un pasaje de Lincoln the Man, y es sobre Henry Clay, no sobre Lincoln. Es una descripción perfecta de la corrupta agenda económica mercantilista (aranceles proteccionistas, asistencialismo corporativo para las industrias del ferrocarril y de la construcción de caminos, e inflacionismo a través de bancas centrales) que Clay defendió y que fuera adoptada por Lincoln. Masters describió ese sistema como uno que “reparte al fuerte para ganar y conservar su adhesión al gobierno”, un sistema que “ofreció abrigo a los esquemas desviados y a las empresas corruptas’ y “una gente gravada fiscalmente para generar ganancias para las empresas que no pueden sostenerse por si mismas”. Exactamente.

Discuto en The Real Lincoln cómo Lincoln dedicó una carrera política de 28 años antes de convertirse en presidente, a esta agenda económica, y cómo ella fue finalmente puesta en practica en su totalidad en los primeros dieciocho meses de su administración. Sin embargo, Krannawitter no está interesado en nada de esto, pues su objetivo es engañar, no iluminar a sus lectores sobre el contenido de mi libro.

Krannawitter es tan ignorante de la elección pública o de la economía política como lo es de la economía internacional. En un punto él me critica por supuestamente no entender que “toda la economía es economía política”. De hecho, mi libro entero es un ejercicio en economía política, con un tema central que es cómo la agenda del mercantilismo de Hamilton/Clay/Lincoln fue combatida en la política Americana por unos setenta años antes de prevalecer finalmente durante el reinado de Lincoln.

En la oración inmediata siguiente, tras sostener absurdamente que soy inconsciente de la economía política, Krannawitter me identifica como un economista de la elección pública, un “pecado” del cuál me declaro culpable, habiendo sido un estudiante en VPI del laureado con el Nóbel James Buchanan y de Gordon Tullock. Krannawitter es obviamente ignorante del hecho de que la elección pública es precisamente la forma en la cual el estudio de la economía política fue resucitado en la profesión económica hace unos cuarenta años atrás. Se encuentra en una niebla aquí y aferrado a la paja.

Krannawitter afirma ridículamente que John C. Calhoun inventó la doctrina de la secesión legal de la nada a fin de divorciar la idea de los derechos estatutarios de los derechos naturales. Pero como planteo en mi libro, los Federalistas de Nueva Inglaterra creyeron en un derecho legal de secesión y procuraron hacer que los estados de Nueva Inglaterra se separasen de la Unión por más de una década después de la elección de Jefferson. Nadie en ese entonces discutió que no existía un derecho legal de secesión, sólo que el mismo podría no haber sido un curso sabio por tomar.

Los abolicionistas Norteños también lucharon por un derecho legal de secesión, entendiendo sabiamente que si los estados Norteños fueran a separarse la Cláusula del Esclavo Fugitivo, que subsidió a la institución de la esclavitud, habría perecido.

Hubo académicos tales como el abolicionista de Pennsylvania William Rawle, cercano amigo personal de George Washington, que creyó también en un derecho constitucional de secesión. El libro de Rawle, , A View of the Constitution, arguyó esto y fue el único texto sobre la Constitución utilizado en West Point antes de la guerra.

Y antes de Fort Sumter, como lo demuestro en mi libro, docenas de periódicos Norteños editorializaron en favor de un derecho constitucional o legal de secesión en nombre de los estados Sureños. Estos periódicos Norteños no eran acólitos de John C. Calhoun; creían que los gobiernos derivaban sus justos poderes del consentimiento de los gobernados, y que cuando una comunidad política no lo consintiera más, tenía entonces el derecho de apartarse del contrato. Los periódicos a través de los estados Norteños expresaron esta opinión.

Krannawitter es extremadamente paternalista con Walter Williams, quien escribió el Prologo a The Real Lincoln. Califica de “vergonzoso” que Walter pudiese suscribir un libro que según Krannawitter “celebra” a Juan C. Calhoun. Por supuesto, el libro no hace tal cosa, y Walter está completamente enterado de que había Sureños como Calhoun que defendían la esclavitud. Lo que es vergonzoso es la aserción de que Walter, que podría hacer anillos intelectuales alrededor de Krannawitter, es de alguna manera inconsciente de tales cosas.

Habiendo leído mi libro, Walter es también consciente de que los Norteños trataron a los pocos negros a los que les fue permitido vivir entre ellos tanto peor que ciudadanos de segunda-clase; que Lincoln habló por ambos lados de su boca con respecto a la igualdad racial; que él abogó deportar a la gente negra fuera del país; que la Proclamación de la Emancipación eximió específicamente a todas aquellas áreas del Sur y de los estados fronterizos donde los esclavos habrían realmente podido ser liberados; que docenas de países alrededor del mundo, incluyendo los imperios Británicos y Españoles, terminaron la esclavitud pacíficamente durante la primera mitad del siglo diecinueve; que Lincoln basureó a las libertades constitucionales en el Norte y emprendió la guerra sobre civiles inocentes; y muchos otros hechos de los cuales él (o cualquier otra persona) nunca sabría si fuese a confiar en la prejuiciosa y distorsionada historia que proviene del Instituto Claremont.

Krannawitter concluye su diatriba de un modo muy burlón, asegurando que se precisa de un “verdadero hombre” (nada de mujeres, probablemente) como él mismo para comprometerse en la clase de análisis de Lincoln que él y sus compañeros Claremontistas efectúan, comparado con el de un simple “muchacho” como yo. Participa entonces en un espasmo de nombre pueril que sugiere que existe una necesidad de una cierta supervisión adulta en el Instituto Claremont.

Traducido por Gabriel Gasave


Thomas J. DiLorenzo es Investigador Asociado en The Independent Institute, Profesor de Economía en la Loyola College en Maryland, y autor colaborador del libro, Taxing Choice: The Predatory Politics of Fiscal Discrimination.




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