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Edward Snowden: ¿Héroe o traidor?
27/6/2013
Ivan Eland

En casi todas las entrevistas en los medios sobre la historia de filtraciones de Edward Snowden, a la persona entrevistada (incluyéndome a mí) casi siempre se le pregunta si Snowden debería ser considerado un soplón heroico o un traidor deshonroso a la nación. La pregunta probablemente nace de la atención que la sociedad estadounidense pone en el individuo, la cual conduce a una cultura que ama la celebridad, y a una concepción en blanco y negro de lo que está bien y lo que está mal incrustada en la cultura popular por las películas y los programas de televisión. La pregunta a menudo está también diseñada para poner en evidencia los puntos de vista políticos del entrevistado, estableciendo así un atajo para que los espectadores determinen rápidamente si están de acuerdo o en desacuerdo con él o ella sin ser molestados con los detalles de los temas.

Y los detalles son secretos, complejos y legalistas. Pero los temas son de tal vital importancia para la preservación de una república que los verdaderos patriotas tienen que abrirse camino a través de ellos antes de formarse una opinión. Incluso si lo peor, como alegan los funcionarios del gobierno de los Estados Unidos, es cierto—que Snowden ya haya divulgado alguna información sobre el espionaje estadounidense a países extranjeros que comprometerían las fuentes y métodos de la inteligencia, lo cual podría hacer que espías de los Estados Unidos terminen muertos o perjudicar la futura recopilación estadounidense de inteligencia—esta ramificación excepcionalmente mala puede quedar eclipsada por la positiva contribución de Snowden. ¿Qué?

La política exterior tradicional de los Estados Unidos a finales de los siglos 18 y 19 era, en la mayor parte de los casos, una de moderación en el extranjero. Esta política surgió porque los antimilitaristas fundadores de la nación se habían percatado de que históricamente, las guerras externas conducían a una opresión gubernamental acrecentada en el país y que los Estados Unidos se daban el lujo de ser capaces de evitar la mayoría de las guerras debido a su posición inherentemente segura a medio mundo de distancia de las fuentes de la mayoría de los conflictos. Esta moderación comenzó a erosionarse durante la primera mitad del siglo 20, con el involucramiento de los EE.UU. en la Guerra Española-Americana y en las Guerras Mundiales I y II, pero todavía existía.

Una significativa oposición surgió entre segmentos de la población estadounidense a la participación de los Estados Unidos en estas tres guerras, y después de cada uno de los conflictos, el país volvía a una posición de tiempos de paz. Durante la Guerra Fría, a partir de la Guerra de Corea (1950-1953) y después, los Estados Unidos nunca regresaron a su política exterior moderada más tradicional y en su lugar se convirtieron en un imperio militarista, abarcador de todo el globo e informal—propagando sus alianzas unilaterales, bases militares, intervenciones armadas, y ayuda externa a todas las regiones del mundo. La Guerra Fría, debido a su duración, en verdad erosionó a la república estadounidense y sus libertades civiles. En otras palabras, en lugar de una política exterior estadounidense que asegurase la república y sus instituciones, como imaginaron los fundadores de la nación, la república iba a ser sacrificada al servicio del nuevo imperio americano.

A pesar de que el terrorismo es una amenaza mucho menor que la del cuco soviético utilizada como una cubierta para el imperio estadounidense durante la Guerra Fría, ha reemplazado a la URSS como la principal justificación para el imperio por la cual la republica debe ser entregada. Y gran parte de la erosión de la república a través del comportamiento inconstitucional de los burócratas gubernamentales durante la Guerra Fría y la Guerra contra el Terror ha sido perpetrada en secreto. Incluso si Snowden ha divulgado mucho sobre las actividades de la inteligencia estadounidense—y ese sería un delito grave—esto queda más que compensado por su revelación vital de la incautación inconstitucional del gobierno de posiblemente todos los registros telefónicos de los estadounidenses en contravención directa a la prohibición de la Cuarta Enmienda contra las incautaciones generales y los allanamientos sin causa probable de que un crimen ha sido cometido. La Cuarta Enmienda no hace excepción alguna o no tiene ningún estándar menor, respectivamente, para los casos que atañen a la “seguridad nacional”. Las protecciones de la Cuarta Enmienda son uno de los pilares de la república.

Independientemente de sus intenciones—Dudo que Snowden sea un espía chino debido a que China lo habría dejado en su puesto, en vez de exponerlo para publicitar que los EE.UU. espían a su propio pueblo, algo que probablemente a China le preocupe poco—Snowden puede haber sido demasiado torpe con sus revelaciones. Sin embargo, el efecto neto de sus revelaciones puede ser positivo, a pesar de que no debería recibir el estatus de “héroe”.

Es hora de dejar de permitir que la política exterior de los EE.UU. socave la república, como el Director de la Inteligencia Nacional James Clapper parece haber hecho al mentirle al Congreso sobre estos programas masivos para espiar a los estadounidenses. ¿Por qué nadie lo está llamando traidor a la república por socavar sus pesos y contrapesos constitucionales? Incluso el famoso traidor Benedict Arnold cumplió un importante rol no reconocido en ganar la revolución americana al hacer una enorme contribución para vencer en una de las dos más importantes batallas de la guerra—Saratoga. ¿Cuál es la contribución de Clapper a los Estados Unidos? Me gustaría analizarla con más detenimiento antes de llamarlo traidor a la Constitución. Del mismo modo, deberíamos evitar las etiquetas simplistas para Snowden. El tema es demasiado complejo para eso. Sin embargo, podemos apreciar la divulgación de Snowden de la colosal mala conducta inconstitucional del gobierno.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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