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Abordando y rebatiendo los 7 principales mitos sobre la inmigración
31/5/2013
Alvaro Vargas Llosa

Ahora que el Senado finalmente se encuentra debatiendo un proyecto de ley que reformará el sistema inmigratorio, los legisladores harían bien en separar el mito de la realidad.

Mito 1: Hay más inmigrantes que nunca y estos inmigrantes rompen el molde de las oleadas anteriores.

Entre 1860 y 1920, catorce por ciento de la población era de origen extranjero. El promedio para el siglo 20 es poco más del 10 por ciento. La proporción no es diferente hoy día—alrededor del 13 por ciento. Hasta la década de 1880, la inmigración se originaba en el norte y oeste de Europa pero en décadas posteriores los inmigrantes vinieron desde Europa del sur, central y oriental, la cual era cultural, política y económicamente distinta. Por no hablar de los asiáticos, que llegaron en números significativos.

Mito 2: Los inmigrantes emigran porque son muy pobres.

Las personas más pobres migran internamente. Los países ricos, como Corea del Sur, han enviado a muchos inmigrantes a los EE.UU., mientras que las mujeres de Bangladesh, que son muy pobres, han emigrado poco, incluso en Asia, la región con la mayor tasa de migración. Europa fue un exportador neto de personas hasta el año 1980. Los lazos familiares, la preferencia ocupacional, las angustiantes condiciones locales y los lazos históricos importan. La intromisión de los EE.UU. en Cuba, las Filipinas y la República Dominicana a principios del siglo 20 fue un factor crítico en el movimiento de ciudadanos desde aquellos países hacia los Estados Unidos. Los intereses comerciales fueron clave en varios momentos en presionar a favor de la contratación legal de mexicanos.

Mito 3: Estos inmigrantes son culturalmente diferentes y amenazan el modo de vida americano.

Los inmigrantes son religiosos, familieros, emprendedores y no más propensos a la delincuencia que los nativos. El setenta por ciento de los hispanos que se trasladó a los EE.UU. en las últimas dos décadas son católicos (un quinto son cristianos evangélicos) y el 23 por ciento son protestantes. Uno de cada dos hogares indocumentados tiene parejas con hijos; sólo el trece por ciento de ellos están encabezados por padres solteros—contra un tercio de los hogares nativos. El porcentaje de trabajadores inmigrantes que son cuentapropistas es similar al de los nativos. La revalorización liderada por los inmigrantes ha revivido a los vecindarios desde Nueva York a Florida. Ajustada por edad, la proporción de inmigrantes que son delincuentes se equipara a la de los nativos.

Mito 4: Los inmigrantes actuales no se asimilan, a diferencia de las anteriores oleadas.

De todos modos, alrededor del cuarenta por ciento de los recién llegados hablan un inglés razonable, pero el patrón de tres generaciones iguala a los inmigrantes anteriores: la segunda generación es bilingŁe pero habla mejor en inglés y la tercera generación sólo habla inglés. En la tercera generación, el matrimonio con personas de otro grupo étnico es fuerte entre los inmigrantes. Hace un siglo, el diecisiete por ciento de los inmigrantes italianos de segunda generación se casaba con no italianos, mientras que en la actualidad el 20 por ciento de los mexicanos de segunda generación se casa con no hispanos (a pesar de que, habida cuenta de los números, es más fácil para ellos casarse con otro mexicano.) A los inmigrantes de la segunda generación les va mejor que a sus padres, como en el pasado.

Mito 5: Los trabajadores poco cualificados quitan puestos de trabajo, reducen los salarios y perjudican a la economía.

Como productores y consumidores, los inmigrantes ilegales agrandan la torta económica en por lo menos 36 mil millones de dólares al año. Esa cifra se triplicaría si fueran legales—diversos estudios apuntan a un impacto de un billón de dólares (trillón en inglés) sobre el PBI en diez años. Los trabajadores poco cualificados satisfacen una necesidad al aceptar empleos que otros no desean, dejando que los nativos asciendan en la escala. Sin ellos, los empleadores tendrían que pagar salarios más altos, encareciendo más esos productos y servicios. Tienen un pequeño efecto negativo sobre los salarios en el extremo más bajo el cual es compensado con un aumento en los salarios de aquellos que ascienden—el efecto neto es un aumento del 1,8%.

Mito 6: Un sistema flexible significaría una invasión de extranjeros.

La inmigración indocumentada se autorregula. Cuando hay demanda de trabajo inmigrante, vienen en gran número; en tiempos de recesión, el flujo se detiene. Entre 2005 y 2010 la inmigración neta se redujo a cero. La legalización de este mercado indocumentado mantendría la dinámica. Dado que el gran número de personas indocumentadas implica que las barreras legales no han sido muy eficaces, es seguro asumir que las fuerzas del mercado serían similares en un sistema flexible. ¡México está progresando y el problema para los EE.UU. será pronto cómo atraer más mano de obra extranjera!

Mito 7: Los inmigrantes no pagan impuestos y cuestan más de lo que aportan.

Los inmigrantes pagan muchos impuestos locales y estatales, incluidos los tributos sobre los bienes inmuebles y a las ventas, y cerca de 7 mil millones de dólares en aportes a la Seguridad Social. Entre los años 1970 y 1990 representaron 25 mil millones de dólares más en ingresos fiscales de lo que cuestan. Ellos contribuirían mucho más si fuesen documentados. La mayoría de los niños inmigrantes tienen al menos un padre que es ciudadano, por lo que computarlos a todos ellos como parte del costo de la inmigración es engañoso. El Estado de Bienestar nunca fue un factor de “atracción”: hasta después de la Segunda Guerra Mundial los inmigrantes no tenían derecho a los programas de asistencia. Los inmigrantes no provocaron que el gasto público creciera 50 veces en un siglo.

Traducido por Gabriel Gasave


Alvaro Vargas Llosa es Académico Asociado Senior del Centro Para la Prosperidad Global en The Independent Institute y editor de Lessons from the Poor.



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