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La Acción Afirmativa es un insulto a los aportes de los inmigrantes
10/12/2002
Wendy McElroy

El fuego cruzado de comentarios acerca de la decisión de la Suprema Corte de los EE.UU. de revisar la acción afirmativa deja una cosa en claro: La izquierda cree que los conceptos de “justicia,” “igualdad” y “libertad le pertenecen.”

Aquellos quienes nos oponemos a la acción afirmativa somos descartados como “tan solo no la comprendemos.” Lo cierto es, que comprendemos estos conceptos demasiado bien.

El caso concierne a la política de la University of Michigan de otorgar puntos adicionales para la admisión de los postulantes negros, hispanos y estadounidenses nativos meramente debido a que son minorías. Los blancos, debido a su color de piel, deben cumplir con un estándar más elevado. (El caso posee implicancias inmediatas para el genero.)

Esto es discriminación. La pregunta que surge “¿es una discriminación adecuada?” O, más ampliamente, ¿es por casualidad correcto que una institución financiada mediante impuestos privilegie sistemáticamente a una clase de individuos a expensas de otra?

Martin Luther King, el líder del movimiento por los derechos civiles en los años 60, no lo pensaba. En su justamente célebre discurso “Tengo un Sueño” King declaraba, “Tengo un sueño de que mis cuatro hijos vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter.”

Lo líderes contemporáneos de los “derechos civiles” están pretendiendo que los nietos de King sean juzgados en base al color de la piel. Más que esto: Defienden reducir los obstáculos para las minorías, presumiblemente porque consideran que las minorías no pueden competir en igualdad de condiciones con los blancos (o los varones blancos), a pesar de décadas de políticas de nivelación tales como la acción afirmativa.

Los defensores de la acción afirmativa utilizan al color de la piel o al genero para crear clases privilegiadas recordando las inequidades históricas. Debido a que algunas clases fueron alguna vez legalmente oprimidas, se sostiene que las mismas deberían ser privilegiadas en la actualidad. El mote de clase privilegiada se vuelve bueno o malo dependiendo de quien lo reciba.

Tan solo uno de los problemas con esta posición es el hecho de que los individuos que son privilegiados hoy no fueron los oprimidos en el pasado. Además, los individuos que están siendo legalmente oprimidos hoy no han cometido ofensa alguna.

Mis ancestros irlandeses son un ejemplo de esto último. En el siglo 19, los estadounidenses veían al medio hambriento inmigrante irlandés como menos que humano. De hecho, los dueños de las plantaciones empleaban a los irlandeses para realizar tareas peligrosas, como limpiar pantanos, debido a que los mismos eran considerados menos valiosos que los esclavos. La ofensiva detrás de la escuela pública y de la legislación sobre la delincuencia juvenil era mayormente un deseo de “Cristianizar a los Católicos”—los inmigrantes irlandeses.

Tales inmigrantes no tuvieron nada que ver con la esclavitud, el robo de tierras a los indios o alguna de las inequidades históricas que son tratadas como facturas por un coleccionista de cuentas. Los inmigrantes europeos del siglo 19 huyeron desde sociedades que legalmente los oprimían y privilegiaban a otros. Escaparon a un lugar donde el trabajo extremo podría ofrecerles una vida mejor para sus hijos. Y prosperaron a pesar de un sistema que brutalmente discriminaba contra ellos. Prosperaron porque, para los propósitos más prácticos, eran iguales ante la ley.

Norteamérica era vista como una sociedad sin clases. No cumplió con esa descripción, pero se le aproximó más que cualquier otro lugar del mundo. Para muchos inmigrantes, aún una aproximación del ideal destellaba como un faro: Una sociedad en la cual todas las personas—especialmente sus hijos—fuesen iguales ante la ley. Y, a través de los siglos 19 y 20, los Estados Unidos se aproximaron a esto reconociendo la igualdad de derechos de las minorías y de las mujeres.

La acción afirmativa ignora los sueños de los inmigrantes y los sacrificios por sus hijos. En cambio, la misma le pide al estado que se convierta en un historiador remediador quien busca a través de siglos de injusticias escudriñando y escogiendo qué raza y qué sucesos serán colocados como cargas sobre las espaldas de los contribuyentes y de los niños de hoy. Los descendientes de inmigrantes europeos serán legalmente desaventajados porque son blancos o, aún peor, varones blancos.

Y, si alguien lo objeta, los primeros contra-argumentos vertidos son contra la persona, tales como “racista” o “sexista.”

Un sistema que dice que los obstáculos deben ser reducidos para mi, debido a que soy mujer, o para mi esposo porque él es hispano, es un insulto para ambos. No necesito que un Gran Hermano o Gran Hermana me proteja de ser juzgada en base a mis méritos. Sea mi invitado y llamemos a estas creencias racistas y sexistas.

Las mismas serán también llamadas “elitistas.”

La Izquierda ha efectuado un juego de prestidigitación político por excelencia. El argir por un sistema legal e instituciones solventadas con impuestos que sean ciegas al color o al genero es ahora llamado elitista. La igualdad es ahora definida como privilegios basados en el color y en el genero.

A través de la historia, la libertad ha crecido al derrumbar los privilegios legales que exaltan a algunos y dejan a otros en la servidumbre. En Inglaterra, la Carta Magna privó al rey de derechos exclusivos y eso se extendió a los nobles; la caída del feudalismo extendió los derechos de propiedad de los nobles a los campesinos. En los Estados Unidos la extinción de la esclavitud extendió la “propiedad sobre la propia persona” de los blancos a los negros; el movimiento de las mujeres extendió el reconocimiento legal pleno de los hombres a las mujeres.

La libertad significa reconocer que todo ser humano posee cada derecho humano en igual medida.

Las parodias del pasado ocurrieron precisamente porque este principio fue ignorado. La solución entonces fue la de remover los privilegios de la ley. La solución sigue siendo la misma.

Aquellos que argumentamos en contra de la acción afirmativa “comprendemos” los conceptos de “justicia,” “igualdad” y “libertad.” Por eso precisamente es que decimos: eliminen a la acción afirmativa.

Traducido por Gabriel Gasave


Wendy McElroy es Investigadora Asociada en the Independent Institute y directora de los libros del Instituto, Freedom, Feminism and the State y Liberty for Women: Freedom and Feminism in the Twenty-first Century.




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