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Aguardamos inútilmente por la catástrofe que nuestros gobernantes están creando
23/9/2002
Robert Higgs

No puedo dejar de pensar en 1939, cuando todos podían ver a la guerra aproximarse y nadie, al parecer, podía hacer algo para detenerla. Contemplando la catástrofe inminente, W. H. Auden escribió,


In the nightmare of the dark
All the dogs of Europe bark,
And the living nations wait,
Each sequestered in its hate;
Intellectual disgrace
Stares from every human face
And the seas of pity lie
Locked and frozen in each eye.


(“In Memory of W. B. Yeats,” 1939)


En la pesadilla de la oscuridad
Todos los perros de Europa ladran.
Y las naciones vivas aguardan,
Todas ellas aisladas en su odio;
La ignominia intelectual
Observa fijamente desde cada rostro humano
Y los mares de la mentira piadosa
Encerrada y congelada en cada ojo.


Los perros de la guerra no están ladrando en Europa sino en el Distrito de Columbia, y de nuevo la gente está observando con incredulidad como se desarrolla la tragedia. Advertimos como el desastre es diseñado y pregonado, observamos a la desgracia intelectual mirándonos fijamente desde los rostros de George W. Bush y sus colaboradores, y notamos los mares de mentiras piadosas atrapadas y congeladas en sus ojos. Sin embargo, nada podemos hacer para evitar que quienes crearon esta calamidad en ciernes lleven adelante la devastación.

Me pregunto si ellos alguna vez yacen despiertos durante la noche e imaginan los rostros de los hombres, mujeres, y niños—gente a la que no conocen, personas que no los conocen y que no pueden lastimarlos—quienes pronto morirán, sus cuerpos aplastados, desgarrados, y calcinados por la fuerza de las municiones estadounidenses explotando en sus calles, hogares, tiendas, escuelas, y hospitales. Esas bombas son inteligentes, no cabe duda, pero son mejores en matemáticas que en moralidad. Incluso cuando funcionan como se supone que lo hagan, no son lo suficientemente inteligentes como para discriminar entre el inocente y el culpable a medida que detonan en un área densamente poblada tal como Bagdad. ¿Duermen pacíficamente Dick Cheney y Donald Rumsfeld por estos días, o se despiertan merodeados por las visiones de los extraños inocentes a los que se están preparando para aniquilar? ¿se levantan a medianoche para lavarse las manos, tan solo para descubrir que no pueden limpiar la condenada mancha?

En el Congreso, los políticos declaran su fuerte apoyo para la nueva política del presidente de guerras preventivas globales y, en particular, para su inminente ataque contra los enclenques, empobrecidos, y casi indefensos iraquíes. Los legisladores no se atreven a oponerse al plan del presidente, en virtud de que entonces sus oponentes electorales pondrían en duda su patriotismo. Su patriotismo, al parecer, requiere que sacrifiquen su claro deber constitucional por el bien de las apariencias de la campaña. Un patriotismo más profundo—una fidelidad para con los principios de la República Estadounidense—yace más allá de su comprensión. En nombre de un patriotismo vulgar y superficial, abandonan toda lealtad para con las tradiciones que alguna vez hicieron de los Estados Unidos un faro de la libertad, en vez de un matón a escala mundial para ser temido y detestado. El Congreso puede ponerse en pose y simular, pero no hará nada sustancial por ejercer su autoridad constitucional de decidir respecto de sí comprometer o no a la nación en una guerra. Mejor coopera, y sanciona una resolución vaga y que implique un cheque en blanco. Más adelante, si la guerra sale mal, los miembros del Congreso pueden criticarla; si resulta bien, pueden recibir el mérito por haberla apoyado; pero en ningún caso se colocarán en una posición en la que se los pueda considerar como los genuinos responsables.

Por lo tanto, con nuestros supinos y cobardeados representantes, no deseosos de resistirse a las usurpaciones del jefe ejecutivo, “nos el pueblo” tan solo podemos esperar y observar como el presidente permite que sus riendas sean jaladas por aquellos para quienes la guerra no será el último recurso sino la opción que ejercerán tan pronto como perciban una amenaza, modesta sin embargo, a su dominación del mundo. Los viejos limites se han vuelto irrelevantes. El gobierno estadounidense ya no se contenta más con gobernar sobre un vasto dominio continental. Ya no encuentra más satisfacción meramente en una Doctrina Monroe que proclama su hegemonía en el hemisferio occidental. No, nuestros mandatarios han declarado en un lenguaje lo suficientemente llano, en su nueva “Estrategia de la Seguridad Nacional de los Estados Unidos,” hacha pública el 20 de septiembre, que intentaban dominar al mundo entero. Algunos miembros de la clase política hablan con franqueza del imperio; otros evitan la palabra pero abrazan la sustancia. Pero sin embargo, no se equivoque: la República Estadounidense ya no está tan solo moribunda; se encuentra lapidada.

A pesar de que muchos estadounidenses comunes parecen no tener reclamo alguno con lo que está haciéndose en su nombre, muchos otros se oponen a esta imprudencia imperial y a las brutalidades que la expresan y la sostienen. Para los disidentes, el gobierno ha preparado una recepción acorde. Los informantes TIPS* se están preparando para informar sobre ellos. Las celdas en las prisiones aguardan para recibir a más “testigos materiales,” “combatientes enemigos,” y a cualquiera que sea acusado, sin importar cuán infundadamente, de asistir o de instigar a supuestos terroristas. Para estos desdichados, ningún pedido de habeas corpus le arruinará el día al gobierno; la sombra de ningún abogado defensor ensombrecerá la entrada de sus interrogatorios secretos. Tal como lo han dejado en claro el Presidente y el Procurador General John Ashcroft, si usted no está con el gobierno, está contra él, y ellos han demostrado ya cuán lejos desean llegar para lidiar con aquellos que se les oponen. De aquí en adelante, gracias a la Ley PATRIOTA de los EE.UU., todos nosotros estaremos sujetos a una vigilancia más próxima. En la medida en que sean monitoreadas y regimentadas sistemáticamente por parte de nuestro propio gobierno, incluso las elementales libertades de movimiento, de expresión, y de reunión se irán por la borda. A su tiempo, todos nosotros aprenderemos a quedarnos tranquilos, si es que sabemos lo que es bueno para nosotros y para nuestras familias.

Se nos dijo que las nuevas políticas del gobierno, con sus guerras perpetuas “para mantener la paz,” nos traerán seguridad, pero no lo harán. En cambio, la violencia global del imperio estadounidense creará un reservorio sin fondo de vengativos terroristas. Al insistir en atizar su bastón imperial en cada nido de avispas del planeta, el gobierno estadounidense asegurará que sus ciudadanos continuarán siendo aguijoneados. Ya sea que puedan viajar, en el país o en el exterior, estarán en riesgo de un ataque por parte de hombres o mujeres afligidos.

Tal vez no deberíamos llorar. Tal vez, el pueblo alguna vez libre que rinde sus libertades tan fácilmente, tan injustificadamente, no merezca nada mejor. Mientras tanto, solamente podemos esperar inútilmente que nuestros amos comiencen la catástrofe en Irak, y solo el cielo sabe en dónde más.

*Nota del Traductor:
Se refiere al Terrorism Information and Prevention System o Sistema de Información y Prevención del Terrorismo.

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Investigador Asociado Senior en Política Económica y Editor General, The Independent Review, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.




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