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Dos brillantes ideas para reducir los precios de los medicamentos
24/6/2002
Alexander T. Tabarrok

Todos están preocupados acerca del precio en ascenso de los productos farmacéuticos pero nadie parece saber qué hacer respecto del problema. En realidad, las soluciones son ofrecidas todo el tiempo. Entre las propuestas más populares se encuentran la de imponer controles de precios sobre los fármacos, emplear el poder negociador de los gobiernos federal y estaduales para extraer concesiones de precios “voluntarias” por parte de la compañías farmacéuticas, o hacer que los medicamentos genéricos alcancen más rápidamente el mercado como lo propone la ley McCain-Schumer que actualmente está siendo debatida en el Congreso.

Ninguna de estas supuestas soluciones, sin embargo, la acierta con la compensación fundamental que se da entre precios más bajos de los fármacos y más fármacos nuevos. Desarrollar un nuevo medicamento es un proceso cada vez más caro y riesgoso. El costo promedio de traer un medicamento al mercado es en la actualidad de aproximadamente $800 millones, y de cada 5.000 compuestos que son evaluados en el laboratorio se estima que solamente uno terminará siendo un fármaco comercializable. Las firmas farmacéuticas gastan cientos de millones de dólares en investigación tan sólo debido a que, si son afortunadas, inventarán un fármaco exitoso que les hará ganar miles de millones de dólares en beneficios. Quitemos la expectativa de una gran ganancia al cabo de los 12 a 15 años de investigación que insume traer una nueva droga al mercado, y el incentivo para desarrollar nuevos medicamentos es substancialmente disminuido.

Casi cada propuesta para controlar los precios de los medicamentos pretende que esta compensación fundamental no existe—pero sí existe. La compensación, sin embargo, no es insuperable. Las dos reformas propuestas disminuirían de hecho los precios de los medicamentos sin reducir el incentivo para crear nuevos fármacos: las adquisiciones de las patentes y la reforma de la FDA (siglas en inglés para la Administración de Alimentos y Fármacos).

El economista de Harvard Michael Kremer explica las compras de las patentes en su capítulo en el nuevo libro Entrepreneurial Economics: Bright Ideas from the Dismal Science (Oxford University Press). Kremer sostiene que el gobierno, o una acaudalada organización sin fines de lucro, debería adquirir las patentes farmacéuticas y concederle los derechos al público de manera gratuita. Las compras de las patentes reducirían los precios de los productos farmacéuticos en un 60 al 70 por ciento debido a que en vez de tener que esperar una década o más para que la patente expire, los fabricantes de medicamentos genéricos podrían comenzar inmediatamente a vender los nuevos fármacos en un mercado competitivo.

Las adquisiciones de las patentes no impedirían la innovación porque la firma innovadora estaría bien compensada por su investigación. De hecho, el comprador de la patente podría fácilmente incrementar el incentivo para innovar, elevando el precio de la compra.

¿Pero qué ocurre si un comprador de una patente no sabe cuánto valen los derechos para un nuevo medicamento? ¿Qué evitará que la adquisición de la patente se convierta en un antieconómico subsidio a la investigación de baja calidad? Kremer ofrece una solución ingeniosa para este problema: invitar a los titulares de patentes a ofrecer sus derechos en una subasta pública. El regateo abierto y competitivo por los derechos del nuevo medicamento establecerá una buena estimación de su verdadero valor. El gobierno podría entonces emplear la información de las ofertas para adquirir la patente—quizás con una oferta algo más alta que la postura más elevada de la subasta. Obviamente, si los oferentes no-gubernamentales jamás ganan la subasta no tienen incentivo alguno para ofertar adecuadamente—la principal motivación para llevar a cabo la subasta—por lo que Kremer sugiere que en subastas elegidas aleatoriamente los derechos sobre las patentes pasen al mayor oferente no-gubernamental, en lugar de al gobierno.

Las compras de las patentes serían costosas, pero los ahorros para los consumidores de los productos farmacéuticos serían aún más grandes. Y, como el gobierno es un comprador importante de los mismos a través del Medicaid y del Medicare, una porción del precio de la compra retornaría al mismo mediante ahorros directos de costos.

La idea de Kremer de la adquisición de patentes se complementa con las propuestas para reestructurar a la FDA.

El costo de $800 millones de traer un nuevo medicamento al mercado no es un hecho de la naturaleza pero se debe considerablemente al costo de llevar a cabo los exámenes clínicos que la FDA exige. Los exámenes clínicos tienen valor pero la FDA no pondera los beneficios de los exámenes clínicos adicionales contra los costos de demorar el medicamento, la pérdida de fármacos debido a los altos costos de tornar no rentable a la producción de ciertos productos, y a los precios más altos de los medicamentos.

La FDA puede cometer dos clases de errores. Puede autorizar un mal medicamento, y puede fallar en autorizar a un fármaco bueno. Los incentivos prejuiciosos de la FDA son un resultado del hecho de que cuando la misma permite un medicamento que resulta ser pernicioso, es ridiculizada. Pero cuando la FDA se abstiene de autorizar un fármaco que hubiese hecho mucho bien, la misma usualmente recibe poca crítica. Además, a pesar de que el proceso de aprobación de la FDA es un factor significativo en el alto costo de la investigación de los fármacos, la FDA elude en gran medida la culpa por los altos precios de los medicamentos.

Como un resultado de estos prejuicios, los funcionarios de la FDA están muy preocupados de que la gente pueda morir a causa de medicamentos inseguros autorizados por la FDA, pero mucho menos inquietos acerca de la circunstancia de que individuos morirán por la carencia de terapias eficaces o por los altos precios de los medicamentos.

Una reforma de la FDA que debería ser inmediatamente implementada es la de permitir que cualquier medicamento que haya obtenido autorización por parte del equivalente del organismo en otros países adelantados, sea vendido en los EE.UU.. (Por otras propuestas de reforma véase www.FDAReview.org.)

Si un medicamento es permitido en la Unión Europea, por ejemplo, entonces dentro de los 90 días la FDA debería automáticamente permitirlo en los EE.UU.. Históricamente, tales países han autorizado fármacos más rápido que los EE.UU.—con pocas consecuencias adversas y muchas buenas. Evitar demoras innecesarias y la antieconómica duplicación de los procesos de aprobación reducirá los costos de traer nuevos medicamentos al mercado, alentará más investigación farmacéutica, y reducirá los preciso de los fármacos.

Los avances científicos están haciendo de manera creciente de los productos farmacéuticos un aspecto importante del cuidado médico. Así, los reclamos por precios más bajos es probable que se vuelvan más estridentes a medida que transcurre el tiempo. Pero los intentos regulatorios para reducir los precios invariablemente reducirán la introducción de fármacos más nuevos y mejores. Si deseamos reducir el precio de los medicamentos y a la vez mantener o incrementar los incentivos para innovar, precisamos pensar más emprendedoramente.

Traducido por Gabriel Gasave


Alexander Tabarrok es Senior Fellow en The Independent Institute, Profesor Asociado de Economía en la George Mason University, director de los libros del Instituto, Entrepreneurial Economics, The Voluntary City (con D. Beito y P. Gordon), y Changing the Guard: Private Prisons and the Control of Crime.




  • MyGovCost.org
  • FDAReview.org
  • OnPower.org
  • elindependent.org