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Aborto: Un atolladero moral
11/6/2002
Wendy McElroy

Aborto. La sola palabra causa que una conversación civilizada abandone la habitación. Esto se debe en gran medida a que las posiciones pro-elección y pro-vida están siendo definidas por sus extremos, por aquellos que vociferan acusaciones en vez de argumentos.

Las voces e inquietudes más razonables, a ambos lados de la cerca, son desestimadas.

Por ejemplo, las extremistas pro-vida parecen no deseosos de trazar distinciones entre algunos abortos y otros, tales como aquellos que resultan de la violación o el incesto con una niña menor de edad. Ellos no harían ninguna excepción en el reciente caso de la vida real de una mujer que descubrió, en su quinto mes de embarazo, que su bebé nacería muerto en razón de severas discapacidades.

Por otra parte, las extremistas pro-elección dentro del feminismo insisten en mantener posiciones inconsistentes. La mujer embarazada posee un derecho incuestionable al aborto, sostienen. No obstante, si el padre biológico no tiene nada que decir acerca de la elección de la mujer, ¿es razonable imponer obligaciones legales sobre él por la prestación alimentaria del niño? ¿Puede una obligación legal absoluta sujetarse sin los correspondientes derechos legales de ninguna clase?

La única esperanza para el progreso en el diálogo sobre el aborto yace en el gran medio excluido, en las voces del conjunto medio que ven algo desacertado en el hecho de que una joven sea obligada a parir al bebé de un violador.

Cualquier comentario sobre el aborto debería incluir una declaración de la posición del escritor. Yo represento lo que parecería ser una creciente “postura media” en la opinión pro-elección. Legalmente, creo en el derecho de cada ser humano de controlar médicamente todo lo que se encuentra bajo su propia piel. Muchas cosas que la gente tiene derecho de hacer, sin embargo, me parecen claramente equivocadas: el adulterio, mentirles a los amigos, abandonar a alguien que está sangrando en la calle. Algunas formas de aborto caen dentro de esa categoría. Moralmente hablando, mis dudas se han vuelto tan extremas que no podría someterme el procedimiento pasado el primer trimestre e intentaría disuadir a personas amigas de hacerlo.

El aborto del parcialmente nacido ha arrojado a muchas defensoras pro-elección dentro de una escisión moral. Encuentro imposible mirar fotos de abortos avanzados—las característica contorneadas del feto, las manos diminutas plenamente formadas, las extremidades moviéndose a los costados—sin experimentar náuseas. Esta reacción me vuelve inútil para apoyar el derecho absoluto al aborto. Sostengo el principio que dice “un cuerpo de la mujer, un derecho de la mujer”, pero no siempre me enorgullezco de mí misma por hacerlo.

Es difícil recordar cuántas veces otras feministas me han urgido a no expresar reservas morales. “El aborto requiere de la solidaridad”, es la línea general de la argumentación. Tales voces le hacen tanto daño a la posición pro-elección como las fanáticas anti-aborto a la pro-vida al hostigar a las mujeres a medida que ingresan en las clínicas.

Fanáticas a ambos lados están empleando tácticas condenables y falaces. Un diálogo honesto sobre el aborto debe comenzar por restablecer el escenario, por denunciar los enfoques que bloquean la comunicación.

¿Cuáles son esos enfoques?

Muchas defensoras de la pro-elección aprueban el empleo de dinero proveniente de los impuestos para financiar el aborto. Por ejemplo, comenzando en julio, el entrenamiento sobre el aborto—anteriormente electivo—será una preparación obligatoria para los residentes obstetras y ginecólogos en los 11 hospitales públicos de la ciudad de Nueva York. Aquellos que deseen eludir el entrenamiento exigido deberán suministrar una justificación religiosa o moral. El furor creado por este empleo del dinero de los impuestos ha sido expresado como una batalla sobre el aborto cuando, en realidad, es acerca de si el gobierno debería financiar las elecciones personales de las mujeres con los impuestos de aquellos quienes las objetan fervientemente. El apoyo gubernamental al aborto debe cesar.

Las extremistas pro-vida amenazan la vida y la seguridad tanto de aquellos que lo proveen como de aquellas que se someten al procedimiento. El asesinato de médicos del “aborto” está en las noticias con el actual juicio del militante anti-aborto James Kopp, acusado de asesinar al Dr. Barnett Slepian en Nueva York y buscado por ataques contra dos médicos en Canadá.

Recientes preocupaciones han surgido por la seguridad de las mujeres involucradas. Las fanáticas anti-aborto están fotografiando a las mujeres al ingresar a las clínicas y, luego, colocando las fotografías en la Internet. Las mujeres son identificadas como “asesinas de bebés.” El movimiento pro-vida debe empezar a denunciar esta violencia o ninguna discusión puede tener lugar.

Los partidarios de la pro-elección deberían detener el intento de silenciar a aquellos con dudas y cesar su hipocresía sobre cuestiones que rodean al aborto. Considérese a la National Organization for Women o NOW según su sigla en inglés. La misma desacredita al anti-aborto como postulando la violencia contra los derechos reproductivos de las mujeres. No obstante la misma permanece muda (o mucho peor) sobre la más grande atrocidad reproductiva contra las mujeres en el mundo—la política de un solo hijo de China.

Las líderes pro-vida deberían por comenzar a ser cándidas acerca de cómo planean implementar una prohibición sobre el aborto. Por ejemplo, si consideran que el aborto es un homicidio premeditado, entonces parecen lógicamente constreñidas a imponer las sanciones para el homicidio en primer grado—incluyendo la pena de muerte, si es aplicable—sobre las mujeres que abortan y aquellos quienes las asisten. ¿Están deseando hacer esto mientras recuerdan que el homicidio no posee ningún estatuto de limitaciones?

Aquellos quienes refriegan afiches retratando a un feto abortado en las caras de los defensores de la pro-elección tienen una idéntica responsabilidad de confrontar las consecuencias de sus propias políticas. ¿Cómo, faltas de agencias gubernamentales totalitarias, pueden controlar lo qué se encuentra en el útero de una mujer, y cuándo?

No sé si la buena voluntad es posible sobre esta cuestión altamente cargada y divisiva. Ambos lados pueden encontrarse capaces de trabajar juntos sobre medidas que mejoren la situación, por ejemplo, haciendo mucho más fácil la adopción. Lo que si sé es que no se puede permitir a los extremos dominar el debate. Las apuestas en el aborto son demasiada altas.

Traducido por Gabriel Gasave


Wendy McElroy es Investigadora Asociada en The Independent Institute y directora de los libros del Instituto, Freedom, Feminism and the State y Liberty for Women: Freedom and Feminism in the Twenty-first Century.



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