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La FDA precisa una gran dosis de economía
25/10/2002
Alexander T. Tabarrok, Daniel B. Klein

El economista Mark McClellan fue unánimemente confirmado por el Senado de los EE.UU. para convertirse en el nuevo comisionado de la Administración de Alimentos y Fármacos (FDA conforme sus siglas en inglés). Anteriormente miembro del Consejo de Asesores Económicos del Presidente Bush, McClellan como jefe de la FDA se encontrará en posición de reformar la política del organismo a la luz del discernimiento económico.

El Congreso le otorgó a la FDA facultades sobre el mercado de los medicamentos para garantizar que solamente sean vendidos los fármacos seguros y eficaces. Suena cálido y tranquilizador, pero los economistas tenemos la responsabilidad profesional de reconocer lo que el economista laureado con el Premio Nobel Douglas North denomina las compensaciones terribles. En el cumplimiento de esa responsabilidad, los economistas usualmente se vuelven, como George Stigler lo expresara, vertedores de agua fría.

Numerosos economistas han estudiado “a la principal agencia reguladora de la protección del consumidor del mundo” (como la FDA se llama a sí misma en su sitio en la Internet). Cuando estos economistas expresan su juicio, siempre afirman que la FDA es demasiado restrictiva.

Al tratar de eliminar los malos fármacos, la FDA impide o retrasa la circunstancia de que muchos medicamentos buenos lleguen a los estadounidenses. Sam Peltzman fue uno de los primeros economistas en hacer esta matemática espeluznante. Su trabajo demuestra que las vidas salvadas por las restricciones de la FDA son pocas comparadas con las vidas que se hubiesen salvado con los medicamentos que estarían disponibles si la FDA no hubiese bloqueado su camino.

El economista Dale Gieringer examinó el período de relativo laissez-faire antes de 1962 y tabuló todas las catástrofes relacionadas con los medicamentos. Demuestra que pese a todo el folklore vendiendo sebo de culebra, las catástrofes serias fueron pocas y raras, siendo la peor la de las 107 personas muertas en 1937 por el Elixir Sulfanilimida (el farmacéutico utilizó un solvente venenoso, y subsecuentemente se suicidó).

Cosas terribles ocurren en el mercado libre. ¿Pero cuán terribles, y cuán a menudo? Reforzando a Peltzman, Gieringer demostró que los malos casos son pocos comparados con la mortalidad y la morbidez causadas por las restricciones de la FDA. Por ejemplo, la demora de la FDA de los bloqueadores beta provocó al menos 50.000 muertes prematuras de estadounidenses. Hay muchos casos de muertes debidas al retraso, y probablemente muchos más casos de muertes debidas a los medicamentos jamás desarrollados porque la FDA volvió a la obtención del permiso demasiado costosa y demasiado incierta. (El Tufts Center for the Study of Drug Development estima que, en promedio, cuesta $800 millones el traer un fármaco al mercado.)

Los economistas reconocen que los burócratas responden a incentivos. Al decidir sobre la solicitud de un nuevo medicamento, el funcionario de la FDA podría equivocarse permitiendo un fármaco malo. Si lo hace, un niño podría enfermarse gravemente a causa de los efectos secundarios del nuevo medicamento. Los reporteros de la televisión mostrarían al pobre niño languideciendo en una cama del hospital. Los televidentes verían y compartirían el sufrimiento. Cuando el niño muere, la gente culpa al funcionario de la FDA quien certificó el medicamento no seguro. ¿No debería de haberlo sabido mejor?

Pero el otro error es el de fallar en permitir un medicamento benéfico. Si un niño padece una enfermedad que podría ser curada por un fármaco aún no autorizado por la FDA, es improbable que los padres del niño o los médicos se dieran siquiera cuenta de esa situación. Cuando el niño muere debido a que el medicamento no se encuentra disponible o jamás fue desarrollado, ningún reportero está presente. La muerte es vista tranquilamente como una tragedia inevitable. Si alguien sabe de nuevas terapias a la espera del permiso de la FDA, y pregunta si el niño podría haberse salvado, la FDA responde que tales terapias son “experimentales” y “desaprobadas.” Y eso es todo.

Sensible a estos incentivos, y nunca muy seguro de si un fármaco es seguro, el burócrata responde en consecuencia.

A los economistas les agrada preguntar interminablemente: “¿Y qué pasaría después?” Cuando la FDA se encuentra parsimoniosa para otorgar el permiso, el desarrollo de fármacos se vuelve raquítico, y no existe mecanismo alguno de corrección automática. Esto es muy distinto de la corrección automática que tiene lugar cuando los malos medicamentos son lanzados al mercado.

El economista Robert Higgs ha publicado extensamente estudios de los reglamentos de la FDA sobre los dispositivos médicos. El encuentra que: “Los estadounidenses estarían mejor con una reducción drástica, idealmente la completa abolición del actual régimen regulatorio.” Otro economista galardonado con el Premio Nobel, Milton Friedman, concluye sobre la base de éste y de otros estudios: “La FDA ha causado ya un perjuicio enorme a la salud del público estadounidense al incrementar grandemente los costos de la investigación farmacéutica, reduciendo en consecuencia la oferta de nuevos y eficaces fármacos.”

La FDA también restringe lo que los productores de los medicamentos pueden decir acerca de sus productos. Los economistas John Calfee y Paul Rubin han liderado el camino para mostrar como los esfuerzos de la FDA para proteger a los consumidores de la información engañosa han a menudo dilatado el conocimiento por parte del consumidor para mejorar su salud. Calfee concluye: “La evidencia es muy fuerte de que la FDA suprime un montón de información útil. La experiencia de los mercados relacionados en esta nación y en el exterior indica también fuertemente que la competencia informativa que involucra a los medicamentos y a los dispositivos es propensa a funcionar bien, y que el mercado farmacéutico no plantea problemas únicos que no puedan ser resueltos por la dinámica competitiva tradicional.”

Rubin añade que si la FDA significativamente liberalizara la expresión comercial, “los resultados serán una salud de los consumidores enormemente mejorada y precios reducidos de los productos farmacéuticos.”

El economista Murray Weidenbaum lo pone de esta manera: “WARTS y todo, el mercado competitivo es el mejor protector de los consumidores.”

Hemos creado un sitio en la Internet--FDAReview.org--que incluye un compendio de 17 diferentes expresiones de opiniones de economistas, todas hablando de la liberalización. Ningún economista que ha estudiado a la FDA arriba a una conclusión contraria.

¿Cómo ha respondido la FDA a los descubrimientos de los economistas? No lo ha hecho. La misma tan sólo ignora a los economistas. En el sitio en la Internet de la FDA hay una bibliografía de más de 50 trabajos sobre la FDA, y tan sólo uno pertenece a un economista: la tibia historia crítica de la FDA de Peter Temin.

También en ese sitio de la FDA se encuentra un trabajo exagerado titulado “Science at FDA: The Key to Making the Right Decision” (“La Ciencia en la FDA: La Clave para Tomar la Decisión Correcta”,) alardeando de todos los microbiologistas y farmacologistas empleados por la FDA. No obstante la FDA está en la tarea no de practicar la medicina ni de realizar investigación científica sino de hacer política pública. Como tal, la ciencia más relevante para sus decisiones no es la medicina o la farmacología sino la economía política. El nombrar al economista Mark McClellan como jefe de la FDA promete llevar la economía al organismo--la verdadera clave científica para tomar las decisiones correctas.

Traducido por Gabriel Gasave


Alexander Tabarrok es Senior Fellow en The Independent Institute, Profesor Asociado de Economía en la George Mason University, director de los libros del Instituto, Entrepreneurial Economics, The Voluntary City (con D. Beito y P. Gordon), y Changing the Guard: Private Prisons and the Control of Crime.




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