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Tomemos conciencia de la ley del trinquete
26/11/2001
Robert Higgs, Steve H. Hanke

A medida que los EE.UU. confrontan una nueva crisis, los oportunistas se encuentran una vez más jugando con el sistema y explotándolo para sus propios fines.

Gran parte del crecimiento del gobierno en los Estados Unidos y en otras partes tiene lugar como resultado directo o indirecto de las emergencias nacionales tales como las guerras y las depresiones económicas.

Se sanciona leyes, se crea burocracias y los presupuestos son ampliados. En algunos casos estos cambios se vuelven permanentes. El resultado es que la crisis actúa como un trinquete, modificando la línea de la tendencia del tamaño y alcance del gobierno y llevándola a un nivel más alto.

No resulta una sorpresa que los gobiernos gasten más dinero y regulen más activamente durante las crisis – las guerras y los rescates económicos son caros y complicados. Pero un gobierno más activo también atrae a los oportunistas, quienes perciben que una emergencia nacional puede servir como un pretexto útil para alcanzar sus propios objetivos.

Los EE.UU. y otros países parecieran no percatarse de esto más de lo que lo hicieron en el pasado. Y no obstante, la historia ha ofrecido muchos ejemplos para ilustrar cuán perjudicial es esto mismo.

Pensemos en la Gran Depresión. En ese entonces, los grupos de presión de los agricultores organizados, habiendo gestionado subsidios durante décadas, se aprovecharon de la crisis para aprobar un arrollador paquete de rescate, la Ley de Ajuste de la Agricultura, cuyo título la declaraba como “una ley para aliviar la existente emergencia económica nacional”.

Casi 70 años más tarde, los agricultores aún se encuentran succionando dinero del resto de la sociedad y la política agrícola ha sido ampliada para satisfacer a una variedad de otros grupos de interés, incluyendo a los conservacionistas, a los nutricionistas y a los amigos del tercer mundo.

Luego, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el gobierno representaba casi la mitad del producto bruto interno estadounidense, virtualmente cada grupo de interés trató de conectarse con el ampliamente acrecentado presupuesto gubernamental. Aún la burocracia aparentemente lejana al esfuerzo bélico, tal como el Departamento del Interior, reclamaba estar desempeñando “tareas esenciales para la guerra” y que se le concediese mayores presupuestos y más personal.

Las crisis más pequeñas también han enviado a los oportunistas a delirantes merenderos. El siempre-oportunista Fondo Monetario Internacional es un caso clásico. Establecido como parte del acuerdo de Bretton Woods de 1944, el FMI era primariamente responsable de extender créditos de corto plazo y subsidiados a los países que experimentaban problemas con su balance de pagos bajo el sistema de tasas de interés fijas de la post guerra. En 1971, sin embargo, Richard Nixon, entonces presidente de los EE.UU., cerró la ventanilla del oro, señalando el colapso del acuerdo de Bretton Woods y, presumiblemente, la defunción del propósito original del FMI. Pero desde entonces el FMI ha utilizado cada supuesta crisis para expandir su alcance y escala.

Las crisis petroleras de los 70 le permitieron a la institución reinventarse a sí misma. Aquellas conmociones requerían más prestamos del FMI para facilitar, si, ajustes de la balanza de pagos. Y hubieron más prestamos: desde 1970 a 1975, los mismos se incrementaron en un 58 por ciento en términos reales.

Con la elección de Ronald Reagan como presidente de los EE.UU. en 1980, parecía que el oportunismo del FMI impulsado por las crisis podría ser refrenado. No obstante, con el comienzo de la crisis de la deuda mejicana, más prestamos del FMI fueron “requeridos” para prevenir la crisis de la deuda y los desastres bancarios. La justificación fue utilizada por nadie más que el Presidente Ronald Reagan, quien personalmente presionó a 400 de los 435 congresistas para obtener la aprobación de un incremento de la cuota estadounidense para el FMI. Los préstamos del FMI escalaron nuevamente, subiendo un 27 por ciento en términos reales durante el primer mandato del Sr. Reagan.

No resulta sorprendente que los sucesos del 11 de septiembre no captaran al inflexible FMI. El 18 de septiembre, Paul O’Neill, el Secretario del Tesoro de los EE.UU., desayunó con Horst Kohler, el director administrativo del FMI, para discutir las necesidades financieras de los socios de la coalición. También en la agenda de la reunión estaba la negativa de fondos del FMI para los países que fallaron en adherirse a la línea de Washington.

Dentro del gobierno de los EE.UU., la emergencia más reciente ha dado cobertura a una multitud de oportunistas parroquiales, cuyas propuestas van desde rescatar a las líneas aéreas hasta la nacionalización de la producción de vacunas. El “paquete de estimulo” resultante asciende a cerca de 100 mil millones de dólares equivalentes a 70 mil millones de libras esterlinas.

El trinquete continua operando también sobre la ideología. Una encuesta reciente realizada por The Washington Post indica que el 53 por ciento de los estadounidenses creen que el gobierno “es administrado en beneficio de todo el pueblo”, por encima del 35 por ciento que creía lo mismo el año pasado. Solamente el 37 por ciento convino que “el gobierno se encuentra grandemente administrado por unos cuantos colosales intereses experimentando para ellos mismos”, el porcentaje es el más bajo desde 1966, cuando el 33 por ciento adoptaba esa visión.

Sería mucho esperar un rápido final de la ley del trinquete pero es hora de reconocer lo que está aconteciendo. Eso, al menos, puede facilitar el revertir la tendencia durante las épocas de estabilidad.

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Investigador Asociado Senior en Política Económica y Editor General, The Independent Review, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.




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