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La era post-Chávez ya ha comenzado
11/1/2013
Alvaro Vargas Llosa

El grave estado de salud del presidente venezolano Hugo Chávez y su prolongado confinamiento en un hospital cubano ha generado una crisis constitucional y una lucha de poder entre dos subordinados.

La naturaleza del régimen “bolivariano”—un clásico Estado populista latinoamericano conducido por un caudillo—explica el caos en Venezuela. Nadie sabe qué hacer.

A diferencia de una dictadura de partido único institucionalizada, como el antiguo sistema de México bajo el Partido Revolucionario Institucional, la autoridad en Venezuela no puede migrar fácilmente de un líder a otro debido a que las estructuras de poder no son más poderosas que la persona que las encarna. Los presidentes mexicanos eran todopoderosos pero sólo durante su mandato de seis años, después del cual eran vilipendiados por su sucesor de manera tal que las estructuras de poder pudiesen permanecer bajo una apariencia de renovación.

En Venezuela, no existe tal arreglo, razón por la cual hace un mes, poco después de su reelección para un cuarto periodo, Chávez reveló que su cáncer había reaparecido y pidió a los venezolanos elegir a Nicolás Maduro, a quien había designado a toda prisa vicepresidente, en caso de que no pueda continuar.

De acuerdo con la constitución, si el presidente electo no puede prestar juramento a causa de una ausencia “absoluta”, debe ser reemplazado por el presidente de la Asamblea Nacional y celebrarse nuevas elecciones. Si la ausencia “absoluta” tiene lugar después de que haya jurado el cargo, el vicepresidente reemplaza al presidente y convoca a nuevos comicios. Con el argumento de que Chávez se encuentra ausente sólo “temporalmente”, sus funcionarios están maniobrando frenéticamente para mantenerlo como presidente. Esta semana, decidieron “posponer” la ceremonia de juramento que debería haber tenido lugar el 10 de enero (el máximo tribunal de Venezuela ratificó la demora el miércoles) en lo que parece una abierta violación de la constitución, dado que la ausencia del Sr. Chávez lleva el sello de una condición permanente.

Detrás de escena, Maduro y Diosdado Cabello, un ex teniente del ejército que preside la Asamblea Nacional, están luchando por la sucesión.

Maduro cuenta con el apoyo de tres fuentes de poder vinculadas a Chávez: la hija mayor del presidente, Rosa Virginia, y su marido, el ministro de Ciencia y Tecnología Jorge Arreaza, quienes han asumido una gran influencia durante el drama del cáncer del líder; Cuba, un aliado cercano de Venezuela considera que Maduro es el heredero más fiable; y Rafael Ramírez, presidente de Petróleos de Venezuela SA, el gigante del petrolero. A costa de reducir su productividad en un 20 por ciento, Ramírez sigue ordeñando la vaca PDVSA que es el alma del régimen. El año pasado, de un total de 125 mil millones de dólares (billones en inglés) en ventas, 24 mil millones se canalizaron al gobierno como impuestos y regalías y 30 mil millones directamente al fondo discrecional de Chávez.

Cabello, por su parte, tiene ascendencia sobre los militares—participó en el intento de golpe de Estado encabezado por Chávez en contra de un gobierno legítimo allá por 1992, y ha involucrado al ejército en los programas sociales. Tiene cierta legitimidad porque ayudó a revertir un derrocamiento de Chávez en 2002 y es cercano a la oligarquía “bolivariana”. Pero tendrá dificultades yendo en contra de Maduro—lo que significaría desobedecer los planes del caudillo y obligar a los militares a usar la fuerza masiva contra una predecible reacción de las bases populares.

Un oficial retirado, Cabello no tiene mando directo de tropas. Chávez recientemente ascendió al general Carlos Alcalá como comandante del ejército y a Wilmer Barrientos como jefe del Comando Estratégico Operacional con el fin de diluir el poder de otros oficiales con cargos prolongados. También se aseguró que 11 de los 24 gobernadores de los estados recientemente elegidos fuesen ex miembros de las fuerzas armadas—una forma de dispersar el poder militar así como de fortalecer la entente cívico-militar.

¿Significa esto que el Maduro prevalecerá? Sólo en el corto plazo. Más allá de eso, el régimen está condenado al fracaso. Nadie detenta el control y la popularidad de la que disfrutaba Chávez. La economía es lúgubre: La inflación es del 25 por ciento y una inminente devaluación la seguirá alimentando. No hubo crecimiento económico en 2011 y, el año pasado, fue generado artificialmente gracias a un colosal déficit fiscal (que asciende a más del 16 por ciento del PIB). La deuda pública es 10 veces más grande que cuando Chávez llegó al poder. El espejismo populista que ha hecho posible que los venezolanos llenen sus tanques de gasolina por menos de 1 dólar e importen cantidades cada vez mayores de bienes y servicios mientras producen poco, terminará más temprano que tarde.

Las condiciones sociales, incluida la cuarta tasa de homicidios más alta del mundo, necesitan que la maquinaria populista marche sin problemas. Si no lo hace, con el carisma de Chávez a un lado, quedará poco amor para los subalternos.

Si la oposición tendrá una oportunidad justa en el corto plazo es otra cosa. Maduro y Cabello podrían permanecer juntos por un tiempo. Temerosos de un ajuste de cuentas, los militares podrían disparar contra la población si las calles se llenasen de manifestantes anti-gubernamentales. Y no se puede descartar que uno de los líderes que compiten por el control le haga propuestas a la oposición para negociar una transición.

En cualquier caso, la desordenada era post-Chávez ha comenzado mientras que el caudillo se acerca al día del juicio en La Habana.

Traducido por Gabriel Gasave


Alvaro Vargas Llosa es Académico Asociado Senior del Centro Para la Prosperidad Global en The Independent Institute y editor de Lessons from the Poor.




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