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La política exterior estadounidense: Donde haya un arma allí estaremos
2/5/2012
Ivan Eland

La política exterior estadounidense se ha tornado tan militarizada que los grupos de presión al parecer pueden actualmente solicitar una intervención armada del gobierno tal como los clientes en la ventanilla de auto-servicio de un restaurante de comidas rápidas pueden ordenar una hamburguesa y papas fritas. El ejemplo más reciente es la persecución por parte de las Fuerzas Especiales de los EE.UU. del loco pero brutal señor de la guerra africano Joseph Kony en las selvas de Africa central.

Recientemente, ha habido un brote de intervenciones hechas a la orden que de antemano parecían tener poco o nada de lógica estratégica y ofrecían el potencial de resultados contraproducentes, altos costos en sangre y dinero, o convertirse en pantanos interminables. De hecho, la única razón lógica para este tipo de intervenciones fue la presión de los grupos influyentes en el país. Por ejemplo, cuando todos los motivos aducidos para la invasión de Irak de George W. Bush fueron eventualmente desacreditados, la invasión parecía estar motivada por la influyente presión neoconservadora sobre la política exterior de un presidente republicano. La guerra incrementó la influencia del mayor enemigo de los Estados Unidos en el Medio Oriente—Irán—y ha dejado un Irak que de nuevo está regresando a la dictadura y tal vez incluso retornando a la guerra civil.

En el caso del derrocamiento de Muamar Gadafi, un líder que se había deshecho de su programa nuclear y estaba cooperando con Occidente, los Estados Unidos respondieron a la presión para ir a la guerra de los aliados de la OTAN, como Francia. El potencial para una lucha de facciones post-Gadafi entre las tribus armadas y milicias es muy real y podría mejorar las perspectivas de los militantes islamistas.

Pero la más curiosa de las recientes aventuras militares estadounidenses es el envío de 100 soldados del grupo de Operaciones Especiales a Africa central a perseguir a Kony. En este caso, el grupo de presión que “ganó” la batalla política no fue una poderosa facción política interna o un influyente Estado-nación aliado, sino una aguerrida agrupación sin fines de lucro que deseaba detener la violencia de Kony. En 2010, el grupo de apoyo Invisible Children presionó al Congreso para promulgar la Ley para el Desarme del Ejercito de la Resistencia del Señor (LRA) y la Recuperación del norte de Uganda. Esta ley posibilitó que en 2011 el presidente Obama enviase contingentes de las Fuerzas Especiales a cazar a Kony, el líder de ese ejército.

Y para seguir presionando a las fuerzas estadounidenses, a principios de este año Invisible Children produjo un video, “Kony 2012”, que catalogaba la brutalidad de Kony y que ha tenido gran difusión en Internet. The New York Times informó que el general Carter Ham F., comandante de las fuerzas estadounidenses en Africa, tiene un afiche de “Kony 2012” en la puerta de su oficina y cita a un funcionario de los EE.UU. diciendo: “Seamos honestos, hubo algo de presión del electorado aquí. ¿Tiene ‘Kony 2012’ algo que ver con esto? Absolutamente”.

Al igual que en la mayoría de las intervenciones, como las de Afganistán e Irak, los militares de los EE.UU. están seguros de encontrarse ganando en Africa central, incluso cuando los resultados parecen indicar lo contrario. Los militares insisten en que desde que arribaron hace unos meses, el ejército de Kony de unos 300 combatientes ha tenido que dividirse en pequeños grupos “desesperados”. Sin embargo, funcionarios de las Naciones Unidas sostienen que los grupos más pequeños han intensificado sus ataques desde que llegaron los estadounidenses. Hemos visto este fenómeno antes. Cuando las cosas no iban tan bien en Irak y Afganistán, la explicación de los militares estadounidenses para la aceleración de la violencia era que su oponente estaba “desesperado”. Los militares, por el uso continuado de este absurdo artilugio de relaciones públicas, han demostrado el viejo adagio de que la verdad es la primera víctima de la guerra.

Y esas no son las únicas consecuencias no deseadas que tal intromisión de los EE.UU. puede causar. El ejército insiste en que las fuerzas estadounidenses están evitando el combate al meramente “asesorar y asistir” a los militares autóctonos africanos en su cacería de Kony. Pero en Vietnam y otros conflictos de matorrales, los asesores estadounidenses estaban luchando en secreto y por lo tanto tenían el potencial para succionar a los Estados Unidos en una guerra escalada o más amplia. Además, la ayuda y el asesoramiento a los militares locales pueden sin querer hacer más eficientes a los militares autocráticos y brutales, como lo hicieron los muchos años de ayuda estadounidense a los dictadores latinoamericanos. Y recientemente, un oficial entrenado en los Estados Unidos derrocó al gobierno democráticamente electo de la nación africana de Malí. Gobiernos autoritarios entrenados por los EE.UU. usualmente tienen una mayor longevidad y matan a mucha más gente en el tiempo que los grupos pequeños y harapientos.

Finalmente, los EE.UU. ya no pueden darse el lujo de ser la policía del mundo. En cambio, los EE.UU. deberían basarse en los grupos regionales, como la Unión Africana, para vigilar los conflictos en los cuales los Estados Unidos no tienen ningún interés estratégico.

Si la ola del futuro es que las organizaciones sin fines de lucro y otros grupos de interés—algunos incluso bien intencionados—emplearán vídeos en Internet para impulsar intervenciones militares estadounidenses en el mundo en desarrollo, los líderes estadounidenses tienen que resistir tales presiones. Desafortunadamente, rara vez lo hacen. En Siria, videos caseros de la represión del régimen de Assad están presionando a los líderes estadounidenses para amenazar con replicar lo que se hizo en Libia. La administración Obama tiene que “tan solo decir no” a todos estos conflictos de matorrales.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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