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Las provocaciones contra Irán siguen una rica tradición
15/2/2012
Ivan Eland

Las aparentes operaciones encubiertas israelíes-estadounidenses para inhibir misiles y supuestos programas de armas nucleares de Irán—haciendo uso de asesinatos, gusanos informáticos, piezas defectuosas, fábricas que explotan, etc.—muy probablemente tengan también un objetivo secundario. Cuando Irán desafortunada y públicamente jura venganza y represalias—como al parecer ha hecho con los torpes intentos de asesinar al embajador saudí en los Estados Unidos y atentados con coches bomba al personal de las embajadas de Israel en la India y Georgia—le permite a Israel y los Estados Unidos exagerar aún más la limitada amenaza iraní a cualquiera de esos países. Al inflar la amenaza, los dos países pueden justificar mejor cualquier ataque militar contra Irán en el futuro.

Contrariamente a la creencia popular, los datos demuestran que las democracias no van a la guerra menos frecuentemente que las autocracias. Pero cuando lo hacen, a diferencia de los regímenes autoritarios, precisan ganar el apoyo del público para el esfuerzo bélico, tratando de demostrar que su oponente comenzó la pelea.

En la historia de los Estados Unidos, hay una rica tradición de engañar a los enemigos a fin de iniciar conflictos. Antes de la guerra con México, el presidente James Polk bloqueó el Río Grande (un acto de guerra), envió tropas a un territorio en disputa en la frontera texana-mejicana sobre el que los mexicanos poseían un mejor derecho, y afirmó falsamente que la respuesta mexicana había matado a soldados estadounidenses en territorio de los EE.UU.. En realidad, México se había negado a venderle a Polk lo que actualmente es el suroeste de los Estados Unidos, por lo que éste decidió atacar a un país más débil y robar un tercio de sus tierras por la fuerza armada.

En 1861, Abraham Lincoln podría haber retirado las fuerzas federales de Fuerte Sumter, que carecía de valor militar, tal como habían abogado todos sus asesores militares de alto rango, y persiguió un acuerdo con Carolina del Sur y otros estados secesionistas. Debido a que con anterioridad un buque de reabastecimiento y un barco mercante fuera de rumbo habían sido incendiados por las baterías confederadas en el puerto de Charleston, Lincoln sabía exactamente lo que sucedería si trataba de reabastecer, en lugar de evacuar, el fuerte. De hecho, para asegurarse que los confederados no se perdiesen la oportunidad de iniciar una guerra civil masiva, les anunció que una misión de reabastecimiento que transportaba sólo alimentos estaba en camino, en lugar de tratar de deslizar secretamente los suministros dentro del fuerte. Lincoln llegó a admitir que estaba tratando de provocar a los confederados para que éstos comenzaran las hostilidades, disparándole a las provisiones de pan, con el fin de ganarse a la opinión pública mundial y del norte del país.

A pesar de las protestas del comandante naval de primer rango en la escena de que la explosión en el buque de guerra estadounidense Maine no ocurrió debido a un acto criminal (que una reciente investigación ha apoyado), el gobierno de los EE.UU. culpó falsamente a los españoles, contribuyendo así a la histeria bélica en los Estados Unidos. La Guerra Española-Americana sobrevino.

En 1941, mucho antes de Pearl Harbor, el presidente Franklin Delano Roosevelt trató de provocar a Adolfo Hitler para que declarase la guerra a los Estados Unidos al ayudar activamente a los británicos a hundir submarinos alemanes en el Océano Atlántico. Hitler se negó a morder el señuelo hasta que su aliado, Japón, bombardeó Pearl Harbor. Roosevelt sabía que era probable que Japón atacase a los Estados Unidos en alguna parte. Franklin Delano Roosevelt había cortado los suministros de petróleo japoneses, motivándolos a invadir lo que hoy es Indonesia, que era rica en petróleo. Pero las Filipinas ocupadas por los Estados Unidos podran amenazar su línea de suministro. De modo tal que Japón atacó simultáneamente las Filipinas y la base naval estadounidense en Pearl Harbor.

En 1964, los EE.UU. estaban secretamente atacando la costa de Vietnam del Norte. Los norvietnamitas fueron entonces acusados de haber lanzado, con lanchas patrulleras, dos ataques de represalia contra los destructores de EE.UU. en el Golfo de Tonkin. El segundo supuesto ataque fue inexistente. Sin embargo, el presidente Lyndon Johnson ordenó ataques aéreos en represalia, logró que el Congreso aprobase la resolución del Golfo de Tonkin que suministraba una autorización indefinida para las hostilidades en el sudeste de Asia, y luego intensificó la Guerra de Vietnam.

En otra chicana, el presidente Ronald Reagan invadió la isla de Granada para “rescatar a estudiantes de medicina en peligro”. Los estudiantes difícilmente se encontraban en peligro; la verdadera intención de Reagan era remover a un gobierno pro-comunista. Durante la primera Guerra del Golfo, el presidente George H. W. Bush afirmó que Saddam Hussein, que había invadido Kuwait, estaba concentrando tropas para invadir la joya de la corona del petróleo mundial, Arabia Saudita. Esta afirmación fue utilizada para justificar el envío de tropas estadounidenses a Arabia Saudita y eventualmente para atacar a Irak. El problema era que los satélites espías soviéticos y la investigación de los saudíes de su frontera con Irak y el ocupado Kuwait no descubrió incremento alguno de tropas de Irak allí. Y todos recordamos la segunda Guerra del Golfo, en la que el presidente George W. Bush utilizó la amenaza de las inexistentes armas de destrucción masiva para justificar la invasión y ocupación del Irak de Saddam.

Por lo tanto, teniendo en cuenta la rica historia de los Estados Unidos de incitar a sus enemigos a la guerra, sigamos con atención los prolongados intentos israelíes y estadounidenses de provocar contramedidas iraníes, que luego podrían ser utilizadas para ayudar a justificar un futuro ataque militar.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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