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Un gobierno pequeño y unas fuerzas armadas grandes son incompatibles
6/2/2012
Dominick T. Armentano

Los políticos conservadores suelen afirmar que están a favor de una reducción sustancial del gasto público, tasas impositivas más bajas y más responsabilidad individual. Muy bien. Sin embargo, la mayoría de los parlanchines conservadores pierden los estribos cuando alguien sugiere que el gasto militar de los EE.UU. debería ser reducido o que la nación ya no puede darse el lujo de ser la policía del mundo.

Sostengo que el conservadurismo del gobierno pequeño y los gastos militares de un gobierno grande son inherentemente contradictorios. En pocas palabras, el mantenimiento y la expansión de una importante presencia militar estadounidense en todo el mundo durante 60 años ha demostrado ser increíblemente costosa e inevitablemente ha hecho “crecer” el tamaño del gobierno. Grandes guerras en Corea, Vietnam, Afganistán e Irak (para no hablar de los extensos bombardeos y ataques con misiles en Yugoslavia y Libia) han estado todos ellos asociados con un aumento significativo en el gasto público y una deuda nacional insostenible.

El Departamento de Defensa gasta más de 700 mil millones (billones en inglés) anualmente (año fiscal 2010), alrededor del 20 por ciento del gasto federal. Incluso esa cifra subestima sustancialmente la carga total de los contribuyentes. Algunos gastos militares están ocultos en otros organismos, tales como el Departamento de Energía y la Agencia de Seguridad Nacional, aunque el gasto sustancial por “fuera del presupuesto” es proporcionado por las llamadas “partidas suplementarias”. A modo de ejemplo, solo las guerras en Afganistán e Irak han costado a los contribuyentes estadounidenses un adicional de 3 billones (trillones en inglés) en dólares “suplementarios” e incrementado la deuda y los pagos de intereses. Para ponerlo en perspectiva, el costo de esa guerra habría financiado en su totalidad todas las prestaciones de la Seguridad Social durante más de cuatro años.

Además del coste bruto, gran parte de nuestro gasto militar es cuestionable. Como un infame ejemplo, la embajada de los EE.UU. en Irak (La “Fortaleza de Bagdad”), que abarca 104 acres (42 hectáreas) e incluye emplazamientos de ametralladoras, seis edificios de apartamentos, un gimnasio, una piscina y una variedad de tiendas comerciales, costó a los contribuyentes estadounidenses para su construcción nada menos que 750 millones de dólares, y ni hablar de lo que cuesta mantenerla. ¿Alguien se preocupa por justificar ese gasto o explicar cómo éste contribuye a la seguridad nacional?

Las tropas estadounidenses en bases extranjeras y en guerras en el extranjero (la “seguridad internacional”) absorben una parte cada vez mayor de todo el gasto militar. Menos de la mitad de las partidas del Departamento de Defensa están asociadas con la defensa de la patria. Por ejemplo, el Departamento de Defensa admite que posee 716 bases militares estadounidenses en suelo extranjero en 38 países. Los números reales son más cercanos a 1.000, puesto que los guarismos oficiales omiten las bases secretas y las bases de espionaje en zonas de guerra como Irak y Afganistán. Además, hay más de 300.000 efectivos estadounidenses basados en 177 países y 11 territorios. Increíblemente, casi seis décadas después del final de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea, hay más de 25.000 militares estadounidenses aún estacionados en Corea del Sur, más de 35.000 en Japón y casi 54.000 en Alemania.

Es hora de que los conservadores fiscales enfrenten la realidad: Nuestra política exterior intervencionista ha contribuido a nuestra cuasi bancarrota. Tenemos una deuda nacional de 16 billones de dólares (trillones en inglés), ingresos fiscales que cubren sólo el 60 por ciento de los gastos corrientes, y la imposibilidad de pagar nuestras cuentas sin acudir al endeudamiento masivo o la inflación monetaria de la Reserva Federal.

Sin rodeos, nuestro gobierno federal está quebrado. ¿Podemos y deberíamos financiar la defensa nacional legítima? Por supuesto. Pero, ¿deberíamos seguir pagando por las llamadas “guerras de oportunidad”, subsidiando a nuestros prósperos aliados europeos o edificando naciones en África o el Oriente Medio? De ninguna manera.

Traducido por Gabriel Gasave


Dominick T. Armentano es Profesor Emérito en Economía en la University of Hartford (Connecticut) e Investigador Asociado en The Independent Institute en Oakland, California. Es autor de Antitrust & Monopoly (Independent Institute, 1998)




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