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¡Me encanta ese episodio de los Simpsons! Pero aguarde, usted estaba hablando de una política inmigratoria para la vida real
30/9/2011
Art Carden

¿Alguna vez ha visto el viejo episodio de Los Simpsons donde los ciudadanos de la ciudad votan para deportar a todos los inmigrantes ilegales? Es realmente brillante: el episodio comienza con un gran alboroto por un oso que deambula por la ciudad. Homero se queja de que “es como un alucinante ‘country bear jamberoo’” en Springfield y silencia a Ned Flanders, que protesta porque es el primer oso que ha visto en Springfield. Homero arenga a la gente del pueblo y marchan al Ayuntamiento exigiendo que el alcalde Diamond Joe Quimby haga algo respecto de los osos.

El alcalde Quimby toma la decisión e inicia la “Patrulla Oso”. Los ciudadanos están contentos con la Patrulla Oso, que hace un gran trabajo para resolver un problema inexistente; sin embargo, están molestos con los impuestos adicionales que tienen que pagar. Enfrentado una vez más con una multitud enardecida, el alcalde Quimby decide que “capear este problema requiere de un verdadero liderazgo” y convence a los ciudadanos de que sus problemas se deben a los inmigrantes ilegales. Es un gran episodio que termina con el inmigrante ilegal Apu obteniendo su ciudadanía (y Willie, el encargado del campo de deportes, siendo deportado). Los Simpsons volvieron a tratar el tema de la “inmigración ilegal” hace unos años cuando Homero condujo a los “Star-Spangled Goofballs” en sus esfuerzos por hacer frente a la avalancha de inmigrantes de ascendencia noruega provenientes de la vecina Ogdenville.

Y ahora, la vida está imitando al arte. Un episodio de Los Simpson está cobrando vida en las leyes aprobadas en Arizona y Alabama que se supone van implementar enérgicas medidas contra la inmigración ilegal. The New York Times informa que tramos de la ley de Alabama fueron convalidados en los tribunales. En una historia sobre el fallo judicial, el Times cita la declaración del gobernador de Alabama, Robert Bentley, que afirma que a causa de la sentencia Alabama posee “la ley de inmigración más férrea del país”.

Como escribí en junio, eso no es algo de lo cual sentirse orgulloso. Durante los momentos económicos difíciles, los chivos expiatorios—sobre todo los chivos expiatorios que hablan raro y no votan—son fáciles de identificar. Sin embargo, identificar a los chivos expiatorios no es lo mismo que resolver los problemas del mundo real. Tan sencillo como es tratar de culpar a los inmigrantes por quitarnos nuestros empleos, aprovecharse de la asistencia social estadounidense, y todo tipo de otros males, la restricción de la inmigración es, como ha argumentado Bryan Caplan, “una solución en busca de un problema”. Esto es especialmente cierto en lugares como Alabama, donde el “problema” de la inmigración ilegal es bastante pequeño.

El grado en el que vivimos en un mundo más pobre debido a las restricciones a la inmigración es realmente sorprendente, como el economista Michael Clemens sostuvo en un trabajo reciente publicado en el Journal of Economic Perspectives. Es un tema que lamentablemente ha escapado a la atención de mucha gente interesada en aliviar la pobreza mundial. Si Clemens y otros que contribuyen a esta agenda de investigación están acertados, estamos pasándole por encima a “billetes por un billón de dólares en la acera” al restringir la inmigración.

Además, tornar ilegal a algo no equivale a detenerlo. Las barreras formales a la inmigración legal son tan onerosas y las oportunidades en los Estados Unidos son tan grandes que hay un floreciente mercado subterráneo en el contrabando de personas a través de la frontera. Me temo que las medidas institucionales que se requerirían para detener completamente a la inmigración ilegal harían que los actuales excesos de la Administración de Seguridad en el Transporte luzcan como un juego de niños. Incluso si aceptamos los supuestos de quienes se oponen a la inmigración acerca de los costos de la ésta, no queda en absoluto claro que el hecho de convertir a los EE.UU. en una fortaleza pueda guardar alguna semejanza con la “tierra del libre”.

E incluso ese supuesto contiene una concesión importante e injustificada: que los inmigrantes—incluso los que están aquí ilegalmente—son una carga neta sobre la economía estadounidense. Al abrir nuestras fronteras, estamos haciéndoles el favor a los inmigrantes de permitirles venir a nuestro país y volvernos más ricos. Si bien no estoy de acuerdo con los sindicatos en muchos aspectos, tengo que dar a la Unión de Campesinos el crédito por su brillante sitio web takeourjobs.org, donde los estadounidenses pueden inscribirse para tomar los puestos de trabajo de los trabajadores agrícolas migrantes.

Los hijos de estos inmigrantes tienen también la capacidad de ser miembros importantes de la próxima generación de innovadores y emprendedores. En algún lugar del mundo, es probable que haya alguien que tenga la capacidad de inventar el próximo Google o el siguiente iPhone. O tal vez él o ella serán meramente otra de las muchas personas “comunes y corrientes” que tan solo vivan una vida feliz y honesta. De todos modos, nos estamos disparando en el pie al dejar a él o ella fuera de la “tierra de las oportunidades”.

Linda Gibson revisó este artículo.

Traducido por Gabriel Gasave


Art Carden es Asociado Adjunto en el Independent Institute en Oakland, California, y profesor asistente en el Departamento de Economía y Negocios del Samford University.




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