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Las lecciones de Sudán para Irak
13/7/2011
Ivan Eland

¿Se acuerda de la olvidada guerra de los EE.UU. en Irak? En la Guerra de Vietnam, después del inicio del programa de “vietnamización”, que entrenó a las fuerzas de Vietnam del Sur para reemplazar a las salientes fuerzas estadounidenses, el mundo perdió interés; la gente pensó “problema resuelto”. Es decir, pensaron eso hasta que se descubrió la escalada de la guerra que el presidente Nixon realizaba en la vecina Camboya mientras se encontraba concluyendo las operaciones en Vietnam. De manera similar, en Irak, después de que los EE.UU. redujeron las tropas a 46.000 efectivos y suscribieron un acuerdo con el gobierno iraquí para retirar por completo todas las fuerzas de los EE.UU. a finales de 2011, el pueblo estadounidense comenzó a pensar “la guerra terminó”.

Sin embargo, a medida que la fecha límite para la retirada total se acerca, la violencia contra las fuerzas de los EE.UU. está nuevamente aumentando. Más personal de servicio de los EE.UU. pereció en Irak el mes pasado que en cualquier otro mes desde 2008. Aunque admite que poseen escasa evidencia, los Estados Unidos han acusado a Irán de financiar los ataques de las milicias chiitas contra las fuerzas estadounidenses.

En las guerras de guerrillas, la intención declarada por una potencia extranjera de retirarse y un incremento de la violencia a menudo van de la mano. Los guerrilleros desean que todo el mundo piense que su fuerza beligerante mandó a empacar al invasor extranjero. Por ejemplo, en Yemen durante la década de 1960, después que los británicos anunciaron su intención de retirar las fuerzas, los guerrilleros yemenitas incrementaron sus ataques contra las tropas británicas. La señal de la retirada británica también notificó a la guerrilla que era el momento de eliminar a los potenciales rivales locales por el poder en un Yemen post-británico. Lo mismo está sin duda aconteciendo en anticipación de un Irak post-Estados Unidos.

¿Pero habrá un Irak post-EE.UU.? Los Estados Unidos rara vez abandonan los países, incluso mucho después de que una amenaza es eliminada o se torna manejable—por ejemplo, Europa después de la desaparición de la Unión Soviética y Corea después de que Corea del Sur se volvió rica en comparación con su empobrecido enemigo norcoreano. Como era de esperar, los Estados Unidos están apretándole las clavijas al gobierno iraquí para conseguir que éste les pida a las tropas estadounidenses que se queden más allá del plazo final de fin de año. Muchos en el gobierno iraquí, temiendo una caída en el caos y la guerra civil después que las tropas estadounidenses partan, son en privado receptivos a esta muy mala idea. Lo único que puede salvar al gobierno de los EE.UU. de un terrible error es el pueblo iraquí. La ocupación estadounidense se ha vuelto tan impopular en Irak que esos mismos receptivos políticos iraquíes, entre ellos el Primer Ministro Nuri al-Maliki, tienen miedo de defender públicamente una presencia militar estadounidense a largo plazo. Si una parálisis así continúa dentro del gobierno iraquí o a menos que una solución mágica pueda ser pergeñada para retener a las fuerzas de los EE.UU., ellas por suerte tendrán que abandonar el país.

Pero si las tropas de los EE.UU. son forzadas a retirarse, ¿no se abandonará todo el “progreso” e Irak se encaminará hacia un renovado caos o incluso una guerra civil? Ese progreso en la reducción de la violencia ha ocultado las profundas fisuras etno-sectarias en Irak que probablemente entrarán en ebullición después que los efectivos estadounidenses se marchen. Desafortunadamente, una de las principales razones para la reducción de la violencia ha sido la separación de las distintas facciones etno-sectarias a través de la limpieza étnica. No obstante, ahora que dicha limpieza étnica ya ha ocurrido, tal vez Irak podría aprender una lección de la nueva nación de Sudán del Sur.

Sudán acaba de finalizar una guerra civil etno-sectaria de cinco décadas (con 2 millones de víctimas como resultado de ella) mediante la partición del país. Este resultado fue introducido lentamente y votado en un referéndum en Sudán del Sur y no impuesto por una potencia extranjera o por un apartheid forzado internamente (una separación desigual e involuntaria de grupos lograda mediante la intimidación o la fuerza bruta). La partición de Sudán aún no está fuera de peligro, debiendo aún ser resueltos el litigioso trazado de las fronteras y la distribución de los ingresos petroleros—cuestiones que también serían cruciales y difíciles en una descentralización de la autoridad gubernamental en Irak o en la partición de ese país.

En cualquier descentralización o partición, la investigación académica demuestra que la creatividad es necesaria en el ajuste de las fronteras para que un grupo minoritario de gran tamaño no quede del lado equivocado de un límite y así amenazar al grupo mayoritario. La historia demuestra, sin embargo, que las fronteras no tienen que ser trazadas perfectamente: un pequeño grupo minoritario dejado en el lado equivocado de una frontera es menos amenazante para la mayoría y por lo tanto menos proclive a causar violencia. Ambos resultados pueden verse en la partición de Irlanda a comienzos de la década de 1920. Cuando la Irlanda dominada por los católicos (la población era más del 90 por ciento católica) se separó del Reino Unido, dejando a la parte norte (dos tercios protestante y un tercio católica) con Gran Bretaña, décadas de violencia tuvieron lugar en el norte, pero muy poca tuvo lugar en el sur.

En resumen, incluso si las tropas estadounidenses fuesen compelidas a retirarse completamente de Irak, los iraquíes aún tendrían la oportunidad de evitar graves conflictos etno-sectarios o una guerra civil mediante una descentralización o partición negociada voluntariamente, similar a la alcanzada en Sudán. Entonces no habría ningún gobierno central fuerte y potencialmente opresivo respecto del cual los grupos rivales pudiesen luchar por el control. Además, los iraquíes estarían haciéndole un favor al pueblo estadounidense al forzar al gobierno de los EE.UU. a abandonar un peligroso y costoso puesto de avanzada en un imperio que los Estados Unidos ya no pueden permitirse.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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