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¿Quo vadis Brasil?
6/4/2011
Alvaro Vargas Llosa
Washington Post Writers Group

San Pablo—Solemos mencionar a Brasil, junto con China e India, como un gigante en ciernes. Los brasileños están de acuerdo. En tanto que democracia liberal, tiene una ventaja política sobre China; como mosaico cultural, está más integrado que India. Pero, ¿garantiza el modelo socioeconómico brasileño el paso de este fascinante país a la vida adulta?

En la primera década del siglo, Brasil cosechó los frutos de las reformas del mercado de los 90''. Unos 30 millones de personas engrosaron las filas de la clase media. Pocos hechos ilustran mejor lo ocurrido que la evanescencia del otrora poderoso Movimiento de los Sin Tierra, cuyas violentas tácticas atemorizaron a vastas regiones del interior del país. Hace una década, el grupo controlaba unos 285 campamentos en tierras invadidas. Hay apenas tiene treinta. Luciano de Lima, coordinador para el estado de Sao Pablo, pudo a duras penas reclutar a 27 personas para invadir una parcela de tierra en manos de la compañía de ferrocarriles Ferroban. Los organizadores admiten que la creación de empleo, especialmente en la construcción, y en mucha menor medida el programa Bolsa Familia, han dejado sin oxígeno al movimiento.

El crecimiento del consumo nos habla de una clase media en ascenso……en un país cuya economía se basa principalmente en el mercado interno. Las empresas de venta minorista y de bienes raíces, e incluso proveedores de servicios como la educación, están en auge.

Sin embargo, el gobierno del ex Presidente Lula da Silva, que merece parte del crédito, eludió modernizar el laberíntico y clientelista sistema político brasileño, cuyas estructuras federales, estatales y locales se superponen. Y sucumbió a la superstición de que el poder económico proviene de la promoción estatal de grandes campeones industriales. Como muestra Mansueto Almeida en su libro “O Novo Estado Desenvolvimentista e Governo Lula”, decenas de miles de millones de dólares fueron canalizados a ciertos productores de carne, celulosa, mineral de hierro, petróleo, etc. El Banco Nacional de Desarrollo (BNDES) fue el principal instrumento. Incluso financió adquisiciones internacionales. Los productores de carne JBS y Marfrig recibieron ingente ayuda.

Inevitablemente, el modelo produjo resultados mediocres y corrupción. La Caixa Económica Federal, otro gigantesco instrumento financiero del Estado, compró o subvencionó a bancos y empresas constructoras. Beneficiarios como el Banco Panamericano terminaron involucrados en escándalos de fraude. Otros, como el Frigorífico Independencia, donde el BNDES también “invirtió” recursos, se volvieron insolventes. Queda por verse qué traerá del aumento de la participación del Estado en Petrobras.

El resultado ha sido triple. Primero, una colosal factura fiscal. La nueva Presidenta, Dilma Rouseff, ha anunciado 50 mil millones de dólares en recortes (para apoyar su campaña electoral el año pasado, vaya ironía, Lula aumentó las transferencias discrecionales a los gobiernos estatales y locales en un 51 por ciento). Segundo, las industrias de “commodities” –la vieja economía— han empequeñecido a las de servicios. Tercero: como el gobierno dictó la naturaleza de la expansión económica, las empresas desatendieron la inversión en investigación y desarrollo. Según la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, las solicitudes de patentes brasileñas cayeron un 20 por ciento el año pasado en comparación con incrementos del 50 por ciento en China y 20 por ciento en Corea.

Por culpa de este énfasis en grandes campeones industriales, Brasil no trató de corregir la desconexión entre los centros de investigación académica y la economía productiva. Si bien Brasil está entre los once países líderes en ciencias —un 2,4 por ciento de los artículos publicados en revistas científicas están escritos por brasileños—, anda muy por detrás en producción de tecnología. Sólo hay veintitrés ingenieros por cada diez mil personas; en el pequeño Israel hay tres veces más.

En la década de 1990, el Gobierno consumió un cuarto de la riqueza nacional. Hoy consume el 40 por ciento. Una joven empresaria que importa juguetes de China me dijo lo mismo que oí decir a ejecutivos de grandes empresas: “Paso mi tiempo luchando con una montaña de impuestos y reglamentos. Es un milagro que sea capaz de hacer algo”.

Hay algunos indicios de que Dilma Rousseff entiende esto. Está preparando la segunda versión de la Política de Desarrollo Productivo. La primera versión engendró el sistema descrito anteriormente. Pero la Presidenta dice desear, esta vez, más disciplina fiscal, menos campeones industriales, más innovación y servicios en la economía privada. ¿Aceptará que para lograr esto su gobierno debe retirarse de los espacios que su predecesor invadió durante la última década? Su partido, una mezcla de centro-izquierdistas y radicales, ¿la dejará? Lula, que goza aquí de una condición semi-divina ¿lo consentirá?

Si la respuesta es no, el ascenso de Brasil al primer mundo no ocurrirá muy pronto.

(c) 2011, The Washington Post Writers Group


Alvaro Vargas Llosa es Académico Asociado Senior del Centro Para la Prosperidad Global en The Independent Institute y editor de Lessons from the Poor.



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