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Libia: ¿Otra ciénaga imperial?
16/3/2011
Ivan Eland

Increíblemente, tras experimentar 10 años de atolladeros en Afganistán e Irak, el “establishment” de la política exterior estadounidense está clamando por la institución de una zona de exclusión aérea en Libia. Luminarias tanto de izquierdas como de derechas han respaldado el concepto: por ejemplo, los senadores John Kerry, Joe Lieberman y John McCain. A pesar de que los militares de los EE.UU. tendrían que atacar primero los radares, las defensas antiaéreas, las pistas de aterrizaje, los aviones, y las instalaciones de comando, control y comunicación libias, John Kerry argumentó que una zona de exclusión aérea no se trataba de una operación militar. Tradicionalmente, las élites de la política exterior de los imperios en declive nunca han aceptado la necesidad de recortar los gastos en el extranjero antes de que fuera demasiado tarde. El “establishment” de los EE.UU. tampoco lo ha hecho.

Con la friolera de un déficit presupuestario de más de $ 1 billón de dólares por año, una deuda nacional de más de $ 14 billones de dólares, y los militares estadounidenses ya sobreexigidos por dos ocupaciones interminables, uno pensaría que una especie de “Síndrome de Vietnam” ha hecho su aparición. Aunque algunos expertos de la izquierda (Maureen Dowd) y de la derecha (George Will) han advertido contra una zona de exclusión aérea, la mayoría de las luminarias de la política exterior la han apoyado reflexivamente.

Sin embargo, incluso si uno no tiene en cuenta el costo en dinero, la preparación militar para otras misiones, e incluso posiblemente las vidas, dicha intervención en los asuntos de una nación soberana tiene sus inconvenientes. En el caso de Libia, podríamos comenzar con el simple hecho de que el país no es estratégico para los Estados Unidos. Libia produce petróleo, pero una reducción de su producción debido al conflicto interno meramente incrementará el precio del “commodity”, proporcionando así incentivos monetarios para que otros productores de petróleo bombeen más crudo en compensación. Segundo, ayudar a los rebeldes libios con una zona de exclusión aérea puede envalentonar a la oposición en otras naciones a rebelarse, pensando que también puede obtener ayuda militar de los EE.UU.. Tercero, la venta de armas a una oposición de la que los Estados Unidos saben muy poco podría ser peligrosa; por ejemplo, la ayuda estadounidense a los combatientes islamistas afganos que luchaban contra la Unión Soviética ayudó inadvertidamente a crear la única amenaza para el territorio de los Estados Unidos desde la Guerra de 1812—al-Qaeda. En cuarto lugar, atacar a un tercer país musulmán tornaría a los Estados Unidos aún más impopular en el mundo islámico, incrementando así el terrorismo islamista revanchista contra objetivos estadounidenses. Y finalmente, las zonas de exclusión aérea en Irak y los Balcanes eventualmente condujeron a un mayor involucramiento allí, los que plantea la posibilidad de que tomar el control del espacio aéreo libio para implementar una zona de exclusión aérea podría enmarañar a los Estados Unidos en otro pantano en un país islámico.

Lo que nos lleva a la cuestión de si una zona de exclusión aérea haría incluso mucho bien en Libia o no. El caudillo libio Muamar el Gadafi podría seguir utilizando su superioridad en tanques, artillería y otras fuerzas de tierra para obtener una ventaja sobre los rebeldes pobremente pertrechados y entrenados. Si la zona de exclusión aérea fallase en detener la ofensiva de Gadafi, es probable entonces que cobre bríos la presión para que los EE.UU. ataquen directamente a las fuerzas terrestres libias, dando inicio por lo tanto al lodazal intervencionista número tres.

¿Pero qué pasa con los vastos logros de los atolladeros intervencionistas número uno (Afganistán) y número dos (Irak)? Mientras los EE.UU. se preparan para retirar sus fuerzas restantes a finales del año, Irak se está encaminando a la autocracia, con el primer ministro Nouri al-Maliki controlando él mismo a las fuerzas armadas y la policía nacional, clausurando los partidos políticos que organizaron manifestaciones, matando a los manifestantes, y ganando control sobre el banco central, la comisión electoral, y la agencia que investiga la corrupción que anteriormente eran independientes. Esta consolidación del poder en manos de un primer ministro árabe chiita podría muy bien dar lugar a una reacción violenta entre los kurdos y los sunitas, reavivando así la guerra civil.

Mientras tanto en Afganistán, el panorama color de rosa pintado por el general David Petraeus, no cuestionado por los medios estadounidenses, siempre ha diferido de la visión más siniestra de la comunidad de la inteligencia de los EE.UU.. Las fuerzas armadas estadounidenses son las mejores del mundo y pueden hacer que los canallas talibanes se retiren de donde ellas elijan a efectos de limpiar y conservar liberada la zona, así el cuadro optimista de que los EE.UU. ganan territorio a expensas de los talibanes. Sin embargo, si las fuerzas de los EE.UU. son en algún momento reducidas en cantidades significativas, el terreno ganado tendría que ser entregado al gobierno afgano, con la seguridad proporcionada por el ejército y la policía del país. El gobierno afgano es uno de los más corruptos del mundo, y el ejército y la policía del país, pese a los años de entrenamiento, son un chiste.

Mientras tanto, la ocupación estadounidense de Afganistán y los ataques con aviones no tripulados contra los santuarios talibanes en Pakistán están haciendo nuevos enemigos. Los talibanes paquistaníes, que anteriormente centraban sus esfuerzos contra el gobierno paquistaní, están actualmente enviando terroristas suicidas con bombas a Times Square. Lashkar-e-Taiba, una agrupación islamista originalmente organizada por la inteligencia paquistaní respaldada por los Estados Unidos para combatir a los soviéticos en Afganistán, está ahora en una transición de atacar a los indios en Cachemira a atacar objetivos europeos y estadounidenses, incluyendo a las fuerzas de los EE.UU. en Afganistán.

Por ende, examinar honestamente los fracasos de la intervención de los EE.UU. en otras partes debería dar a la élite de la política exterior estadounidense una pausa antes de volver a jalar del gatillo en Libia. ¡Ay, las urgencias imperiales estadounidenses son duras de matar!. No obstante, habida cuenta de tal intervencionismo continuado, el demasiado extendido imperio estadounidense podría perecer bastante fácilmente.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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