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Para lidiar con Irán es probable que las zanahorias sean mejores que los garrotazos
15/12/2010
Ivan Eland

Aunque los secretos recientemente revelados por WikiLeaks documentan la bien conocida animosidad de los vecinos de Irán hacia el régimen islamista radical—con sus esperanzas de un ataque de los EE.UU. contra la nación debido a su programa de enriquecimiento nuclear—las conversaciones para poner fin a los esfuerzos iraníes continuarán. Antes de la próxima ronda de negociaciones que se celebrará en Estambul en enero de 2011, Gary Samore, coordinador de la Casa Blanca para el Control de Armamentos y Armas de Destrucción Masiva, Proliferación y Terrorismo, amenazó con nuevas sanciones occidentales contra Irán, especialmente en el campo de la energía.

Sin embargo, el hecho de amenazar con más sanciones probablemente sea una estrategia improductiva para conseguir que Irán ponga fin a su programa nuclear. Al evaluar la psicología humana, los expertos afirman que los estímulos negativos dejan cicatrices. Por ejemplo, en vez de regañar o dar un chirlo a sus hijos, los padres deberían ignorar el mal comportamiento—a menos que sea peligroso—a la vez que tendrían que reforzar positivamente el buen comportamiento. Dado que las relaciones entre los países por lo general se reducen a negociaciones entre sus líderes, los mismos principios se aplican. Los incentivos positivos son mejores que las sanciones negativas.

Algún argumento podría formularse sobre la imposición de sanciones muy específicas para evitar que Irán obtenga material nuclear y tecnología para fabricar bombas—es decir, para prevenir el mencionado comportamiento “peligroso”—. Pero las sanciones internacionales y bilaterales han ido mucho más allá de eso, afectando ya al sector de la energía, funcionarios de la Guardia Revolucionaria que ahora tienen una gran influencia sobre el régimen iraní, etc..

La historia muestra que tales sanciones negativas ocasionalmente pueden tener un efecto sobre el país destinatario, pero sólo si el cambio deseado en el comportamiento del objetivo es modesto. En otras palabras, para que el objetivo cambie, los beneficios de su conducta inaceptable tienen que ser modestos en comparación con el alto costo de las sanciones. Incluso entonces, las relaciones futuras con el objetivo pueden deteriorarse mediante el empleo de medios negativos para obtener la “victoria”.

Las actuales sanciones contra Irán, sin embargo, no están atentando contra objetivos limitados. Hacer que un país situado en un “mal vecindario”—es decir, donde los adversarios potencialmente hostiles de Irán o bien ya poseen armas atómicas (Israel) o son aspirantes nucleares (algunas naciones árabes)— abandone su programa nuclear es una tarea ardua. Las naciones no suelen ceder ante las sanciones cuando consideran que su seguridad nacional, o incluso su supervivencia, está en juego. El único objetivo más difícil que las sanciones sería el derrocamiento del régimen u otros cambios fundamentales en el sistema político de Irán.

Si las sanciones sólo pueden potencialmente, en el mejor de los casos, alcanzar objetivos modestos, ¿por qué las naciones siguen utilizándolos con tanta frecuencia—especialmente la superpotencia estadounidense que es con mucho la mayor practicante de este peculiar “aislamiento” (intento de aislar a otros países, mientras que ella misma interviene en los asuntos de otros países en todo el mundo)? La respuesta es el simbolismo nacional e internacional. Cuando las opciones militares son demasiado severas o contraproducentes (como en el caso de Irán) y la negociación diplomática es percibida como demasiado débil o como un apaciguamiento, los gobiernos precisan demostrar a los observadores internacionales y al electorado domestico lo duros que son y que están “haciendo algo” respecto del comportamiento inaceptable del objetivo. En este sentido limitado, las sanciones son usualmente exitosas para efectuar una declaración política.

Pero, por supuesto, esa declaración puede muy bien ser contraproducente para cambiar el comportamiento del destinatario. Al ser coaccionados, todos, desde los niños a los dirigentes y las poblaciones de los países, se resisten naturalmente, aunque más no sea por orgullo. Esto se conoce como el efecto “marcha alrededor de la bandera”. El fenómeno acontece cuando un país está bajo ataque militar, económica, o incluso simbólicamente, y por lo general hace que el objetivo y su población se repelan al agresor con más virulencia.

Y no nos engañemos: las sanciones occidentales contra Irán no están solamente diseñadas para deshacerse de su programa nuclear, sino para socavar un régimen ciertamente odioso. Pero la presión externa, la cual es aún más improbable que alcance este objetivo incluso más ambicioso, probablemente fortalecerá a los autócratas de Teherán.

A largo plazo, lograr que las ideas occidentales ingresen en Irán a través de más comercio e inversión hará más para socavar el régimen que las sanciones punitivas.

Pero, ¿qué hacemos respecto del programa nuclear de Irán, que es un motivo de orgullo en toda la sociedad iraní? Algunas fuentes occidentales han dicho que los Estados Unidos han ofrecido reconocer el derecho de Irán a enriquecer uranio a cambio de entregar más de 3.000 Kg de uranio de bajo enriquecimiento a Rusia. Aunque Irán no puede considerar la validación Occidental de su derecho existente en el marco del Tratado de No Proliferación Nuclear para enriquecer uranio pacíficamente como parte de una concesión, tales incentivos positivos por parte de Occidente pueden tener más probabilidades de éxito que las políticas negativas de aislar a Teherán.

Incluso dichos incentivos positivos pueden no funcionar para persuadir a un Irán temeroso de un ataque israelí, árabe, o estadounidense de que deje de trabajar para obtener el mayor elemento de disuasión para tales amenazas, pero vale la pena intentarlo y tienen una mayor probabilidad de funcionar que la presión punitiva.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Asociado Senior y Director del Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.



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