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El Gran Hermano lo está observando reciclar
1/12/2010
Wendy McElroy

Basándose en el modelo británico, la ciudad de Cleveland, Ohio, está dando un gigantesco paso hacia un esquema similar de reciclaje obligatorio. En 2011 se exigirá a unos 25.000 hogares utilizar recipientes de reciclaje equipados con etiquetas de identificación por radiofrecuencia (RFID es su sigla en inglés)—diminutos chips de computación que pueden proporcionar información a distancia, como el peso del contenido del recipiente y que permiten a los camiones de basura que circulan en sus cercanías verificar su presencia. Si una vivienda no coloca su recipiente de reciclaje en la acera, un inspector podrá revisar su basura en busca de objetos reciclables incorrectamente desechados y aplicar a los infractores una multa de 100 dólares. Además, si un recipiente es sacado a la vereda tardíamente o dejado en ella demasiado tiempo, la casa podría ser multada. Cleveland planea implementar el sistema en toda la ciudad dentro de los seis años.

Los programas de reciclaje extremos no son nada nuevo, incluso en las ciudades estadounidenses. En San Francisco el reciclaje y el compostaje son obligatorios; la basura es distribuida en tres recipientes distintos y el no cumplimiento de esto da lugar a multas. Nueva York posee un programa similar.

Tampoco los recipientes RFID son nuevos. Fueron introducidos en las calles londinenses en 2005 supuestamente para rastrear la cantidad de basura que producían los hogares y para desalentar la “sobreproducción”, pero también han sido ensayados en ciudades estadounidenses. A principios de este año, Alexandria, Virginia, aprobó tales contenedores, los que serían colocados por los hogares este otoño.

Cleveland es especialmente importante, sin embargo, debido a su tamaño. Los gobiernos locales hambrientos de dinero en efectivo estarán observando para ver si una ciudad de los EE.UU. tan grande como Cleveland puede utilizar contenedores RFID para incrementar sus ingresos. Estos ingresos derivarán de tres fuentes básicas: una tasa por la recolección de los residuos que podría ser aumentada, como en Alexandria; la imposición de multas; y las ganancias, si es que las hay, por la venta de materiales reciclables. Esta última fuente no debería ser desestimada. Los programas de reciclaje no son generalmente rentables, pero en gran medida el motivo es que lo recolectado debe ser aseado y vuelto a clasificar en su lugar de destino.

Si los hogares pueden ser obligados a asumir estas tareas de mano de obra intensiva, entonces la venta de productos reciclables—especialmente aquellos como las latas de aluminio—es más probable que sea rentable. (Perversamente, la demanda de un gran volumen de productos reciclables puede impactar con mayor fuerza sobre los pobres; a raíz de la recesión, cada vez es más común que la gente acumule sus latas de aluminio con el fin de convertirlas en efectivo).

El modelo británico

Dado que el sistema británico es elogiado como un modelo, es útil examinar sus detalles específicos.

Unos estimados 2,6 millones de británicos poseen actualmente recipientes RFID que monitorean cómo y cuándo separan los residuos de los materiales reciclables. Su implementación varía según el municipio, dado que la recolección de basura, como en los Estados Unidos, se encuentra bajo la jurisdicción local. Pero los fundamentos del esquema son los mismos, con multas por incumplimiento que llegan hasta las 1.000 libras (más de 1.500 dólares).

Los municipios emplean de manera rutinaria a la “policía de la basura”, que multa a los hogares que cometen contravenciones tales como la producción “excesiva” de basura. Por ejemplo, Oxford cuenta con “agentes para la educación de residuos” que escrudiñan los contenedores domésticos e instruyen a los propietarios sobre la correcta separación y eliminación; los agentes también imponen multas a los residentes de 80 libras si la basura excede del recipiente de 240 litros, el cual es vaciado cada quince días. Por supuesto, esto hace que la basura de una gran fiesta u otros eventos como la Navidad sea algo problemático. (Dicha multa difiere de una tasa por servicio adicional en al menos dos maneras. El “cliente” no puede cancelar el servicio y acudir a un competidor, y la multa es absurdamente alta, especialmente teniendo en cuenta el servicio extremadamente bajo proporcionado).

La supervisión de los contenedores de basura también es realizada mediante cámaras de vigilancia; esta práctica se hizo evidente en una reciente controversia cuando una mujer de Coventry fue filmada arrojando un gato en un cubo de basura.

El sistema británico también ordena cómo la basura debe ser clasificada. El sitio web del Reino Unido Green Launches explicaba con regocijo:

La próxima vez que vierta su basura en un contenedor, asegúrese de haberla clasificado bien y arrojado en el cubo correcto. O bien, probablemente soportará una multa de 1.000 libras en su bolsillo. Los residuos domésticos como los restos de comida, saquitos de té, etc. en el recipiente equivocado harán que la familia sea penalizada. Esto obliga a las familias a utilizar hasta cinco tipos diferentes de contenedores para la separación de residuos y alienta a recoger los productos reciclables. Esto también incluye el uso obligatorio de los cubos de decantación para deshacerse de los residuos alimenticios.

La intrusión orwelliana en la vida de pacíficos británicos es justificada principalmente por las mismas razones utilizadas por Cleveland: Se trata de una medida “verde” para preservar el medio ambiente. Green Launches prosiguió diciendo, “Al secretario para el Medio Ambiente, Hilary Benn, se le ocurrió esta idea que ayudará a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Estas normas estrictas y férreas seguramente despertarán un clamor entre los contribuyentes y residentes. Pero estas reglas también ayudarán a incrementar la producción y utilización de recursos energéticos más ecológicos y al mismo tiempo, a disminuir las parvas que se acumulan en los rellenos sanitarios”.

Cleveland echoes the environmental justification. Cleveland se hace eco de la justificación del medio ambiente.

También por el dinero

Los británicos también justifican al draconiano sistema de residuos por motivos financieros. Benn exclamó una vez a la prensa, “¿Qué clase de sociedad tiraría las latas de aluminio que valen £ 500 la tonelada cuando los productores están pidiendo a gritos la materia prima?” No obstante, en general, los británicos minimizan los motivos financieros del gobierno.

Aquí Cleveland se diferencia de sus homólogos británicos y deja muy en claro que el dinero es un factor determinante. El comisionado para la recolección de residuos de la ciudad, Ronnie Owens, que tal vez se acuerda de la quiebra municipal de la década de 1980, afirma, “La División de Recolección de Residuos está en camino de alcanzar su meta de emitir 4.000 actas de comparecencia este año”. En resumen, el objetivo es mejorar los ingresos no el cumplimiento perfecto. De hecho, ambos están en conflicto entre sí. Los blogueros han especulado ampliamente con que el sistema de reciclado es una excusa para generar incumplimientos y así maximizar el pago de multas.

Las ciudades en bancarrota de América del Norte estarán observando el experimento de Cleveland. Ante el primer indicio de éxito—es decir, el aumento de los ingresos—los debates sobre el reciclaje obligatorio estallarán en un montón de concejos municipales. No es suficiente esperar que el experimento de Cleveland sea una debacle; es casi seguro que lo será, pero, sin embargo, las debacles son a menudo rentables para quienes las provocan.

Tal vez, a diferencia de los británicos, los estadounidenses se opondrán a un monitoreo de su basura con un chip RFID por razones de privacidad. Esta objeción bien podría ser válida pero no alude a los motivos de los gobiernos locales que consideran esquemas de reciclaje obligatorios. Sin embargo, bien podría ser la mejor defensa que pueda esgrimirse.

Traducido por Gabriel Gasave

Reproducido con permiso del editor. © Copyright 2010, Foundation for Economic Education.


Wendy McElroy es Investigadora Asociada en the Independent Institute y directora de los libros del Instituto, Freedom, Feminism and the State y Liberty for Women: Freedom and Feminism in the Twenty-first Century.




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