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¿Por qué el “estímulo” no estimula?
1/10/2010
Robert Higgs

El presidente Obama ha solicitado al Congreso una suma adicional de 50 mil millones de dólares en concepto de “estímulo” para financiar proyectos de infraestructura. Según esta teoría, el gasto adicional hará que las empresas incrementen la producción a fin de satisfacer la nueva demanda. Así, los productores demandarán más trabajadores, generando incrementos en el gasto de los consumidores que se propagarán por toda la economía y forjarán una recuperación más fuerte a nivel general.

No obstante, tales reactivaciones gubernamentales desafortunadamente no han funcionado en el pasado, y no hay razón para creer que funcionen en la actualidad.

Claro está, el gasto de los consumidores representa aproximadamente el 70 por ciento del PBI de los Estados Unidos, e incrementos en el gasto de los consumidores proporcionaría a la economía un impulso inmediato.

Pero una caída en el gasto del consumidor no es lo que aflige a la economía. De hecho, como porcentaje del PIB, el gasto del consumidor aumentó durante la recesión, informa la Oficina de Análisis Económico (BEA es su sigla en inglés) del Departamento de Comercio—desde alrededor del 69,2 por ciento del PIB en el cuarto trimestre (octubre-diciembre) de 2007 hasta aproximadamente el 71 por ciento del PIB en el trimestre abril-junio de 2009.

De modo tal que la idea popular—de que un pronunciado descenso en el gasto del consumidor provocó la recesión de la economía—está equivocada.

¿Qué causó la crisis? La respuesta es: una fuerte disminución de la inversión privada.

En verdad, los altibajos del ciclo económico son siempre impulsados por el gasto de inversión, no por el gasto de consumo.

Cuando la inversión privada interna alcanzó su último nivel máximo, en el primer trimestre (enero-marzo) de 2006, estuvo cerca de los $ 2,3 billones (en dólares con el poder adquisitivo de 2005), o el 17,5 por ciento del PIB. Cuando tocó fondo en el segundo trimestre de 2009, había caído un 36 por ciento a 1,45 billones de dólares, o el 11,3 por ciento del PIB. Todavía se encuentra muy por debajo del pico de 2006.

Por el contrario, en el segundo trimestre de este año, el consumo personal estuvo en realidad en su máximo histórico, en cerca de 9,3 billones (en dólares de 2005 ajustados por inflación). Si estimular el consumo fuese la clave para una recuperación económica, ya la habríamos alcanzado.

Pero por desgracia, la atención de los medios de comunicación en el consumo tienta a los políticos a aprobar medidas de “estímulo” destinadas a incrementar esta parte del gasto total—medidas tales como largas extensiones del seguro de desempleo, la asistencia a los gobiernos estatales y locales para ayudarles a evitar reducciones de personal, y el aumento de los salarios de los empleados federales.

Algunos economistas destacan en verdad estas medidas con elogios especiales basados en que esos pagos, en virtud de que son los más factibles de estimular el gasto de consumo en el corto plazo, poseen el mayor “efecto multiplicador”.

Tales argumentos no alcanzan a comprender la verdadera naturaleza de los ciclos económicos de auge y depresión, especialmente el papel central de los gastos de inversión en generarlos—y, más importante aún, en impulsar el crecimiento económico a largo plazo.

Si los políticos realmente desean promover una recuperación real y sostenible y el crecimiento económico a largo plazo, deberían centrarse en acciones que contribuyan a una reactivación de la inversión privada, no en aumentar el consumo. En el último trimestre, la inversión privada interna bruta continúo marchando a una tasa anual de más del 20 por ciento por debajo de su máximo anterior. La inversión privada neta estuvo íntegramente en dos tercios por debajo del pico anterior.

A efectos de llevar a cabo esta revitalización esencial de la inversión, el gobierno debe poner fin a las acciones que amenazan la rentabilidad de los inversores o generan la incertidumbre que paraliza la realización de nuevos proyectos a largo plazo.

Las gigantescas medidas gubernamentales como la legislación recientemente promulgada sobre la atención de la salud y la ley de reforma financiera, que suponen cientos de nuevas reglamentaciones cuyo contenido específico, aplicación y costos son imposibles de predecir con confianza, contribuyen a la inseguridad y alientan a los inversores a quedar al margen con grandes saldos en efectivo, o a colocar sus fondos en títulos valores seguros, de corto plazo y bajo rendimiento. Estas tibias inversiones no pueden apoyar una genuina recuperación y un crecimiento sostenido a largo plazo.

Lo que los empresarios, inversores y ejecutivos esperan es estabilidad política y previsibilidad, no más gasto, endeudamiento, nuevas regulaciones arrolladoras y una incertidumbre intensificada de parte del gobierno.

Nuestra necesidad acuciante en la actualidad es una sólida reactivación de la inversión privada a largo plazo. Los programas gubernamentales de “estímulo” orientados al consumo, las amenazas de aumentos de impuestos para los empresarios y dueños de negocios, y las costosas acometidas reguladoras alimentan el temor y la incertidumbre y garantizan de ese modo un prolongado período de estancamiento económico.

Traducido por Gabriel Gasave


Robert Higgs es Investigador Asociado Senior en Política Económica y Editor General, The Independent Review, autor de Against Leviathan y Crisis and Leviathan, y director del journal académico trimestral, The Independent Review.




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