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No hay que llorar ante la desaparición del imperio estadounidense
8/9/2010
Ivan Eland

En una reciente columna, Thomas Friedman, probablemente el más influyente “internacionalista”—léase: partidario del intervencionismo de los EE.UU. en lugares lejanos—ha descubierto finalmente que los Estados Unidos pronto deben mirar hacia adentro y anteponer el crecimiento económico nacional debido a su masiva deuda pública, el enorme déficit presupuestario federal, y la potencial crisis fiscal causada por un dramático incremento automático de los gastos en beneficios sociales. Eureka, ¡el rapto de la política exterior ha comenzado!

El verdadero problema con el artículo de Friedman no es que esté llegando a una conclusión que era obvia incluso antes del inicio de la Gran Recesión de 2008, sino que se lamente de lo peligroso que sería el mundo sin la prudente mano rectora de los Estados Unidos. Friedman escribe, y la mayoría de los estadounidenses estarán ansiosos de creer, que la disminución del intervencionismo de la ahora “frugal superpotencia” será mala para el mundo porque

[L]a característica más singular e importante de la política exterior estadounidense en el último siglo ha sido el grado en que los diplomáticos y las fuerzas navales, aéreas y terrestres de los Estados Unidos proporcionaron los bienes públicos globales—desde los mares abiertos hasta el libre comercio y desde la contención a la lucha contra el terrorismo—que beneficiaron a muchos otros, además de nosotros. El poder de los EE.UU. ha sido la fuerza fundamental en el mantenimiento de la estabilidad global, y la provisión de una gobernabilidad global, durante los últimos 70 años. Ese rol no desaparecerá, pero sin duda se reducirá.

Luego Friedman, cuya musa es Michael Mandelbaum de la Johns Hopkins University, cita a Mandelbaum opinando,

Cuando Gran Bretaña ya no pudo proporcionar la gobernabilidad mundial, Estados Unidos intervino para reemplazarla. Ningún país se encuentra actualmente dispuesto a sustituir a los Estados Unidos, así que la pérdida para la paz y la prosperidad internacional tiene el potencial de ser mayor a medida que los Estados Unidos se retiren, que cuando lo hizo Gran Bretaña.

Pero, ¿han sido el imperio británico y el estadounidense tan buenos para el mundo? De alguna manera el mundo se las arreglaba antes de que aparecieran. El público estadounidense y muchos de sus expertos en política exterior alaban al imperio británico por garantizar la estabilidad, cuando probablemente deberían examinar su violenta y a menudo brutal subyugación colonial de las que consideraba razas inferiores a fin de obtener ganancias económicas. Adolf Hitler admiraba al imperio británico, pero lo consideraba demasiado brutal.

Respecto al imperio estadounidense, está regado de intervenciones de política exterior que causaron más problemas internacionales que los que resolvieron.

El ingreso estadounidense en la Primera Guerra Mundial condujo a una serie de desastres de los que el mundo nunca se ha recuperado totalmente. Sin la decisiva entrada de los EE.UU. en la primera guerra europea en su historia en contravención de la Doctrina Monroe, una victoria para Alemania—por entonces meramente una monarquía constitucional con un rey pedante—como en un fallo en una pelea a 10 rounds hubiese llevado solamente al ajuste gradual de las fronteras europeas a favor de Alemania.

En su lugar, el ingreso de los EE.UU. para inclinar la balanza de la guerra causó inadvertidamente una victoria de los aliados que refregó por la tierra la nariz de Alemania—exigiendo una cláusula de la culpabilidad de la guerra por un conflicto en el cual la culpa debería haber sido compartida por toda Europa, requiriendo severas reparaciones de parte de una nación económicamente exhausta, y la deposición del káiser Guillermo II. Esta última exigencia allanó el camino para el surgimiento de Adolf Hitler, quien se aprovechó de la cláusula de la culpabilidad de la guerra, las reparaciones, y la depresión económica para llegar al poder e intentar conquistar Europa. La Segunda Guerra Mundial no fue más que una reanudación de la Primera Guerra Mundial dos décadas después.

El probable ingreso de los EE.UU. en la Primera Guerra Mundial también mantuvo al gobierno provisional ruso (sucesor del caído zar) involucrado en el conflicto—aumentando la probabilidad de ganar y ofreciendo la muy necesaria ayuda para hacerlo. Si el gobierno de Rusia hubiese exigido antes la paz, Vladimir Lenin no hubiese podido utilizar a la impopular guerra para llevar a un gobierno comunista al poder. La Guerra Fría posterior a la Segunda Guerra Mundial surgió de las cenizas de la Primera Guerra Mundial.

Durante la Guerra Fría, los EE.UU. crearon la seguridad nacional del Estado, el primer gran ejército en tiempos de paz en la historia estadounidense, y un vasto imperio de bases militares, alianzas innecesarias (especialmente después del advenimiento de las armas nucleares para proteger el territorio nacional), intervenciones militares en el exterior, y grandes cantidades de ayuda extranjera. En lugar de dilapidar tanto dinero y tantas vidas (en guerras locales de baja intensidad en el mundo en desarrollo) para llevar a cabo una Guerra Fría mundial contra el comunismo, una estrategia más económica tendiente a acelerar el colapso del imperio soviético—como muchos imperios han caído a lo largo de la historia, por el agotamiento financiero—hubiese sido más inteligente. Con una política exterior estadounidense menos intervencionista y menos costosa, las finanzas soviéticas se hubiesen agotado aún más rápido de lo que lo hicieron debido a los costos de proporcionar ayuda y gobernabilidad a casos perdidos de los que se encargaban en el mundo subdesarrollado.

Durante la Guerra Fría, los EE.UU. también promovieron la expansión del islamismo radical en todo el mundo para luchar contra el comunismo ateo, incluida la asistencia a los muyahidines antisoviéticos para “darle a la URSS otro Vietnam”. Como una consecuencia no querida del hecho de apoyar a dicha militancia islámica, los EE.UU. crearon la mayor amenaza a su patria desde la Guerra de 1812—al-Qaeda.

Indirectamente, los EE.UU. también ayudaron a alentar otro foco de islamismo radical en Irán. En 1953, ayudaron a derrocar al gobierno democráticamente elegido del primer ministro Mossadegh en Irán, que condujo a la restauración del autocrático sha. El islamismo radical ha ganado apoyo en muchos países musulmanes ya que el único disenso que se encuentra permitido contra los gobiernos autoritarios es en las mezquitas. Los Estados Unidos han apoyado a dichos autócratas, por ejemplo, el sha de Irán y hoy día a Mubarak de Egipto. La opresión del sha condujo a la revolución radical de Khomeini y a que Irán se convirtiese en un problema para sus vecinos.

Los Estados Unidos ayudaron luego a la invasión de Saddam Hussein de Irán como un contrapeso y eventualmente erigieron otro futuro enemigo. Y estos son sólo algunos de los muchos ejemplos de la nefasta intromisión de los EE.UU. en países y regiones lejanas y no estratégicas del mundo.

Por supuesto, tal como alude Friedman, los Estados Unidos crearon el sistema de libre comercio, aunque el comercio ocurre de manera natural y los esfuerzos de los EE.UU. meramente lo institucionalizaron. Una era de libre comercio había precedido a la de los mercados restringidos durante la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión.

Pero el hecho de retratar con exactitud a la intervencionista edificación de imperios de los EE.UU., especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, no implica “culpar siempre primero a los Estados Unidos”. De hecho, no estar de acuerdo con la política exterior del gobierno es algo distinto a odiar a la sociedad y el estilo de vida estadounidense. Los fundadores de los Estados Unidos, que normalmente son idolatrados por la mayoría de los estadounidenses, se retorcerían en sus tumbas ante la mutación de su tradicional, pacífica y restringida política exterior en un imperio militarista que circunvala al planeta y que está agotando económicamente al país y arruinando a la república que ellos crearon.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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